Reconocer que una relación nos está enfermando es mucho más difícil de lo que parece. La psicóloga sanitaria Claudia Nicolasa explica que nuestro cerebro está diseñado para mantenernos cerca de quienes nos rodean, incluso cuando esas personas nos hacen daño. La razón es tan antigua como la propia especie humana y tiene mucho más que ver con la supervivencia que con el amor.
Especializada en psicología relacional, Claudia tiene como tesis central que nos construimos a través de las relaciones, no al margen de ellas. No es que primero exista una persona y luego se relacione con el mundo; es exactamente al revés.
El cerebro que nos impide ver el daño que hace tu relación

«Mejor solo que mal acompañado» es una frase cliché que el cerebro humano sencillamente no entiende. Durante la mayor parte de la historia de nuestra especie, quedarse fuera del grupo equivalía a la muerte. Por eso todos los mecanismos de defensa están calibrados para evitar que tomemos distancia de quienes nos rodean, aunque esa cercanía nos destroce por dentro.
Esto explica por qué tantas personas llegan a consulta con ataques de ansiedad, insomnio o problemas digestivos sin saber que el origen de todo está en una relación que les está haciendo daño. Claudia ve muchas veces que el paciente no verbaliza el problema porque, en el fondo, todavía no está preparado para verlo. Y cuando alguien no está preparado, ninguna mirada externa, por acertada que sea, consigue atravesar esa pared.
En este sentido, uno de los conceptos más liberadores de su enfoque es que si no lo viste antes, no es porque fueras tonto ni descuidado. Es porque no podías verlo todavía. La culpa que acompaña al final de una relación destructiva, ese «¿cómo lo permití?», es en realidad una pregunta mal formulada. La mente estaba haciendo exactamente lo que fue diseñada para hacer.
El narcisismo como estrategia de supervivencia emocional
Claudia prefiere hablar de narcisismo como funcionamiento antes que como etiqueta, y esa distinción lo cambia todo. El narcisismo no es un rasgo con el que algunas personas nacen para hacer sufrir a las demás; es una defensa que desarrolla la psique cuando no puede tolerar ciertos aspectos de sí misma. Detrás hay siempre un sentimiento de vergüenza, de insuficiencia, de no ser suficiente, que resulta tan intolerable que la mente construye una estrategia de sobrecompensación para no tener que mirarlo de frente.
El problema surge cuando esa estrategia se apodera de toda la personalidad. Entonces la relación con esa persona empieza a girar únicamente en torno a ella. Es el efecto del pozo sin fondo: por mucho agua que le des, siempre pedirá más, y encima la manera en que se la das nunca será suficientemente correcta.
Lo que complica aún más las cosas es que estos perfiles suelen encontrar complementarios perfectos, personas que se regulan dando, sacrificándose y postergándose a sí mismas de forma crónica. Dos formas de desequilibrio que encajan con una precisión que tiene más de patología que de amor.
En este punto Claudia introduce otro concepto clave: el de los manipuladores grises. No son personas que planifican fríamente cómo controlar a los demás. Son personas con miedos no gestionados, creencias rígidas e inseguridades que les llevan a imponer su visión del mundo pensando, con toda la buena intención, que están ayudando. Padres que guían a sus hijos hacia donde ellos creen que deben ir sin preguntarse nunca qué es lo que el hijo quiere. Parejas que encubren comportamientos dañinos por amor. Personas que manipulan sin saberlo porque nadie, en el fondo, cree que manipula.
La madurez psicológica, según Claudia, pasa precisamente por abandonar esa necesidad de clasificar todo en bueno o malo y aprender a integrar las luces y las sombras, las propias y las ajenas. Solo entonces una relación puede dejar de ser una trampa invisible y convertirse en algo que, de verdad, construye.





