La figura del válido tiene una historia larga y muy española. En el siglo XVII, el Duque de Lerma gobernó en nombre de Felipe III sin ser rey ni ministro, acumulando una fortuna personal que décadas después le costaría el exilio. El Conde-Duque de Olivares hizo lo mismo con Felipe IV hasta que la presión del sistema lo devoró. Manuel Godoy —el favorito de Carlos IV, el que firmó el Tratado de Fontainebleau que abrió España a Napoleón— es quizás el más infame de todos. Ninguno de ellos tenía título formal de poder. Todos ellos eran, en la práctica, quienes tomaban las decisiones. El válido es el hombre al que el rey llama «mi hijo» y al que los demás llaman «el poder en la sombra.» En el Real Madrid de Florentino Pérez en 2026, ese hombre tiene nombre y apellido: Anas Laghrari. Cuarenta y dos años. Nacido en Casablanca. Formado en Francia. Y sin un solo cargo oficial en el organigrama de la institución deportiva más valiosa del mundo.
Del padre constructor al hijo financiero
La relación entre Florentino Pérez y Anas Laghrari no empieza en los despachos de Société Générale de Madrid. Empieza mucho antes, en Marruecos, con dos ingenieros de la construcción que comparten proyectos y perspectivas. El padre de Laghrari era constructor y trabajó con Florentino en obras en Marruecos, en esa época en la que los ingenieros españoles se consideraban una casta y Florentino ya era el presidente de ACS que hablaba con sus pares de igual a igual.
Ese vínculo generacional —el hijo del constructor que conoció al presidente de niño— convirtió a Anas en algo diferente a un asesor financiero contratado. Lo convirtió en el joven en quien Florentino podía confiar con la confianza ciega que solo se da a quien se ha visto crecer. Las élites marroquíes estudian en Francia, y Laghrari no fue la excepción: matemáticas financieras, después Société Générale, y en 2009 el salto a Madrid, de la mano del banco francés que ya tenía relación consolidada con Florentino a través de Donato González, su director en España.
La primera gran operación: salvar a ACS de Iberdrola
El verdadero bautismo de Laghrari como válido llegó con la crisis más seria que Florentino ha vivido en su carrera empresarial. ACS había intentado hacerse con el control de Iberdrola a través de una compra agresiva de acciones —favorecida por la conocida «enmienda Florentino», aprobada por el Gobierno de Zapatero, que eliminaba limitaciones para entrar en los consejos de las cotizadas—. Ignacio Sánchez Galán resistió. La llegada de Rajoy trajo nuevos cambios normativos. Y la derrota en Iberdrola, combinada con la crisis del ladrillo, dejó a Florentino en una situación tan delicada dentro de ACS que los Albertos y la familia March se marcharon.
Fue entonces cuando el hijo del constructor marroquí ofreció la solución desde Société Générale: una reestructuración de deuda que permitió a ACS remontar. El hombre que salvó el trono empresarial de Florentino cuando nadie más podía hacerlo no se olvida. Tampoco se olvida quién lo salvó. Esa deuda de gratitud es el fundamento estructural del poder de Laghrari dentro del ecosistema Florentino. No es solo un asesor brillante. Es el hombre que estuvo cuando nadie más pudo estarlo.
Del banco francés a arquitecto de la Superliga (sí, esa competición que no existe)
En 2013, Laghrari dejó Société Générale —la relación con Donato González se había deteriorado, según fuentes del entorno del banco— y se incorporó como socio a Key Capital Partners (KCP), una boutique financiera donde llegó a controlar el 16,61% del capital, por encima de la participación de Borja Prado. Los años 2018 a 2022 fueron los más prolíficos para la firma, superando los 25 millones de euros en ingresos, al calor de las principales operaciones de ACS en las que KCP actuó como asesor.
