El nombre de Pablo Hernández de Cos vuelve a sonar con fuerza en los pasillos de Fráncfort. A menos de dos años para que Christine Lagarde agote su mandato al frente del Banco Central Europeo, el exgobernador del Banco de España se ha consolidado como el candidato con más opciones para sucederla, según fuentes cercanas a las negociaciones que recoge El Economista.
No es la primera vez que su nombre aparece en las quinielas. Pero ahora el contexto es diferente. España lleva décadas sin colocar a un compatriota en la cúspide de la política monetaria europea, y la ventana de oportunidad parece más abierta que nunca.
Un perfil técnico en un momento de incertidumbre
Hernández de Cos dejó la gobernación del Banco de España en junio de 2024 tras seis años en el cargo. Su gestión coincidió con la pandemia, la crisis energética y el ciclo de subidas de tipos más agresivo en la historia del euro. Durante ese periodo, su voz fue de las más escuchadas en el Consejo de Gobierno del BCE: prudente en las formas, pero clara en el diagnóstico.
Lo que le distingue de otros nombres que circulan —el finlandés Olli Rehn, el alemán Joachim Nagel o el francés François Villeroy de Galhau— es su capacidad para construir consensos sin renunciar a la ortodoxia. Una cualidad que Fráncfort valora especialmente cuando la inflación subyacente sigue por encima del objetivo y los halcones del norte presionan para mantener tipos altos.
Hay quien ve en él un continuador natural de la línea Lagarde: comunicación activa, sensibilidad hacia el empleo, atención a los riesgos climáticos. Otros creen que su perfil es más técnico y menos político, lo que podría facilitar su aceptación entre los países del núcleo duro.
El factor español y el equilibrio de poder
España nunca ha tenido un presidente del BCE. Tampoco del Bundesbank, claro, pero eso es otra historia. El único español que llegó cerca fue Luis Ángel Rojo, cuyo nombre sonó en los noventa sin llegar a cuajar. Desde entonces, el puesto ha rotado entre alemanes, franceses, italianos y una francesa con pasaporte del FMI.
La tradición no escrita dice que el presidente del BCE no debe coincidir en nacionalidad con el del Eurogrupo ni con el comisario de Economía. Actualmente, Paschal Donohoe preside el Eurogrupo y Valdis Dombrovskis ocupa la cartera económica en Bruselas. Ninguno es español. Eso abre una ventana.
Pero las quinielas europeas rara vez se resuelven solo por méritos. Hay equilibrios de poder, favores cruzados y calendarios electorales que pueden torcer cualquier candidatura. Alemania, que ha visto cómo su influencia en el BCE se diluía con Lagarde, podría exigir compensaciones. Francia, que acaba de perder a su presidenta, querrá mantener peso en el Consejo. Italia observa desde la barrera, sin candidato claro pero con capacidad de veto.

Lo que está en juego para la política monetaria
El mandato de Lagarde termina en octubre de 2027. Para entonces, el BCE habrá tenido que decidir cómo y cuándo normalizar su balance —aún hinchado por las compras de pandemia— y si los tipos de interés vuelven a niveles prepandémicos o se estabilizan en una meseta más alta.
Hernández de Cos ha defendido públicamente que la política monetaria no puede hacer el trabajo sola. En sus intervenciones como gobernador insistió en la necesidad de reformas estructurales y consolidación fiscal, un mensaje que no siempre gustó en el Gobierno español pero que resonó bien en Berlín y Ámsterdam.
Creo que ese equilibrio —ortodoxia monetaria con sensibilidad hacia el crecimiento— es precisamente lo que el BCE necesitará en los próximos años. La inflación está controlada pero no derrotada. El crecimiento europeo sigue siendo anémico. Y los riesgos geopolíticos, desde Ucrania hasta el comercio con China, no han desaparecido.
El próximo presidente tendrá que navegar entre la presión de los mercados, las demandas de los gobiernos y una opinión pública cada vez más escéptica con las instituciones europeas. No es un trabajo para aficionados.
¿Tiene Hernández de Cos el perfil? Sobre el papel, sí. ¿Conseguirá los apoyos necesarios? Eso dependerá de negociaciones que aún no han empezado oficialmente. Lo que parece claro es que, por primera vez en mucho tiempo, España tiene un candidato con opciones reales. El resto es diplomacia de alta costura, y ahí las quinielas sirven de poco.




