El Gobierno de Corea del Sur ha dado un paso inusual en la gestión de las finanzas públicas que me ha llamado la atención por su ambición estratégica. Seúl ha anunciado la creación de un ‘Future Response Fund’ —un fondo soberano de nueva generación— que canalizará los ingresos fiscales extraordinarios del pujante sector de los semiconductores hacia inversiones de largo plazo y ayudas directas a los menores de 40 años. La decisión, comunicada este domingo 5 de julio por el jefe de gabinete presidencial, Kang Hoon-sik, busca evitar que el superávit coyuntural del impuesto de sociedades de gigantes como Samsung Electronics y SK Hynix se diluya en gasto corriente.
La medida tiene una doble lectura. Por un lado, es una respuesta inmediata a la polarización económica en forma de ‘K’ que el propio Kang mencionó: mientras el sector tecnológico acumula beneficios récord, las generaciones más jóvenes se enfrentan a un mercado de la vivienda prohibitivo y a una precariedad laboral creciente. Por otro, supone un intento deliberado de blindar la competitividad industrial surcoreana más allá del ciclo actual de la inteligencia artificial (IA).
Los tres megaproyectos que financiará el fondo
El ‘Future Response Fund’ no es un vehículo genérico de estabilización. El Ejecutivo del presidente Lee Jae Myung le ha asignado un destino muy concreto: los tres ‘megaproyectos’ nacionales que el país considera sus próximos motores de crecimiento.
- Semiconductores avanzados: respaldo a las inversiones en nodos de fabricación de última generación y en empaquetado 3D, con Samsung y SK Hynix como actores principales.
- Inteligencia artificial física (physical AI): desarrollo de sistemas autónomos, robótica industrial y gemelos digitales aplicados a la manufactura.
- Centros de datos de IA: despliegue de infraestructura de computación a gran escala para entrenamiento e inferencia de modelos, en colaboración con el sector público.
El primer ministro, Han Sung-sook, comparó la iniciativa con la construcción de autopistas y redes digitales de alta velocidad que transformaron Corea del Sur en décadas pasadas. La diferencia, ahora, es que el motor de arranque es fiscal y no solo financiero.
“Los tres megaproyectos marcan el comienzo de un nuevo paradigma de desarrollo nacional equilibrado basado en la cooperación entre los sectores público y privado” — Kang Hoon-sik, jefe de gabinete de la Presidencia de Corea del Sur, 5 de julio de 2026
Una política fiscal con visión de largo plazo
Me detengo en el diseño de este fondo porque rompe con la inercia fiscal que suele acompañar a los booms sectoriales. Lo habitual —y lo que hemos visto en otros ciclos de materias primas o de burbujas tecnológicas— es que los gobiernos incrementen el gasto corriente o reduzcan impuestos de forma permanente, generando un desequilibrio estructural cuando los ingresos extraordinarios desaparecen. Corea del Sur, en cambio, opta por capitalizar el viento de cola de los semiconductores en un vehículo con vocación intergeneracional. La lógica es impecable sobre el papel: los beneficios fiscales que Samsung y SK Hynix están generando gracias a la demanda global de chips de IA se reinvierten en activos que, si funcionan, devolverán productividad y base fiscal cuando el ciclo vire.
Ahora bien, el plan no está exento de riesgos. La propia industria de semiconductores es notoriamente cíclica y una sobrecapacidad global o un cambio en las tensiones geopolíticas —con Taiwán y China como actores clave— podría erosionar los ingresos fiscales esperados antes de que el fondo alcance una masa crítica. Además, la concentración de las inversiones en apenas dos conglomerados plantea un riesgo de excesiva dependencia corporativa. Dicho esto, la estructura de megaproyectos compartidos con agencias públicas diluye en parte ese sesgo y refuerza la coordinación entre el Estado y el sector privado, un modelo que ya ha demostrado su eficacia en Corea del Sur desde los años 70.
🌍 El impacto en España y Europa
La creación de este fondo soberano tiene consecuencias directas para la carrera global por la soberanía tecnológica. Europa —y España dentro de ella— ha movilizado recursos sin precedentes con la EU Chips Act y el IPCEI de microelectrónica precisamente para no quedar fuera de un mercado dominado por Asia y Estados Unidos. La noticia surcoreana, aunque positiva para la oferta global de chips, eleva el listón competitivo: Seúl no solo mantiene sus fábricas, sino que ahora dedica excedentes fiscales a crear ecosistemas verticales de IA y centros de datos.
Para el lector español, el impacto es indirecto pero tangible. Un Euríbor condicionado por la política del BCE no se moverá por este anuncio, pero sí lo harán —a medio plazo— las cadenas de suministro de las que dependen sectores exportadores como el de componentes de automoción o el de maquinaria industrial. Si Corea del Sur consolida su ventaja en semiconductores, el margen para que Europa y España se posicionen como alternativa viable se estrecha. La respuesta, a mi juicio, pasa por acelerar los proyectos del PERTE Chip y por asegurar que las ayudas lleguen a las pymes industriales, no solo a los grandes centros de I+D.





