Hay noticias que no ocupan portadas pero contienen la cifra que reordena un país. Marc Vidal lo ha explicado con crudeza en su último análisis: el 60% de las horas de trabajo que se pagan hoy en España son técnicamente automatizables con la tecnología que cualquier empresa puede comprar mañana. El dato no es de un gurú, lo firma McKinsey, la consultora a la que las grandes corporaciones pagan para que les diga cuántas personas pueden dejar de contratar. Y lo más inquietante, según Vidal, es que llevamos nueve años con cifras similares sin que nadie haya querido mirar de frente. Ahora ya no queda margen.
El 60% de las horas de trabajo en España ya son prescindibles
El informe ‘Agentes, robots y nosotros’ de McKinsey detalla que el 49% de las horas laborales actuales en España son automatizables con la tecnología existente, y un 11% adicional lo sería con una combinación de personas y máquinas. Vidal subraya que esa suma alcanza el 60%: de cada diez horas remuneradas, seis podrían ejecutarse por un agente de software o un robot sin esperar a las innovaciones de San Francisco. No es una proyección para 2040, es una fotografía de lo que ya está disponible.
El informe desglosa la fuerza laboral en categorías como ‘peoplecentric’, ‘agent’ o ‘robot’, y concluye que el 44% de los empleos actuales tienen su centro de gravedad fuera de la persona que los ocupa. ‘Esto no significa que vayan a desaparecer mañana’, matiza el creador, ‘sino que estructuralmente ya no dependen de un humano’. La trampa oficial, advierte, es repetir que el saldo neto será positivo, como ocurrió con la electricidad o el motor de explosión. Pero Vidal recuerda a John Maynard Keynes para cuestionar esa analogía: llevamos décadas con un desempleo tecnológico que el economista llamó ‘fase temporal de desajuste’ y que nunca se cerró.
La paradoja de la información: cuando el crecimiento económico destruye empleo
La parte más incómoda del informe no es el pronóstico, sino el espejo. Vidal rescata datos de la última Encuesta de Población Activa: en el primer trimestre de 2026, el sector de información y comunicaciones acumulaba tres trimestres seguidos destruyendo puestos de trabajo, a pesar de un crecimiento económico interanual del 2,4%. En un año, la ocupación en ese sector pasó de 862 500 a 782 000 personas, una caída del 6,9% que solo tiene parangón con la crisis financiera de 2009. Pero, como incide el analista, ahora se destruye empleo con la economía expandiéndose, no en recesión. La automatización no espera a las crisis; se acelera justo después, cuando las empresas necesitan ahorrar mano de obra y la inversión en tecnología se vuelve rentable.
Ese patrón, sostiene Vidal, ya lo documentó un estudio de la Universidad de Rothschild al revisar 87 millones de ofertas laborales: la sustitución por máquinas no fue uniforme en 2008, sino que se disparó en 2009. Hoy, añade, estamos en el equivalente post-pandemia: la curva de automatización está aquí y el 85% de las habilidades humanas sigue siendo necesario.
Habilidades humanas que se revalorizan: más criterio, menos ejecución mecánica
La segunda gran cifra que Vidal destaca del informe es que el 85% de las habilidades humanas actuales seguirán teniendo demanda en el nuevo entorno. El matiz es crucial: no se transforma qué profesiones existen, sino qué tareas se realizan dentro de cada una. Las ofertas de empleo en España que más crecen, según McKinsey, son las de análisis de negocio, gestión del rendimiento, análisis de datos, conocimientos de IA y aprendizaje automático, y pensamiento crítico. Por el contrario, caen las de estrategias de marketing convencional, herramientas de oficina básica, ventas generales y gestión de redes sociales.
‘Si una inteligencia artificial elimina el 60% del trabajo mecánico de tu empresa, tu empresa no necesita el 100% de tus colegas. Necesita un porcentaje menor, mejor formado y más estratégico.’
— Marc Vidal
El patrón, insiste el creador, es el que ya anticipó en marzo de 2017: sube todo lo relacionado con el criterio, baja lo vinculado a la ejecución mecánica. Entonces, Microsoft y Cambridge presentaron un sistema que escribía código por sí solo, y la conclusión era que la IA no eliminaría al programador, sino la parte repetitiva de su trabajo. Trasladada esa lógica al presente, Vidal razona que si una IA suprime el 60% de la jornada más mecánica, la empresa necesita menos personas, pero más formadas y estratégicas. La misma productividad con plantillas más reducidas es lo que McKinsey llama ‘transformación’. En el lenguaje del trabajador, la cosa se llama de otra manera.
