El frenesí inversor en inteligencia artificial ha movilizado más de un billón de dólares en los últimos años, pero la cuenta de resultados de las grandes tecnológicas apenas refleja retornos. Sam Altman, el hombre que más capital ha captado para financiar OpenAI, ha reconocido en una entrevista con CNBC que el desperdicio es masivo y que la industria aún no ha encontrado el equilibrio entre inversión y productividad.
Claves de la operación
- Altman da voz a lo que analistas ya advertían. El CEO de OpenAI afirma que ‘hay muchísimo desperdicio’ en el sector y que la crítica es la más justa que se puede hacer a la IA ahora mismo.
- Goldman Sachs eleva la inversión total a más de un billón de dólares. Los informes de la banca de inversión señalan que el gasto en chips, centros de datos y software se ha disparado sin una correlación clara con el retorno económico inmediato.
- El 95% de la capacidad de las GPUs está infrautilizada. Un estudio de Cast AI revela que la utilización media de las unidades de procesamiento gráfico es solo del 5%, un derroche que beneficia sobre todo a NVIDIA y a los grandes proveedores de nube.
La trampa del ‘por si acaso’ y el miedo a quedarse atrás
Según el informe de Goldman Sachs ‘Gen AI: Too Much Spend, Too Little Benefit?’, las grandes tecnológicas y los proveedores de infraestructura han programado desembolsos superiores al billón de dólares en la próxima década. La mayor parte de ese dinero va a parar a centros de datos que todavía no están operando a pleno rendimiento y a chips de NVIDIA que, en muchos casos, apenas rozan el 5% de utilización, según el análisis de 23.000 clústeres de computación de Cast AI.
La explicación es el FOMO, el miedo a perder el tren. Como explica Venture Beat, muchas empresas están adquiriendo capacidad de cómputo no por una necesidad real, sino para blindarse ante una posible escasez futura, un comportamiento que recuerda al acaparamiento de semiconductores durante la pandemia. El resultado es un mercado donde se gasta por acumular, no por producir.
NVIDIA y la nube, los únicos que facturan sin hacer preguntas

Mientras el retorno para las empresas que despliegan IA sigue siendo difuso, los proveedores de infraestructura acumulan cifras récord. NVIDIA cerró 2024 con unos ingresos de 60.900 millones de dólares, un 126% más que el año anterior, impulsada por la venta de sus procesadores gráficos. La nube, dominada por Amazon, Microsoft y Google —que concentran el 70% del mercado según Synergy Research Group—, facturó más de 330.000 millones de dólares en infraestructura cloud en el mismo ejercicio. Su modelo de negocio no depende del éxito final de la IA de sus clientes: cobran igual si las GPUs trabajan al 5% o al 100%.
El problema de fondo son los incentivos. Quien decide el ritmo de inversión —los fabricantes de chips y los hiperescaladores— es precisamente quien menos expuesto está a que el gasto no se traduzca en productividad. Una estructura que, como señalan desde el MIT, puede estar inflando una burbuja cuyo estallido, sin embargo, aún podría tardar.
El desperdicio en IA no es un fallo del sistema: es el combustible que mantiene en marcha la maquinaria de NVIDIA y los grandes proveedores de nube.
Del optimismo obligado a la autocrítica: ¿punto de inflexión para la industria?
La confesión de Altman marca un cambio de de discurso en el sector. Hasta ahora, las voces que alertaban sobre la falta de rentabilidad de la IA provenían de economistas escépticos, como el premio Nobel Daron Acemoglu, que en su estudio ‘The Simple Macroeconomics of AI’ estimaba un impacto en la productividad de apenas el 0,5% en la próxima década. Que sea ahora el CEO de la empresa más emblemática de la IA generativa quien hable de ‘muchísimo desperdicio’ traslada el debate de los márgenes académicos a los consejos de administración.
En España, la situación no es muy diferente. Grandes compañías del IBEX 35 como Telefónica o Santander han destinado partidas millonarias a proyectos de inteligencia artificial sin que, por el momento, se refleje en sus cuentas de resultados de forma proporcional. La paradoja es la misma: se invierte por necesidad estratégica, pero el retorno sigue siendo una incógnita.
Eso sí, interpretar las palabras de Altman como un presagio de recesión en la inversión tecnológica sería simplista. El propio ejecutivo confía en que la industria resolverá rápido el desajuste. De hecho, las burbujas tecnológicas anteriores, como la de las puntocom, tardaron años en estallar, y cuando lo hicieron, ya habían dejado una infraestructura de redes y datos que fue aprovechada por la siguiente oleada. El riesgo, en este caso, es que buena parte del gasto actual está comprometido con arquitecturas de chips que podrían quedar obsoletas si surgen modelos más eficientes.
En cualquier caso, la gran pregunta sigue siendo cuánto tiempo están dispuestos a esperar los inversores. Las declaraciones de Altman abren una ventana de sinceridad que puede acelerar el escrutinio sobre cada euro gastado. Y en un contexto en que los tipos de interés ya no son cero, el margen para el despilfarro se reduce. Habrá que seguir de cerca las próximas conferencias de resultados de las grandes tecnológicas para comprobar si la autocrítica se traduce en cifras.




