Y Floro se hizo un Sánchez

La rueda de prensa de Florentino Pérez de ayer no fue solo un acto informativo; fue, sobre todo, un ejercicio de comunicación estratégica errónea que dice mucho más por su forma que por su contenido. En términos estrictos, lo anunciado podría haberse resuelto con un comunicado breve y claro: convocatoria de elecciones a la presidencia del Real Madrid. Sin embargo, se optó por escenificar, por ocupar espacio mediático, por adelantarse al relato, por distorsionar el mensaje. Y ahí es donde empieza el verdadero debate.

En comunicación, adelantarse a los acontecimientos puede ser una jugada inteligente… o una maniobra defensiva. Cuando un líder decide convocar a los medios sin una necesidad evidente, lo que suele estar en juego no es la información, sino el control del marco narrativo. Es lo que algunos ya identifican como “hacerse un Sánchez”: tomar la iniciativa no tanto para aclarar, sino para desplazar el foco, montar cortinas de humo, marcar agenda y, en cierto modo, diluir el problema de fondo y confundir a la opinión pública.

Publicidad

En ese sentido, lo ocurrido en el Real Madrid recuerda a dinámicas vistas en otros ámbitos institucionales. Este tipo de estrategias no suelen ser propias del fútbol. Lo vemos sobre todo en la política, donde ante situaciones incómodas se recurre a anuncios, comparecencias o medidas que generan ruido suficiente como para evitar entrar en el fondo del asunto o tapar otros agujeros comunicativos, como por ejemplo controvertidas comparecencias judiciales. El patrón se repite: construir un escenario que permita hablar de otra cosa, aunque sea tangencial, aunque no aporte verdadera claridad y se enfangue el terreno de juego con el claro objetivo de confundir y despistar a la ciudadanía.

Conviene, por tanto, establecer un límite claro. La comunicación es una herramienta legítima para explicar, contextualizar y dar sentido a decisiones complejas. Pero no puede convertirse en un sustituto de la gestión ni en un refugio frente a la rendición de cuentas. No todo vale en nombre del relato, ni todo debería quedar justificado por la necesidad de controlar la narrativa.

En política, hemos visto cómo ante crisis o polémicas se organizan comparecencias o anuncios de manera inmediata que desplazan el foco en lugar de aclararlo. También ha sucedido con declaraciones controvertidas de responsables públicos que, lejos de explicarse con claridad o rectificarse de forma directa, acaban diluyéndose en nuevas intervenciones, matices o cambios de marco. El último caso la polémica generada por las palabras de una exvicepresidenta sobre la muerte de guardias civiles es un buen ejemplo de cómo una comunicación mal planteada puede agravar una situación que requería precisamente lo contrario: claridad, responsabilidad y empatía.

En todos estos casos, el patrón se repite. No siempre hay una voluntad explícita de ocultar, pero sí una tendencia a gestionar el impacto antes que el contenido. Se prioriza cómo se percibe lo ocurrido por encima de lo ocurrido en sí. Y cuando esa lógica se traslada al deporte —como en la rueda de prensa de Florentino Pérez— el paralelismo resulta evidente.

El riesgo de normalizar estas prácticas es profundo. Si la comunicación se convierte en una herramienta para esquivar responsabilidades o para construir versiones interesadas de los hechos, se erosiona la confianza. Y esa erosión no distingue entre instituciones: afecta por igual a clubes deportivos, empresas, gobiernos y cualquier organización con relevancia pública.

El problema no es solo táctico, es cultural. Cuando estas prácticas se asumen de una u otra manera, se instala la idea de que la comunicación no está al servicio de la verdad o la rendición de cuentas, sino del poder. Y ahí es donde empezamos a deslizarnos hacia un terreno más preocupante: una sociedad donde todo vale si el objetivo es mantenerse al frente, ya sea de un club histórico, una empresa, una institución o de un gobierno, no es asumible ni tolerable. La falta de valores, de ética, de responsabilidad, de principios, de no asumir nunca errores, de no dar marcha atrás o de justificar lo injustificable empieza a ser una triste constante que amenaza los cimientos básicos de nuestra propia democracia.

No se trata de señalar a una persona concreta, sino de identificar una tendencia. Cuando el relato sustituye a la realidad, cuando el gesto pesa más que el contenido, y cuando las responsabilidades se esquivan con escenificaciones, el mensaje que se transmite es claro: lo importante no es lo que ocurre, sino cómo se cuenta y a cuantos vamos a engañar.

Y eso tiene consecuencias. Porque la comunicación no es neutra; educa, moldea y establece límites. Si los referentes públicos normalizan la huida hacia adelante, la evasión y la teatralización constante, el mensaje que cala es que no hace falta asumir errores ni afrontar problemas de frente. Basta con construir un relato, aunque sea artificial e impostado, para resistir el siguiente ciclo mediático.

Y eso es precisamente lo que le ocurrió al presidente del Real Madrid. Un claro error desde mi punto de vista que expuso al presidente blanco a una rueda de prensa ingobernable y sin sentido que lejos de contribuir a mejorar su imagen la hundió hasta límites insospechados. Basta consultar los resúmenes de prensa del día siguiente para considerarla como una de las actuaciones más deficientes observadas en mis cuarenta años de trayectoria profesional.  

Quizá lo más preocupante no es la rueda de prensa en sí, sino lo que simboliza: una cultura en la que la forma ha devorado al fondo, y en la que la comunicación ha dejado de ser un puente con la realidad para convertirse en un escudo frente a ella.


Publicidad