Panthalassa levanta 140 millones de Peter Thiel para centros de datos oceánicos autónomos

La startup ultima su piloto en Oregón con nodos flotantes de 85 metros que generan energía undimotriz y procesan datos a bordo, enviándolos vía satélite. La ronda, liderada por el cofundador de Palantir, busca sortear la saturación de las redes terrestres y la resistencia social

Peter Thiel, el cofundador de PayPal y Palantir, ha vuelto a mover ficha en la carrera por la infraestructura de la inteligencia artificial con una apuesta tan audaz como lógica: 140 millones de dólares en la startup Panthalassa para construir centros de datos oceánicos autónomos. La ronda, liderada por el propio Thiel, eleva la financiación total de la empresa hasta los 210 millones de dólares, una cifra que puede parecer modesta frente a los 765.000 millones que las grandes tecnológicas planean gastar solo este año en servidores terrestres, pero que responde a un diagnóstico cada vez más urgente: la IA se está quedando sin electricidad en tierra firme.

Claves de la operación

  • Ronda de 140M liderada por Peter Thiel para evitar el apagón energético. La inyección financiará la planta piloto en Oregón y acelerará el despliegue en el Pacífico norte del modelo Ocean-3, con vistas a la comercialización en 2027.
  • Nodos de 85 metros sin anclas que generan su propia energía undimotriz. Estas estructuras con forma de “piruleta” aprovechan el movimiento de las olas las 24 horas del día y procesan datos de IA a bordo, enviando los resultados a tierra vía satélites Starlink.
  • Ventaja competitiva frente a los centros terrestres: refrigeración gratis y sin vecinos. El océano resuelve de un plumazo los dos grandes cuellos de botella del sector: el consumo de agua para enfriar chips y la resistencia ciudadana a estas megainstalaciones.

La carrera por esquivar el apagón energético de la IA

El apetito eléctrico de la inteligencia artificial está desbordando las redes de todo el mundo. Según las estimaciones que maneja Panthalassa, el consumo de los centros de datos podría duplicarse en los próximos tres años, mientras que la capacidad de generación y transmisión terrestre avanza a un ritmo muy inferior. La solución que propone la empresa de Garth Sheldon-Coulson es tan sencilla como revolucionaria: llevarse los servidores al océano.

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Los nodos que ha diseñado Panthalassa no son simples boyas, sino colosos de acero de 85 metros de eslora. Son casi tan altos como el Big Ben londinense. Funcionan como una gigantesca “Roomba marina”, según la metáfora del CEO: navegan autopropulsados por el Pacífico sin anclas, y extraen electricidad del vaivén incesante de las olas. Una esfera blanca flota en la superficie mientras una tubería vertical sumergida fuerza al agua a subir y bajar, moviendo una turbina que genera energía limpia y continua.

Lo que hace distinta a Panthalassa es que no intenta enviar esa electricidad a la costa con costosos cables submarinos, sino que la consume íntegramente a bordo para alimentar los chips de inteligencia artificial. Una vez procesados los datos, las respuestas (los tokens de inferencia) se transmiten a tierra mediante satélites de órbita baja, como los de Starlink, convirtiendo así un problema de transmisión de energía en uno de transmisión de datos. La arquitectura evita de raíz la saturación de las redes eléctricas y, de paso, la necesidad de permisos de construcción en zonas urbanas.

El mar como el nuevo centro de datos: ventajas y retos

El océano no solo aporta energía infinita, sino también el mejor sistema de refrigeración que se puede pedir: el agua fría a gran profundidad. Los centros terrestres consumen cantidades ingentes de agua potable y electricidad solo para no fundirse; en alta mar, esa factura energética y de recursos se desploma. Además, no hay vecinos que protesten por el ruido ni por el impacto paisajístico, lo que libra a la empresa de trámites urbanísticos y oposición local.

Sin embargo, la apuesta tiene obstáculos considerables. La conectividad por satélite tiene un ancho de banda limitado y latencias mayores que la fibra óptica, lo que la hace apta para inferencia (responder a usuarios en tiempo real) pero no para el entrenamiento pesado de modelos de IA que requiera coordinación entre múltiples nodos. A esto se suman las condiciones extremas del océano: huracanes, salitre corrosivo y un movimiento constante durante más de una década sin mantenimiento humano. El historial de intentos previos, como el Project Natick de Microsoft que sumergió centros de datos en el lecho marino, demuestra que la idea es técnicamente posible pero que la escala y la autonomía total son aún inciertas.

La energía más barata del planeta podría ser también la más limpia, pero el verdadero desafío es domar un cable invisible de conexión satelital.

El espejo español: entre la oportunidad undimotriz y la velocidad de la fibra

La propuesta de Panthalassa no pisa suelo español, pero sí resuena en un mercado donde el ‘boom’ de los centros de datos en Madrid y Barcelona está tensionando las redes de distribución eléctrica. España es ya el quinto país europeo por capacidad instalada de procesamiento, con hubs en expansión de empresas como Equinix, Data4 o Nabiax —participada por Telefónica—, que compiten por suelo y por acceso a una energía renovable cada vez más demandada. La posibilidad de replicar nodos marinos frente a las costas de Galicia o Canarias, que gozan de oleaje potente y vientos alisios, no es descabellada, pero choca con la misma barrera que Panthalassa: la baja latencia de la fibra es difícil de sustituir en aplicaciones empresariales.

Desde la privatización de Telefónica en los años 90 y la posterior consolidación de su infraestructura de datos, la industria española ha apostado por la conectividad física como ventaja competitiva. Un modelo puramente satelital e inalámbrico pondría patas arriba esa estrategia, aunque al mismo tiempo abriría una puerta a la autosuficiencia energética en regiones insulares o costeras. Los 140 millones de Peter Thiel no van a mover el tablero del IBEX 35 a corto plazo, pero sí encienden una señal inequívoca: los inversores más agresivos del mundo tecnológico están dispuestos a financiar el fin del centro de datos tal y como lo conocemos. Seguiremos de cerca si los gigantes españoles del sector, acuciados por el coste del kilovatio hora, se atreven a mirar al mar.

El desenlace final no lo marcará solo la ingeniería, sino la velocidad a la que mejoren las conexiones de satélite y la resistencia de estos colosos a la furia del Pacífico. Por ahora, la apuesta es tan arriesgada como necesaria para una industria que busca desesperadamente cualquier solución antes que apagar los servidores.


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