Ariana Lara lleva 17 años en medicina. Comenzó en quirófanos, donde llegaron a amenazarla de muerte mientras salvaba una vida, y hoy ejerce desde la medicina integrativa, convencida de que el sistema está diseñado para perpetuar el padecimiento y vender medicamentos, no para curar la enfermedad. El paciente, dice, no es el cliente del sistema. Es el producto.
«Escuchar al paciente es una de las mayores falencias de la medicina convencional», afirma. Y no lo dice como crítica superficial, sino como quien ha estado de los dos lados del escritorio y ha visto lo que se pierde cuando el médico teclea mientras el enfermo habla.
Una consulta de siete minutos no puede hacer mucho más que diagnosticar y recetar medicamentos

El tiempo es la primera víctima del sistema sanitario actual. Lara describe consultas de 10 o 15 minutos en las que el médico, agotado por guardias interminables, apenas levanta la vista de la pantalla. Recuerda haber llevado a su madre a un centro de salud en España y salir con la misma sensación: «Terminamos siendo un dato en un ordenador. La doctora nunca miró a su paciente. Entró tecleando, salió tecleando.
En ese margen de tiempo, lo que queda es recetar medicamentos. No hay espacio para preguntar por el trabajo, la familia o el sueño. Tampoco para explorar si ese estreñimiento crónico tiene que ver con una relación que enferma o con una vida que no se quiere. «En 15 minutos es imposible atender un paciente con calidad», dice Lara, y no culpa al médico: culpa a la arquitectura de un sistema que atiende cantidad porque eso, en términos de negocio, funciona.
Ese negocio tiene una lógica que Lara describe sin rodeos. Las farmacéuticas no se reúnen para analizar cuántos pacientes se recuperaron el año anterior. Se reúnen para revisar cuántos medicamentos vendieron. El médico de cabecera es la cara visible de ese circuito, pero quien diseña las reglas está más arriba. «La industria farmacéutica no mide pacientes curados, mide medicamentos vendidos», dice. El paciente que mejora deja de comprar. El que se cronifica, vuelve.
Lara habla de la polifarmacia como síntoma de un sistema roto. Trabajando con adulto mayor en Colombia, vio pacientes que tomaban 18 medicamentos distintos al día. «Nadie que se tome 18 fármacos al día tiene salud», dice con la convicción de quien lo ha visto de cerca. Cada nuevo fármaco tapaba un efecto secundario del anterior. El paracetamol crónico genera disfunción mitocondrial; las estatinas, daño muscular. Y la mialgia que producen, a veces, se trata con más paracetamol.
El paciente que no se hace responsable tampoco avanza
Lara no reserva toda la crítica para el sistema y las farmacéuticas que buscan vender medicamentos. También mira al paciente, y lo que ve no siempre le gusta. Hay quienes llegan a la consulta buscando un salvador. Alguien con bata blanca que tenga la pastilla correcta y les devuelva la salud sin que ellos tengan que cambiar nada. «El paciente realmente es el producto», repite, esta vez en otro sentido: alguien que circula entre industrias sin tomar las riendas de su propio cuerpo.
Señala algo que considera reversible y, sin embargo, nadie comunica bien: enfermedades como la hipertensión o la diabetes tipo 2 pueden mejorar radicalmente con cambios de hábito. Tiene pacientes que llegaron con ambos diagnósticos y hoy no los tienen. No por magia, sino porque entendieron que los medicamentos eran un puente, no el destino. Uno de ellos llegó con diabetes avanzada y daño renal. Su nefrólogo y su internista lo dieron de alta. Dejó de fumar, comenzó a entrenar, cambió lo que comía, y dice entre risas que nunca imaginó que le podría gustar el brócoli.
Para Lara, el mayor vacío del sistema tiene nombre: empatía. No como concepto blando, sino como acto concreto. Mirar a los ojos. Decir el nombre del paciente. Dar la mano. «La mayor carencia del sistema sanitario es la empatía», dice, y señala que esa falta es lo que está llevando a muchas personas a buscar en la inteligencia artificial lo que no encuentran en la consulta: alguien que les escuche, aunque sea simulado.
La solución que propone no requiere revoluciones ni grandes actos. Requiere que el médico, sean cuales sean sus minutos disponibles, elija estar presente. «El dolor no debe justificar un mal comportamiento», dice, refiriéndose tanto al paciente que agrede como al sistema que agota. Dos lados de la misma fractura.