Su papel en la construcción del Bernabéu fue determinante. El Real Madrid necesitaba financiar una obra cuyo coste total supera ya los 1.700 millones de euros incluyendo intereses. El plan inicial —un acuerdo con IPIC, el fondo soberano de Abu Dabi que había adquirido Cepsa, por unos 500 millones a cambio de parcelas de explotación y la posibilidad de negociar en el futuro el naming del estadio— se derrumbó cuando IPIC rompió el acuerdo. El Madrid fue a arbitraje internacional. Perdió. Y entonces Florentino tuvo que buscar el dinero por otro camino. Para traerlo, convocó a su válido.
El resultado fue una estructura de financiación compleja: un primer crédito de 575 millones a un consorcio de JP Morgan, Bank of America, Santander, Société Générale y CaixaBank; una ampliación de 225 millones en 2021; otros 370 millones en 2023; y la venta del 30% de los derechos de explotación de nuevos negocios del Bernabéu durante 20 años a Sixth Street y Legends por 316 millones. Aplicando los fees habituales de los bancos de inversión —entre el 1% y el 2%— sobre el total de las operaciones, las comisiones podrían situarse en el entorno de los 20 millones de euros. Laghrari habría sido uno de los principales beneficiarios.
La punta del iceberg que hace al personaje verdaderamente singular es la Superliga. En los registros mercantiles figura como apoderado y propietario del 50% del capital de A22 Sports Management, la sociedad que controlaba European Super League Company, la promotora del torneo. Una sociedad constituida inicialmente con 3.000 euros que se convirtió en el vehículo del mayor intento de revolución del fútbol europeo en su historia. KCP, Anel Capital, A22 Sports Management y European Super League Company compartían el mismo domicilio en una céntrica calle de Madrid. No es casualidad. Es concentración operativa.
El poder sin cargo y la tensión que genera
Hoy, Laghrari opera desde Anel Capital, la sociedad que impulsa junto a su esposa Ez Zahra Lahbabi —quien también pasó por Société Générale, luego fue directora de proyectos en el Real Madrid y en 2021 lanzó Zaz Handmade, su firma de moda femenina en la calle Lagasca—. Una familia empresarial construida sobre el mismo núcleo de confianza en el que todo en el universo Florentino acaba convergiendo.
Riquelme lo describió en campaña con una precisión que resulta difícil de rebatir: «Se sienta con los bancos, con los fondos, dice lo que se hace, lo que se ficha. Y encima no tiene ninguna posición clara dentro del organigrama.» Esa frase captura exactamente la esencia del válido: poder real sin responsabilidad formal. Influencia máxima sin firma en el acta del Consejo.
Desde dentro del club, algunas voces han señalado que la creciente influencia de Laghrari ha vaciado de contenido el papel del director general José Ángel Sánchez, cuya actividad hoy se concentra casi exclusivamente en lo deportivo. El válido moderno no destituye al ministro. Simplemente lo hace irrelevante.
El límite que la historia no puede cruzar
Los válidos del siglo XVII tenían un techo. Podían gobernar, acumular, decidir. Pero no podían ser rey. El Duque de Lerma lo entendió tarde. El Conde-Duque de Olivares, también.
Laghrari tiene su propio techo, doble y explícito: no puede ser sucesor de Florentino porque su antigüedad como socio del Real Madrid es insuficiente. Y porque no es español. El hombre que ha diseñado la financiación del estadio, que fue el arquitecto de la Superliga, que asesora la transformación societaria del club y que según el entorno del club habría propuesto incluso el nombre del siguiente entrenador, no puede presentarse a las elecciones de la institución a la que más ha influido en la última década.
Eso, en la historia de los válidos, siempre ha sido el punto de inflexión peligroso. Cuando el poder sin título se hace demasiado visible, cuando el privado se convierte en protagonista de la campaña electoral del rey al que sirve, el equilibrio se rompe. A Rodrigo Calderón, el válido de Lerma, lo decapitaron en la Plaza Mayor de Madrid en 1621. Tiempos distintos, sin duda.
Pero la lección de fondo es la misma: en el momento en que el hombre que tiene el poder sin el cargo se convierte en el tema central de una campaña, algo ha cambiado de forma irreversible.
El Real Madrid vota el domingo. Gane quien gane, la figura del inquietante Anas Laghrari ya no volverá a ser invisible.





