Petaluma Creamery, una quesería artesanal de California con más de un siglo de historia, estuvo a punto de echar el cierre en 2020. Hoy, con 300 clientes activos y un objetivo de facturar 10 millones de dólares en 2027, su salvación no ha sido un inversor ni una subvención: ha sido un sistema de agentes de inteligencia artificial que reconstruyó por completo sus procesos comerciales, logísticos y de producción.
Claves de la operación
- Digitalización desde cero de una operación centenaria. La quesería funcionaba con pedidos en papel y códigos memorizados. El nuevo CTO, primo del propietario y veterano de Salesforce, migró décadas de datos a la nube e instaló fibra óptica.
- Agentes de IA para pedidos, rutas y trazabilidad. Un sistema basado en Agentforce automatiza la entrada de pedidos en lenguaje natural, convierte las cajas o piezas en libras, predice las necesidades de los clientes y optimiza las rutas de reparto.
- El factor humano sigue siendo insustituible. La tecnología no captaba nuevos clientes; la red de contactos de un comercial con décadas de experiencia en el sector fue la que llevó la cartera de 13 a más de 300.
El ocaso de una cooperativa legendaria y la irrupción del primo de Silicon Valley
Larry Peter compró Petaluma Creamery en 2004, cuando la cooperativa estaba a punto de desaparecer. Durante años la convirtió en una marca de referencia que surtía a cientos de supermercados y restaurantes. Pero la pandemia de 2020 asestó un golpe casi definitivo: los pedidos se desplomaron, Larry sufrió problemas de salud y perdieron a Chipotle, uno de sus clientes más importantes. La empresa, que en su época dorada llegó a facturar 50 millones de dólares, se asomaba al abismo.
La salvación llegó de la mano de Daniel Peter, primo de Larry y veterano de Salesforce. Sin formación informática reglada, pero con 17 años implantando sistemas de planificación para fabricantes, Daniel decidió posponer su año sabático para convertirse en el CTO de la quesería. Lo que encontró fue un ecosistema organizativo propio del siglo pasado.
De los códigos en papel a los agentes inteligentes: la cirugía digital que salvó la fábrica

El caos imperaba. Los pedidos se registraban a mano, pero las facturas se volcaban en QuickBooks, un software contable que obligaba a memorizar códigos crípticos para cada uno de los más de 150 artículos —CY para el cheddar amarillo, por ejemplo—. Además, la empresa facturaba en libras mientras los pedidos se hacían en cajas o piezas, lo que generaba constantes errores de conversión.
El primer paso fue técnico: Daniel instaló fibra óptica y llevó a la nube décadas de datos acumulados. Con la información ordenada, levantó un sistema operativo sobre Salesforce y la plataforma de IA Agentforce. A partir de ahí construyó varios agentes que reemplazaron las tareas más engorrosas. Uno permite buscar y registrar productos con lenguaje natural, eliminando los códigos; otro convierte automáticamente las cajas o piezas en libras, un tercero predice lo que cada cliente va a pedir basándose en su historial, y planifica las rutas de reparto modificables con instrucciones en texto. Por último, un agente controla la trazabilidad de la leche, registrando peso, temperatura, hora y origen en tiempo real.
Donde antes había un laberinto de papeles y códigos incomprensibles, hoy hay un flujo de datos que habla en lenguaje humano y que el queso entiende.
El comercial que transformó la inteligencia artificial en facturación
Los agentes de IA perfeccionaron la operativa interna, pero no sabían vender. Para eso, Larry recurrió a Kevin Goddard, un comercial con décadas de experiencia en el sector lácteo. La combinación de su red de contactos y las nuevas herramientas digitales disparó la cartera de clientes: de apenas 13 compradores regulares a más de 300, entre supermercados, restaurantes y tiendas gourmet.
Daniel Peter admite que sin la tecnología el negocio ya no existiría, pero subraya que el éxito de la transformación reside en haber sabido complementar la automatización con el olfato humano. La IA no sustituye a las personas, las pone en el sitio adecuado para multiplicar su impacto.
Lo que las pymes españolas pueden aprender de un queso californiano
En España, el sector lácteo artesanal comparte muchos de los problemas que casi acaban con Petaluma Creamery: pequeñas queserías con procesos analógicos, pedidos manuscritos y escasa digitalización de la trazabilidad. Los fondos europeos Next Generation han empujado una primera ola de modernización, pero la inteligencia artificial aplicada a las ventas o a la logística apenas ha penetrado. El caso de esta quesería demuestra que no se necesita un ejército de ingenieros ni una inversión millonaria; basta con una plataforma en la nube bien integrada y alguien que conozca el negocio.
Grandes compañías del IBEX 35, como Telefónica a través de su división Telefónica Tech, llevan tiempo compitiendo por ofrecer soluciones de IA similares a pymes agroalimentarias en España. La barrera no es tecnológica, sino cultural y formativa. La historia de Daniel Peter —un comercial sin título de programador pero con experiencia en sistemas empresariales— ofrece una hoja de ruta realista: si una quesería centenaria al borde de la liquidación pudo reinventarse en meses, el argumento de que “la IA es demasiado compleja para nuestro sector” se cae por su propio peso.
El futuro de Petaluma Creamery pasa por consolidar ese crecimiento y acercarse a los 10 millones de facturación, una cifra aún lejos de los 50 de su mejor época pero suficiente para devolver la rentabilidad a un negocio que parecía condenado. Mientras tanto, el año sabático de Daniel se ha prolongado bastante más de lo previsto, y su experiencia ya es un referente para pequeñas empresas que buscan en la IA un salvavidas más que una amenaza laboral.




