Detrás de los muros de una prisión española existe un mundo que pocos conocen y que muchos prefieren ignorar. Lidia lleva años trabajando como funcionaria de prisiones en Sevilla 2, un centro con más de mil internos, y su testimonio da cuenta de que el sistema penitenciario está al borde del colapso, con funcionarios desbordados, recursos insuficientes y una reinserción que, en las condiciones actuales, resulta casi imposible.
La situación no es menor. En España hay aproximadamente 50.000 presos repartidos en centros que enfrentan una escasez de personal alarmante, un aumento sostenido de agresiones a funcionarios y una sobrepoblación que genera conflictos inevitables. Lidia explica que sin medios y sin formación, el sistema no puede cumplir su función principal.
Una sola funcionaria para 120 internos: la matemática del riesgo
Uno de los datos más impactantes que revela Lidia es el ratio de personal. Un módulo de prisión puede albergar hasta 120 internos con un único funcionario al frente. La plantilla actual tiene un déficit de aproximadamente 2.500 plazas, y las ofertas de empleo público apenas cubren 900, lo que perpetúa un agujero estructural que nadie parece dispuesto a cerrar de verdad.
Este desequilibrio no es solo un problema administrativo. Es una cuestión de seguridad cotidiana. Las agresiones a funcionarios se han triplicado en los últimos años, y solo en 2024 se registraron más de 500 incidentes de este tipo, además de 119 agresiones sexuales dentro de los propios centros penitenciarios.
Lidia describe cómo algunos internos han llegado a atacar a un compañero simplemente para ser trasladados a una celda de aislamiento y así escapar de una deuda contraída dentro del módulo. «Somos su boleto de salida», reflexiona.
La reducción progresiva de los medios coercitivos agrava el panorama. Los aerosoles de pimienta fueron retirados. El aislamiento provisional se limita cada vez más por directrices desde Madrid. Las defensas de goma permanecen en teoría, pero en la práctica generan tal cantidad de procedimientos internos tras cada uso que los funcionarios las evitan. El resultado es un sistema que exige control sin otorgar herramientas reales para ejercerlo.
Cuando la reinserción que busca la prisión es solo una promesa en papel

El mandato legal de la prisión en España es reinsertar y reeducar. Sin embargo, la realidad del sistema dista mucho de ese ideal. Una psicóloga puede tener a su cargo hasta 300 internos, cuando lo razonable sería no superar los 50 o 100 como máximo. Con ese margen, la valoración de un permiso penitenciario puede reducirse a una entrevista de diez minutos y un informe de conducta superficial.
Lidia no cuestiona que se concedan permisos. Lo que señala es que no existen las condiciones para evaluar con rigor si un interno está verdaderamente preparado para recibirlo. La prisión no dispone del tiempo ni de los profesionales necesarios para hacer un seguimiento real.
El sistema libera personas porque su condena ha terminado, independientemente de si han sido rehabilitadas o no. «Aunque todos los informes digan que va a volver a cometer el delito, va a salir en libertad», afirma con una crudeza que no deja margen para la duda.
A eso se suma un déficit sanitario que pone en evidencia otra grieta del sistema: el 30% de los internos presenta algún tipo de patología psiquiátrica, mientras que la cobertura médica dentro de la prisión alcanza apenas el 26% de lo necesario. La combinación de hacinamiento, escasez de personal y ausencia de recursos terapéuticos genera un caldo de cultivo permanente para la conflictividad.
Lo que Lidia describe no es una crítica al sistema desde la comodidad del resentimiento. Es el relato de alguien que convive 13 horas seguidas con personas en situaciones límite, que empatiza con muchos de ellos, que ha sentido miedo y también gratitud, y que sigue presentándose cada día a un trabajo que la sociedad prefiere no ver.
La prisión, para ella, no es solo un lugar donde se cumplen condenas. Es un espacio donde el Estado debería cumplir su promesa de devolver ciudadanos rehabilitados a la sociedad. Y hoy, reconoce, esa promesa no se está cumpliendo.





