Colombia ha votado y ha decidido. Abelardo de la Espriella, el candidato de derecha con un estilo tan frontal como el de Javier Milei, ha ganado hoy la segunda vuelta presidencial por un margen ajustadísimo. Lo que me ha llamado la atención no es sólo el fin del ciclo de Gustavo Petro —algo que ya descontaban las encuestas—, sino la reacción inmediata de los mercados: el peso colombiano se ha apreciado casi un 1,5% en la apertura electrónica, pero las yields de los bonos soberanos a diez años han repuntado nueve puntos básicos. Aplauso por el giro a la derecha, votos de desconfianza por la terapia de choque que el nuevo presidente promete aplicar sin anestesia.
Analizo los datos con calma. La victoria de De la Espriella, aunque estrecha, refuerza una tendencia hemisférica: la marea rosa que dominó parte de América Latina en la década pasada ha quedado reducida a un puñado de países. México, Argentina, Ecuador, Guatemala y ahora Colombia —sin contar la sintonía con una Casa Blanca que esta vez sí considera estratégica la región— dibujan un mapa antizquierdista que, para los inversores, suele traducirse en marcos regulatorios más predecibles. Sin embargo, el caso colombiano tiene matices que impiden el optimismo automático.
El legado económico que hereda De la Espriella
Los números que recibe el presidente electo no son halagüeños. Durante la administración Petro, la inflación se mantuvo pegajosa por encima del 7% —muy lejos de la meta del 3% del Banco de la República— y el déficit fiscal ronda el 5,2% del PIB, según las últimas proyecciones del FMI que consulté en su monitor fiscal de abril. El crecimiento económico, anémico, apenas superó el 1,4% en 2025, penalizado por una mezcla de incertidumbre normativa y el deterioro de la seguridad en los departamentos clave para la agricultura y el petróleo. Un cóctel que De la Espriella ha utilizado como bandera: no es extraño escuchar en su equipo que la economía necesita un reordenamiento fiscal similar al de Milei, aunque con los matices que impone una sociedad menos habituada a los shocks bruscos.
He desglosado los tres indicadores que mejor resumen la situación:
- Inflación interanual (mayo 2026): 7,3%. El Banco de la República mantiene los tipos de intervención en el 11%, lo que asfixia el crédito empresarial.
- Déficit del sector público consolidado: 5,2% del PIB. La deuda pública roza el 63% del PIB y el pago de intereses consume uno de cada cinco pesos del presupuesto.
- Índice de confianza del consumidor: 38,4 puntos, casi diez por debajo del umbral que separa el optimismo del pesimismo, según la encuesta de Fedesarrollo de este mismo mes.
A esto se añade el deterioro de la seguridad. El artículo de La Razón que he leído esta mañana recoge una cifra estremecedora: en los primeros cinco meses de 2026 se registraron 54 masacres con 233 víctimas, un ritmo que iguala el total de todo 2025. La violencia relacionada con el narcotráfico y las guerrillas disidentes ha erosionado la inversión extranjera directa en zonas rurales, justo cuando la transición energética mundial demanda el cobre y las tierras raras de los que Colombia dispone en abundancia.
¿Terapia de shock o choque de trenes?
La gran incógnita que veo entre los analistas financieros no es si De la Espriella aplicará un ajuste —ha sido inequívoco—, sino si tendrá el respaldo parlamentario y la musculatura institucional para sostenerlo sin fracturar la estabilidad social. Su coalición es precaria; el Congreso, fragmentado. Y la propuesta de reducir drásticamente el gasto en subsidios y obra pública, aunque suene bien a los acreedores de Wall Street, tiene costes políticos inmediatos que, mal gestionados, disparan el riesgo soberano en lugar de comprimirlo.
“Vamos a aplicar una terapia de shock que enderece las cuentas públicas, aunque duela. No vine a ser querido, vine a resolver.” — Abelardo de la Espriella, presidente electo de Colombia, discurso de victoria, 23 de junio de 2026
Esa frase condensa el dilema de los mercados. Por un lado, el compromiso de disciplina fiscal es lo que pide el consenso de economistas ortodoxos para devolver la confianza a los tenedores de bonos colombianos; por otro, el tono agresivo y el estilo impredecible del nuevo presidente recuerdan a un Milei que, un año después de asumir, ha estabilizado la inflación argentina pero con un coste social altísimo. La clave, en mi opinión, estará en los dos primeros nombramientos: el ministro de Hacienda y el gerente del Banco de la República. Si De la Espriella coloca a un perfil técnico y dialogante, el spread de la deuda colombiana frente al bono del Tesoro estadounidense podría estrecharse hasta los 250 puntos básicos; si opta por un delegado de su ala más radical, la prima de riesgo se disparará más allá de los 350 puntos, encareciendo la financiación externa justo cuando más se necesita.
🌍 El impacto en España y Europa
Lo que ocurre en Bogotá tiene reflejo inmediato en Madrid. España es el segundo inversor extranjero en Colombia, con más de 14.000 millones de euros en activos productivos. Bancos como BBVA y Santander, energéticas como Iberdrola o Naturgy, y telecos como Telefónica tienen allí filiales que cotizan en bolsa y cuyos balances se verán directamente afectados por la evolución del peso colombiano y de la demanda interna. Un ajuste fiscal brusco puede contraer el consumo de los hogares colombianos, que es precisamente el motor del negocio de estas compañías. Sin embargo, un entorno regulatorio más amigable y una simplificación tributaria —como la que ha prometido De la Espriella— mejorarían a medio plazo la rentabilidad de las inversiones españolas.
Para el lector europeo, el canal más directo es la Bolsa: los gestores de fondos con exposición a Latinoamérica ya están ajustando carteras. Y aunque el Euríbor no baila al son de un presidente colombiano, sí lo hace si la volatilidad en emergentes genera una huida hacia la calidad que presione a la baja los yields del Bund alemán y, por arrastre, el tipo hipotecario a doce meses.