Keynes y Leontief ya avisaron: el desempleo tecnológico no es temporal
Para Vidal, el debate de fondo no es nuevo. Recupera a Keynes, que en 1930 predijo que en cien años la tecnología reduciría la jornada laboral a quince horas semanales y el principal problema sería qué hacer con el tiempo libre. Acertó en lo cualitativo: identificó el desempleo tecnológico como un desajuste donde el ritmo de ahorro de mano de obra supera la capacidad de encontrar nuevos usos para ella. También cita a Wassily Leontief, premio Nobel de Economía en 1973, quien en los ochenta comparó el papel del ser humano en el futuro con el del caballo en la agricultura tras la llegada del tractor. ‘No hablaban de robots humanoides, hablaban de una tendencia estructural’, recuerda Vidal. ‘Y hace 95 años que dura esa fase temporal.’
La pregunta, por tanto, no es si la transición ocurrirá, sino por qué seguimos discutiendo si va a ocurrir. El informe de McKinsey cuantifica que la automatización podría generar 167.000 millones de euros de valor económico en España hasta 2030, pero no explica cómo se repartirá ese pastel. Vidal advierte que ya en mayo de 2017, en un artículo sobre jubilación anticipada, escribió que el 45% de los jubilados había salido antes de la edad legal por agotamiento y desempleo de larga duración, un síntoma de un mercado laboral que no absorbe a sus trabajadores mayores. Aquello era, a su juicio, el ensayo general de lo que viene.
La transición controlada: ni sustitución total ni eternidad asalariada
Frente a las lecturas catastrofistas, Vidal aclara que una automatización completa y rápida no se producirá, porque ni los gobiernos ni las grandes corporaciones pueden permitirse un colapso social con 40 millones de europeos fuera del mercado en cinco años. Lo que se está diseñando en Bruselas, Davos y los consejos de administración es una automatización dosificada: el ritmo exacto que maximice la productividad sin generar revoluciones. Sin embargo, esa estrategia produce una sociedad muy concreta, estructuralmente dependiente: cada vez más ingresos procederán de transferencias estatales o plataformas privadas, y cada función cognitiva delegada en una IA es una capacidad que dejamos de ejercitar.
Para el analista, la democracia liberal se apoya en la premisa de un ciudadano que produce, cotiza y negocia su salario. Si esa figura se convierte en un mero receptor de rentas y consumidor de contenidos generados por algoritmos, lo que queda no es una democracia más eficiente, sino una versión administrada de la ciudadanía, ‘más cómoda, probablemente, pero también más manejable y predecible’.
La jaula de la comodidad: ¿qué queda del ciudadano cuando el trabajador sobra?
Vidal retoma su artículo de 2017 sobre la renta mínima universal, donde advertía de que esta podía ser una garantía de bienestar o una jaula de voluntades. Hoy, con la mitad de las valoraciones europeas redactadas por asistentes, la advertencia le resulta más realista. La automatización dosificada se vende como alivio —menos tareas tediosas, menos burocracia—, pero la suma de todas esas delegaciones voluntarias produce una persona que no ejerce las capacidades que históricamente definieron la autonomía adulta. ‘Sin independencia material no hay independencia de criterio; sin esta, no hay debate real; y sin debate, desaparece el mecanismo de corrección de errores estructurales’, sentencia.
El creador no ofrece recetas, pero sí tres preguntas: si nuestra fuente de ingresos depende todavía de una nómina que ejecuta tareas automatizables o si tenemos una vía, por modesta que sea, que controlamos nosotros; qué funciones cognitivas estamos delegando; y de qué cadena de suministro informativa y financiera dependemos para decidir. Si esa cadena tiene tres eslabones en manos de empresas privadas a las que no rendimos cuentas, lo que poseemos no es libertad, sino un acceso temporal administrado por otros. ‘Un robot no te va a quitar el empleo directamente’, concluye Vidal, ‘te lo va a quitar alguien que se lleve mejor que tú con ese robot. Pero ese alguien tampoco será libre; será eficiente, productivo y mejor pagado, pero libre, en el sentido que un trabajador de los años setenta entendía esa palabra, no’.
La pregunta de fondo, insiste, no es si la IA sustituirá al trabajador, sino qué queda del ciudadano cuando el trabajador deja de ser necesario. Mientras el sistema ofrece todas las facilidades para no conservar ninguna independencia, cada cual debe decidir cuánto de ese 85% humano está dispuesto a preservar.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Marc Vidal en YouTube.




