El Estrecho de Ormuz, por donde transita una de cada cinco gotas de crudo del planeta, se ha convertido en una inmensa zona ciega. El 95% de los petroleros que cruzan este paso estratégico navegan con el sistema de localización AIS apagado, según los datos que manejan los analistas citados por Oilprice.com. La señal que permite a puertos, aseguradoras y mercados saber qué barco transporta qué carga y hacia dónde ha desaparecido, de repente, en un punto que ya era el más caliente del mapa energético mundial.
La situación no es nueva, pero ha alcanzado un punto de inflexión. El tráfico total de tanqueros por el estrecho se ha desplomado entre un 90% y un 95% respecto a los niveles previos al recrudecimiento de las tensiones en la región, un conflicto que en 2024 encendió todas las alarmas. Sin embargo, la actividad que permanece lo hace en una opacidad casi total. “El mercado está volando a ciegas”, titulaba sin ambages el análisis original de la publicación especializada.
Ormuz, la mayor zona ciega del mercado global
El Automatic Identification System (AIS) es la columna vertebral de la trazabilidad marítima. Obligatorio para buques de cierto tonelaje, emite de forma continua la posición, el rumbo, la velocidad y la identidad del barco. Apagarlo es ilegal en la mayoría de las jurisdicciones, pero en aguas del golfo Pérsico se ha convertido en norma para esquivar sanciones, evitar primas de seguro prohibitivas o, simplemente, para mover crudo iraní o ruso hacia compradores que prefieren no ser vistos.
El 95% de los petroleros que cruzan Ormuz lo hace sin que nadie sepa qué llevan, de quién es la carga ni si cumplen con las sanciones. Es la mayor zona ciega del mercado desde la guerra de Ucrania.
El goteo de cargamentos que todavía se filtra por el paso, según un análisis de los datos de tráfico marítimo elaborado por Ron Bousso, columnista de energía de Reuters, muestra un repunte en las últimas semanas. Más buques están abandonando la región, pero lo hacen con el transpondedor apagado. La combinación de menos barcos y más oscuridad vuelve imposible para los analistas calcular cuánto crudo llega realmente a los compradores, un dato esencial para anticipar tensiones de oferta.
La cifra del 95% de buques navegando a ciegas procede de la misma fuente: una estimación de mercado que refleja hasta qué punto el Estrecho de Ormuz ha pasado de ser un cuello de botella predecible a un agujero negro informativo. Las consecuencias van mucho más allá de la curiosidad estadística.
Qué implica para el precio del crudo y la geopolítica energética
La primera derivada es la incertidumbre sobre la oferta real. Sin datos fiables de tráfico, los traders de materias primas operan con modelos que incluyen una prima de riesgo geopolítico más elevada, lo que se traduce en mayor volatilidad para el barril de Brent. En las últimas sesiones, los futuros del crudo de referencia en Europa han mostrado oscilaciones bruscas que algunos operadores atribuyen, en parte, a esta ceguera forzada.
Pero el peligro más inmediato no es financiero, sino físico. La desaparición del AIS en un paso tan congestionado multiplica el riesgo de colisión. Un accidente grave entre un superpetrolero y otro buque, o con una mina a la deriva —otra amenaza recurrente en la zona—, podría bloquear el estrecho durante días o semanas. El mercado recuerda bien el precedente del Ever Given en el Canal de Suez en 2021: seis días de atasco bastaron para disparar los fletes y desatar el pánico en las cadenas de suministro. En Ormuz, el impacto sería de una magnitud muy superior, porque no hay rutas alternativas viables para el grueso del crudo del Golfo.
La opacidad también dificulta la aplicación de sanciones internacionales. Buques que apagan el AIS pueden estar cargando petróleo iraní sin que los servicios de inteligencia occidentales puedan trazarlo con certeza. La Unión Europea y Estados Unidos han impuesto varias rondas de restricciones al crudo y al GNL rusos, pero el desvío de dark fleet hacia el Índico y el Mar Rojo sugiere que el control es cada vez más laxo.

Análisis: La ceguera programada como arma de doble filo
Llevo años cubriendo los vaivenes del mercado del petróleo y rara vez he visto una combinación tan explosiva: el punto de tránsito más importante del mundo, una flota que apaga sus sistemas de seguridad para sobrevivir, y un vacío regulatorio que nadie quiere asumir. La opacidad actual no es un accidente, sino una estrategia deliberada de armadores, intermediarios y estados que se mueven en la zona gris del comercio internacional de materias primas.
No es un fenómeno nuevo, pero su escala sí lo es. Cuando en 2019 los ataques a buques en el golfo de Omán elevaron la tensión, los analistas ya advertían de que la pérdida del AIS podía convertirse en norma. Lo que entonces era una anomalía puntual se ha transformado en la regla. Y, como suele ocurrir en el sector energético, la inercia de los mercados ha ignorado el problema hasta que los datos han hablado con una claridad atronadora.
¿Es grave? Si, y mucho. Pero aquí surge la contradicción que más me inquieta: los propios compradores —refinerías europeas, intermediarios asiáticos— prefieren no preguntar demasiado. Mientras el crudo siga llegando a los puertos a precios razonables, la trazabilidad se convierte en un lujo prescindible. El mercado ha interiorizado la ceguera como un coste operativo más, y eso es lo que debería preocupar a Bruselas y a Washington.
España, que importa la práctica totalidad del crudo que consume —cerca de 60 millones de toneladas al año—, es especialmente vulnerable a una disrupción en Ormuz. Aunque buena parte de nuestro suministro procede de África y América, el efecto contagio sobre los precios globales sería inmediato y se trasladaría al surtidor en cuestión de semanas. El Gobierno, a través de la Corporación de Reservas Estratégicas, mantiene unas existencias de seguridad equivalentes a 92 días de consumo, un colchón que puede amortiguar el golpe pero no evitarlo.
En mi opinión, la comunidad internacional está jugando con fuego. La próxima crisis del petróleo no vendrá de un recorte de la OPEP, sino de un accidente marítimo en un paso donde solo uno de cada veinte barcos emite su posición. Esa es la verdadera bomba de relojería que esconde el titular sobre el tráfico opaco.
El tiempo dirá si los reguladores reaccionan antes de que tengamos que lamentarlo. Pero mientras tanto, cada barril que cruza Ormuz lo hace envuelto en una niebla que nadie quiere disipar.




