Brufau no se mordió la lengua en la junta general de accionistas de Repsol este 15 de mayo de 2026. La política energética europea, anclada en el Green Deal, recibió un varapalo desde la propia élite empresarial española. En una intervención sin paños calientes, el presidente de la petrolera tachó de ideológica la estrategia de Bruselas y reclamó un giro hacia el pragmatismo y la neutralidad tecnológica.
Las palabras del directivo no dejaron resquicio a la ambigüedad. Señaló que la UE se ha centrado exclusivamente en la descarbonización, olvidando la competitividad industrial y la seguridad de suministro. «El Green Deal condicionó mucho las políticas europeas, focalizadas exclusivamente en la descarbonización de la economía, olvidándose precisamente de impulsar la industria y la economía europea», afirmó Brufau ante los accionistas. Una crítica que llega en un momento de creciente incertidumbre geopolítica y económica para el continente.
El discurso de Brufau: ideología versus competitividad
El presidente de Repsol fue directo al corazón de la contradicción europea. Defendió que la transición energética debe hacerse desde el pragmatismo, no mediante prohibiciones, y puso como ejemplo a Estados Unidos: «incentiva y no prohíbe». Recalcó que la realidad mundial sigue dependiendo masivamente de los combustibles fósiles y que prescindir de ellos de forma inmediata es una quimera que pasa factura a la economía. En su discurso, la palabra «ideología pura» resonó con fuerza para describir algunas decisiones comunitarias.
Entre las contradicciones que enumeró, destacó una especialmente llamativa: la Unión Europea prohíbe el fracking en su territorio pero, al mismo tiempo, se ha vuelto dependiente del gas importado desde Estados Unidos, extraído precisamente con esa técnica. «Esto es ideología pura», sentenció. Además, cuestionó que se limite la financiación de proyectos de petróleo y gas «cuando en todo el mundo se financian». Para Brufau, la política energética europea no está alineada con la realidad industrial ni con la seguridad de suministro.
El directivo también alertó sobre la pérdida de peso económico del continente: señaló que la participación de Europa en el PIB mundial ha pasado del 22% al 17,5%. Un retroceso que atribuyó, en parte, a un marco regulatorio que lastra la competitividad de las empresas.
Los datos que respaldan la crítica: dependencia fósil y costes

Los números que expuso durante la junta son contundentes. El 81% de la matriz energética mundial sigue sustentándose en petróleo, gas y carbón, apenas cuatro puntos menos que en 1980, pese al auge de las renovables. Un dato que, a su juicio, desmonta la idea de una sustitución rápida de los fósiles sin comprometer la estabilidad económica. También recordó que las emisiones europeas representan apenas un 6% del total mundial, mientras China ya concentra cerca del 30%. «Difícilmente uno se puede erigir en adalid de algo cuando tiene tan poco peso», afirmó Brufau.
En el terreno de los costes, la situación no es más halagüeña. Señaló que las empresas europeas soportan precios energéticos hasta 2,5 veces superiores a los de China, lo que dificulta la recuperación industrial y acentúa la dependencia exterior. Para Brufau, esta brecha se ha agravado por una regulación que prioriza la electrificación sin tener en cuenta que, hoy por hoy, todas las energías son necesarias. Su pregunta en la junta fue directa: «¿Por qué el regulador no empieza a pensar que todas las energías son necesarias y no sólo una?».
En ese contexto, puso en valor el sistema de refino español, que calificó de «modélico», y las inversiones superiores a 15.000 millones de euros realizadas por Repsol para modernizar sus instalaciones. Un guiño a la seguridad de suministro que, según él, Europa ha descuidado en favor de una agenda climática sin contrapesos.
Análisis: ¿Un callejón sin salida para la industria europea?
El discurso de Brufau no es sólo la queja de un directivo del sector fósil. Refleja una tensión real entre dos necesidades legítimas: la descarbonización y la competitividad industrial. La UE ha apostado fuerte por el Green Deal como palanca de transformación, pero los resultados económicos y geopolíticos de los últimos años ponen en duda si el ritmo y el enfoque son los adecuados. La guerra de Ucrania desnudó la dependencia del gas ruso, la pandemia evidenció la fragilidad de las cadenas de suministro apoyadas en China y la rivalidad con Estados Unidos ha puesto las reglas en cuestión.
Desde esta redacción, creemos que Brufau acierta al señalar las contradicciones de Bruselas. No es razonable prohibir el fracking y luego comprar gas de esquisto norteamericano, ni limitar la financiación de proyectos fósiles que otros países ejecutan sin complejos. Sin embargo, su crítica también omite un dato relevante: Repsol es una empresa cuyos ingresos dependen en gran medida de los hidrocarburos. Pedir neutralidad tecnológica al regulador casa perfectamente con sus intereses comerciales. La cuestión de fondo es si Europa puede permitirse una transición más lenta sin perder el tren industrial y, al mismo tiempo, sin renunciar a sus objetivos climáticos.
El contexto internacional no ayuda. La rivalidad entre EE.UU. y China por el liderazgo tecnológico y energético está acelerando inversiones en renovables, baterías y materias primas críticas. Mientras, Europa parece atrapada entre la urgencia de descarbonizar y el riesgo de quedarse sin industria que pueda costear esa transformación. Brufau lo expresó a su manera: los tres pilares del modelo europeo —energía barata rusa, manufactura china y seguridad estadounidense— se han resquebrajado. Reconstruirlos sin renunciar a las ambiciones climáticas requerirá un equilibrio que, hasta ahora, a Bruselas le cuesta encontrar.
La junta de Repsol fue un altavoz para un debate que va más allá de la compañía. El propio Brufau cuestionó si el regulador se ha convertido en un actor que decide qué tecnología gana y cuál no, olvidando que la realidad técnica y económica suele imponerse. Quizá la solución pase por combinar inversión en renovables con el mantenimiento temporal de los combustibles fósiles mientras maduran las alternativas, pero eso exige una estrategia industrial y de seguridad de suministro que Europa aún no ha articulado con claridad. Si no lo hace, el riesgo es que la competitividad industrial se deteriore hasta el punto de no poder financiar la propia transición. Un círculo pernicioso que nadie desea.




