La inversión de Microsoft en OpenAI: el retorno de 92.000 millones que nadie esperaba

Documentos internos de la compañía, revelados por Bloomberg, muestran que el retorno esperado multiplicaba por diez la inversión. La cifra, oculta hasta ahora, añade presión sobre la rentabilidad real de la inteligencia artificial y marca un precedente incómodo en plena oleada re

La inversión de Microsoft en OpenAI: el retorno de 92.000 millones que nadie esperaba

Microsoft apuntaba a un retorno de 92.000 millones de dólares de su inversión inicial en OpenAI, el acuerdo que detonó la era de la IA. La cifra, que multiplica por diez el capital desembolsado en 2019, ha permanecido oculta hasta ahora, según documentos internos revelados por Bloomberg.

Claves de la operación

  • Microsoft esperaba obtener un retorno de 92.000 millones de dólares. La expectativa interna superaba con creces los beneficios que cualquier analista había proyectado para la alianza con OpenAI.
  • La inversión inicial de mil millones de dólares se habría convertido en una rentabilidad descomunal. De haberse cumplido las proyecciones, cada dólar invertido habría generado unos 92 dólares de ganancia.
  • La revelación coincide con el escrutinio regulatorio sobre la dependencia financiera de OpenAI. Las autoridades de competencia de la UE y EE.UU. investigan si Microsoft está ejerciendo un control de facto sobre la firma de IA.

Un retorno que Microsoft siempre negó haber calculado

La noticia de Bloomberg desvela que, ya en 2022, los ejecutivos de Microsoft habían modelado escenarios en los que la participación en OpenAI generaba hasta 92.000 millones de dólares. La cifra no se corresponde con los ingresos que OpenAI ha declarado públicamente —apenas superó los 1.600 millones en 2024—, sino que se basaba en proyecciones de crecimiento exponencial del mercado de la inteligencia artificial generativa. Microsoft nunca confirmó estas estimaciones, ni siquiera en sus comunicaciones con inversores.

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El desembolso inicial de Microsoft fue de 1.000 millones de dólares en 2019, al que siguieron otras rondas que elevaron la cifra total por encima de los 13.000 millones. La expectativa de una rentabilidad de 92.000 millones revela que, para la cúpula de Redmond, el retorno no era una cuestión de si ocurriría sino de cuándo. Y casi lo logró. O no.

La pregunta ahora es si OpenAI puede sostener un crecimiento que justifique semejante expectativa. La empresa de Sam Altman quema cientos de millones de dólares al trimestre y su valoración, que llegó a rozar los 300.000 millones en 2025, depende de mantener a los inversores convencidos de que la monetización masiva está a la vuelta de la esquina.

La dependencia financiera de OpenAI y el riesgo regulatorio

La revelación añade leña a las investigaciones de la Comisión Europea y la FTC, que llevan meses analizando si Microsoft ha ejercido un control encubierto sobre OpenAI, pese a la estructura de propiedad que formalmente separa ambas compañías. Un retorno tan abultado como el planeado sugeriría que Microsoft veía a OpenAI no como una participada más, sino como un vehículo para capturar el mercado de la IA.

La estrategia ha sido agresiva: Microsoft integró los modelos de OpenAI en su nube Azure, obligó a los clientes empresariales a usar GPT a través de su plataforma y condicionó buena parte de las licencias de Office 365 a la adopción de Copilot. El ecosistema completo de productividad de Microsoft quedó atado a la tecnología de una empresa de la que cada vez posee una mayor influencia.

Microsoft no solo pretendía liderar la revolución de la IA: planeaba un retorno que multiplicase por diez la inversión en OpenAI.

Las consecuencias para el ecosistema de startups europeas son evidentes. Mientras Microsoft aspiraba a decenas de miles de millones de ganancia, muchas de las empresas emergentes del viejo continente luchan por cerrar rondas de financiación de apenas unos millones. La brecha no es solo tecnológica; es de expectativas de rentabilidad.

La lección española: los límites del capital riesgo en la IA cuando el retorno se infla hasta lo estratosférico

En España, el modelo Microsoft-OpenAI resuena con fuerza. Telefónica, que ha mantenido alianzas históricas de nube con Microsoft, se enfrenta al dilema de depender de infraestructura externa para sus proyectos de IA soberana. Indra, por su parte, acaba de licitar un macrocontrato de ciberseguridad cuántica con fondos europeos que apenas roza los 300 millones de euros. La diferencia de escala con los 92.000 millones revela por qué el capital riesgo europeo no ha logrado replicar el modelo de Silicon Valley.

La trayectoria de la tecnológica estadounidense en el mercado español nos ofrece un antecedente revelador. Desde la instalación de sus primeros centros de datos en Madrid y Barcelona en 2012, Microsoft ha ido tejiendo una red de colaboración con el sector público y el tejido empresarial nacional que hoy es casi omnipresente. Pero la lección de este retorno encubierto es que la IA no solo exige inversiones millonarias: exige ambiciones de retorno que ninguna empresa española, salvo quizás Telefónica en sus mejores años de expansión, se ha atrevido a plantear.

El regulador español, a través de la Agencia Española de Supervisión de la Inteligencia Artificial (AESIA), se limitará a supervisar el uso responsable, pero poco puede hacer para cerrar una brecha de rentabilidad que se mide en decenas de miles de millones. De hecho, la mayoría de los casos tiene un recorrido de maduración que difícilmente alcanza los plazos que maneja el inversor americano. Mientras tanto, OpenAI sigue gastando sin descanso, y Microsoft observa cómo sus proyecciones se enfrentan a una realidad donde la regulación y la competencia de Google y Meta amenazan con erosionar los márgenes.

El tiempo dirá si los 92.000 millones fueron un espejismo o una premonición. De momento, el mercado de la IA se asoma a un abismo de expectativas infladas que bien podrían desinflarse en la próxima publicación de resultados. La junta de accionistas de Microsoft del próximo 3 de junio podría ser el escenario de preguntas incómodas.

Un botín de 92.000 millones.


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