Cuando la gente tiene un problema de verdad y siente miedo no llama a papá ni a mamá. Llama a la policía. Esta frase resume con precisión la filosofía de Iñaki Aldaz, sargento de la Policía Local de Sabadell con más de dieciocho años de experiencia en la calle. Para él el uniforme no es solo una prenda sino una responsabilidad que se lleva con orgullo y con plena conciencia de todo lo que implica.
Aldaz conoce el oficio desde adentro con una mirada que combina la experiencia acumulada en el día a día con una reflexión sobre los grandes temas que rodean a los cuerpos de seguridad en España. La corrupción policial, la coordinación entre cuerpos, la percepción ciudadana y hasta el futuro de la policía en las redes sociales son asuntos sobre los que tiene opiniones claras y argumentadas.
Coordinarse es difícil, pero la hermandad entre cuerpos es real
Una de las ideas más extendidas sobre los cuerpos policiales es que la relación entre ellos es tensa o competitiva. Aldaz desmiente esa imagen con rotundidad. La relación con los Mossos d’Esquadra, con la Policía Nacional y con la Guardia Civil es de coordinación, de cooperación y de saber que todos están en el mismo barco. Las tensiones que pueden surgir no vienen de una mala relación personal sino de la complejidad del marco legal que distribuye competencias entre los distintos cuerpos. Hay un ámbito amplio donde todo se mezcla y coordinar ese espacio no siempre resulta sencillo.
La policía local, aclara Aldaz, no se limita a bajar gatitos de los árboles ni a ayudar a las personas mayores a cruzar la calle. Ese estereotipo nada tiene que ver con la realidad. En la práctica el trabajo cotidiano de los agentes locales está profundamente vinculado a la seguridad ciudadana y la primera respuesta ante cualquier emergencia corre a menudo a cargo de estos efectivos, independientemente de qué cuerpo tenga atribuida formalmente la competencia. Cuando el servicio llega primero quien pueda atenderlo lo atiende. Esa es la lógica real del trabajo policial en las ciudades.
Aldaz también reflexiona sobre la decisión de vestir el uniforme cada día. Afirma que prefiere que le vean porque disfruta más de impedir que algo malo ocurra que de intervenir una vez que ya ha pasado. Esa presencia visible tiene un efecto disuasorio que considera más valioso que cualquier operación encubierta. Aun así reconoce la utilidad del trabajo de paisano en situaciones concretas donde la uniformidad podría generar tensión adicional o alertar a quienes se quiere observar.
La corrupción existe dentro de la policía, pero las herramientas para combatirla también

Sobre la corrupción dentro de los cuerpos de seguridad Aldaz habla con una honestidad que resulta refrescante. A lo largo de sus años de carrera no ha vivido situaciones generalizadas de corrupción en su entorno directo. Ha habido casos concretos como los hay en cualquier organización humana pero insiste en que la norma es la integridad. «Hemos elegido no ser nunca ricos para no ser nunca pobres», dice, y esa frase define bien el pacto implícito que aceptan quienes eligen esta profesión.
El marco legal que regula las conductas de los agentes es especialmente exigente. Un policía que incurre en actos de corrupción enfrenta una doble condena que no existe para el resto de los ciudadanos: primero responde penalmente y después también en el ámbito disciplinario, vulnerando el principio jurídico que prohíbe sancionar dos veces por el mismo hecho. Esa severidad no es arbitraria. La sociedad espera de quienes visten el uniforme una integridad absoluta y la ley lo refleja con claridad.
Aldaz señala además que las escuelas de policía han trabajado intensamente en las últimas décadas para reforzar los valores éticos de los nuevos agentes. La formación en integridad, el respeto al uniforme y el rechazo explícito a cualquier forma de corrupción forman parte del currículo desde el primer día. Y las condiciones laborales han mejorado también de manera notable, algo que Aldaz considera relevante porque un agente bien pagado y bien tratado tiene menos incentivos para torcerse.
Al margen de su labor policial, Aldaz trabaja en un segundo libro donde propone trasladar teorías criminológicas del espacio físico al espacio digital. Su tesis es que las redes sociales son un nuevo espacio público donde se generan sensaciones de seguridad e inseguridad que luego influyen en el comportamiento real de las personas. La policía también debería patrullar ese territorio.





