La reciente cancelación de las negociaciones entre Irán y Estados Unidos ha elevado la tensión en los mercados energéticos internacionales en un momento especialmente delicado para el equilibrio entre oferta y demanda de petróleo. La ruptura del diálogo diplomático, unida a las disrupciones en torno al estratégico estrecho de Ormuz, ha reavivado los temores sobre la seguridad del suministro energético mundial y ha impulsado una mayor volatilidad en los precios del crudo.
En este contexto, un informe elaborado por Mark Lacey, responsable de renta variable temática en Schroders, advierte de que la actual crisis energética no responde únicamente a factores coyunturales como la guerra de Irán, sino que refleja un cambio estructural en el ciclo del sector, marcado por tensiones persistentes en el suministro y una transformación profunda de la demanda global.
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El documento destaca que la interrupción del flujo comercial a través del estrecho de Ormuz ha provocado una disrupción significativa en el suministro mundial de petróleo, agravando un escenario que ya mostraba señales de escasez. Incluso antes de la escalada del conflicto en Irán, diversos indicadores apuntaban a que la oferta disponible podría resultar insuficiente para cubrir la demanda futura.

Según el análisis, esta situación es consecuencia, en parte, de más de una década de inversión limitada en el sector energético. El peso de las compañías energéticas dentro de los índices bursátiles globales ha descendido desde aproximadamente el 14% en máximos históricos hasta cerca del 3% a comienzos de 2026. Esta evolución responde a una mayor disciplina de capital por parte de las empresas, que han priorizado la rentabilidad para los accionistas, frente a la expansión de la producción de activos claves de petróleo. Por lo que da pie a una mayor exposición ante conflictos que afectan directamente al suministro energético como el que se está viviendo en suelo iraní.
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El informe también subraya el deterioro en la vida útil de las reservas, que ha pasado de entre 14 y 15 años a principios de los años 2000 a un rango de entre 7 y 10 años en la actualidad para muchos productores. Además, el análisis advierte de que, más allá de 2026, la cartera de proyectos capaces de incrementar de forma significativa la producción es más limitada, lo que añade presión estructural a la oferta.
A ello se suma la pérdida de eficacia del petróleo de esquisto en Estados Unidos como mecanismo de ajuste rápido del mercado, debido a su mayor intensidad de capital y a la necesidad de precios más elevados para sostener nuevas inversiones.
En paralelo, la demanda energética no desaparece, sino que evoluciona. En Estados Unidos, se prevé que el consumo eléctrico crezca entre un 2% y un 3% anual, impulsado por la electrificación de la economía y por el auge de los centros de datos vinculados a la inteligencia artificial, que en algunos casos incrementan también la demanda de gas natural.
El informe apunta que un entorno de precios más estables podría favorecer los flujos de caja del sector energético, al tiempo que el refuerzo de la seguridad energética como prioridad política estaría ampliando el foco de inversión hacia infraestructuras como redes eléctricas, sistemas de almacenamiento, energías renovables y tecnologías asociadas.
El papel de las renovables en la seguridad energética
En este nuevo contexto, el análisis también subraya el papel estratégico de las energías renovables. La energía solar y eólica, al no depender de combustibles fósiles, presentan menores costes variables y una menor exposición a la volatilidad de los mercados internacionales.
En Europa, el sistema de fijación de precios eléctricos (en el que la tecnología más cara en cada momento, habitualmente el gas, marca el precio final) está comenzando a evolucionar, gracias al crecimiento de las renovables, con costes de generación más bajos, reduce la frecuencia con la que los combustibles fósiles determinan el precio de la electricidad.
En este sentido, España aparece como un caso representativo de esta transformación. El aumento de la generación solar y eólica ha reducido de forma significativa el peso de las tecnologías fósiles en la formación de precios eléctricos, contribuyendo a disminuir la dependencia del gas en el sistema y situando a la electricidad española entre las más competitivas de Europa, incluso en un contexto de elevada volatilidad en los mercados energéticos internacionales.
En definitiva, la combinación de tensiones geopolíticas en la oferta, cambios estructurales en la demanda y el avance de la transición energética está configurando un nuevo ciclo para el sector energético global, con implicaciones relevantes tanto para los mercados financieros como para las políticas públicas en los próximos años





