El mundo atraviesa uno de sus momentos de mayor transformación en el último siglo. La inteligencia artificial, la robótica y la biología sintética están reconfigurando la realidad a una velocidad que pocas generaciones han experimentado. Claudio Feijóo, ingeniero, analiza qué esperar de los próximos años y cuenta por qué nada volverá a ser como antes.
Cuando Xi Jinping afirma que el mundo verá cambios que no se han visto en cien años, Feijóo coincide en el diagnóstico, aunque no necesariamente en todo lo demás. La inteligencia artificial avanza de manera imparable, la robótica redefine la producción y el mundo se fragmenta en bloques cada vez más distantes entre sí. El ingeniero traza un mapa de lo que viene y no escatima en detalles sobre los riesgos que acompañan a cada avance.
Los agentes de inteligencia artificial: la gran revolución del trabajo que ya está en marcha

Para Feijóo, la gran noticia del corto plazo no es ninguna tecnología espectacular que aún esté en el laboratorio. Es algo que ya está sucediendo y que pocos dimensionan con claridad: la llegada masiva de los agentes de inteligencia artificial al entorno laboral. Estos sistemas autónomos actuarán en nombre de las personas, ejecutarán tareas, tomarán decisiones operativas y redefinirán por completo qué significa trabajar.
«El trabajo se va a transformar de forma radical», advierte el ingeniero. No se trata simplemente de herramientas que hacen la vida más cómoda. Se trata de una ruptura con el modelo de trabajo que heredamos de la Revolución Industrial, ese esquema donde se entra a una hora determinada, se cumple un horario y se descansa dos días a la semana. Una construcción social que, según Feijóo, fue un invento de su época y que la inteligencia artificial comenzará a desmantelar con una velocidad que la sociedad todavía no está preparada para asimilar.
Las fricciones serán inevitables. Las transformaciones sociales rápidas generan resistencia, incertidumbre y desigualdad en el acceso a los beneficios. Y en este caso, la transformación no llegará de manera gradual sino en oleadas que obligarán a repensar conceptos tan arraigados como la productividad, el empleo y el valor del tiempo humano. La inteligencia artificial no solo hará el trabajo: cambiará el significado mismo del trabajo.
En cuanto a la robótica, Feijóo observa que la tecnología estará lista para ocupar puestos manuales en cadenas de producción hacia finales de la década. Sin embargo, lanza una advertencia poco convencional: la tendencia actual de construir robots con forma humana responde más a una lógica de exhibición que a una optimización real.
Nadie ha demostrado que cinco dedos o dos extremidades sean la solución más eficiente. Es una fase de transición mientras se aprende a que máquinas y personas compartan el mismo espacio físico.
Biología sintética: la frontera que redefine qué significa ser humano
Más allá de la inteligencia artificial y la robótica, Feijóo reserva su mayor convicción para una tecnología que recibe menos atención en los medios pero que, en su opinión, tendrá el impacto más profundo de todos: la biología sintética. Entender cómo funciona la vida a nivel molecular y, sobre todo, intervenir en ese funcionamiento.
Todo lo que somos, incluyendo los recuerdos, las emociones y el pensamiento, son proteínas en distintas configuraciones interactuando dentro de células. Procesos complejos pero, en última instancia, procesos. El día que la humanidad comprenda esas relaciones con suficiente profundidad, la tentación de modificarlas será irresistible. Vivir 150 años, eliminar enfermedades, alterar las bases mismas de la existencia biológica. No es ciencia ficción: es el horizonte hacia el que apunta la investigación actual.
En ese marco, iniciativas como Neuralink, de Elon Musk, le parecen al ingeniero comparables a las sangrías medievales: intentos bienintencionados pero primitivos frente a lo que vendrá cuando se comprenda realmente cómo funciona el cerebro. Y ese momento no está tan lejos.
Lo que sí preocupa a Feijóo es el camino que recorre la inteligencia artificial hacia el control de la conducta humana. Describe tres etapas: la economía de la atención, donde el objetivo es capturar el foco del usuario; la economía de la emoción, donde se busca manipular lo que se siente; y la economía de la decisión, donde, a través de estímulos sutiles, las elecciones que una persona cree tomar libremente están en realidad siendo moldeadas por sistemas diseñados para ello.
Algunos países ya comienzan a legislar sobre derechos neurocognitivos. El resto del mundo va detrás, corriendo una carrera contra una tecnología que avanza más rápido que las normas que deberían regularla.






