Bert Flossbach, socio fundador de Flossbach von Storch, valora la situación actual del mercado en relación con la Inteligencia Artificial o AI en inglés.
El auge de la inversión en inteligencia artificial se ha acelerado aún más en los últimos meses. Hoy, IA (AI, en inglés) significa All In («apostarlo todo»). La demanda de capacidad de computación supera la oferta disponible, lo que obliga a las empresas a seguir ampliando sus infraestructuras en la lucha por captar clientes. Los recursos son cada vez más escasos: las infraestructuras energéticas, los chips y, cada vez más, el capital se están encareciendo.
Pese a ello, muchos inversores esperan que el auge de la construcción de centros de datos continúe hasta bien entrada la próxima década. Por ahora, sin embargo, el auge todavía no se sostiene por sí solo. Los costes de los proveedores de IA, especialmente los relacionados con la capacidad de computación, superan sus ingresos. La maquinaria de la IA necesita capital nuevo.

Los hiper escaladores están destinando su flujo de caja a nuevos centros de datos, mientras que los grandes fabricantes de chips, que son rentables, están financiando a sus propios clientes mediante acuerdos cada vez más creativos y opacos para mantener en marcha la ola de inversión. Se están otorgando garantías sin que se reconozcan en los balances como pasivos potenciales. Los chips se están colocando en vehículos de financiación y se utilizan como garantía para obtener préstamos.
¿A qué grandes riesgos se podría enfrentar el mercado en los próximos meses?
Unos tipos de interés más altos podrían actuar como freno. Sin embargo, a diferencia del auge inmobiliario que desembocó en la crisis financiera, el auge de la IA se basa en la promesa de un importante aumento de la productividad. Si esa promesa se cumple, el auge podría prolongarse durante muchos años. Si no es así, la disposición de los usuarios a pagar no será suficiente para justificar nuevas ampliaciones de capacidad.
Por tanto, debe consolidarse un aumento de la productividad capaz de sostenerse por sí mismo y que beneficie a empresas y usuarios de toda la economía, y no solo a un puñado de grandes corporaciones estadounidenses.
Por el contrario, los inversores siguen ignorando en gran medida los riesgos que plantea la IA. Entre ellos figuran la cuestión, económicamente relevante, de quién responde por las actuaciones de agentes altamente autónomos, así como la amenaza existencial para la humanidad, que los inversores consideran un escenario extremo irrelevante.
El crecimiento económico también se está beneficiando de la inversión en IA, lo que ha contribuido a la importante subida de las rentabilidades de la deuda pública. En conjunto, los bonos resultan ahora más atractivos, al menos en términos de rentabilidad nominal: esta alcanza actualmente el 6% en dólares estadounidenses y el 4,5% en euros para los bonos corporativos de alta calidad. Estos niveles deberían bastar para generar una rentabilidad real cómoda incluso después de descontar la inflación.
Hemos vuelto a aumentar el peso de los bonos en nuestra asignación de activos, de forma selectiva y centrándonos en emisores de primera categoría.
Francia ofrece actualmente las rentabilidades más elevadas de la eurozona, con un 4,9%. La fragilidad de sus finanzas públicas ilustra la rapidez con la que un emisor de deuda considerado seguro puede empezar a suscitar preocupación. No obstante, no cabe esperar un impago de estos bonos, ya que el BCE está dispuesto, en última instancia, a actuar como salvador de último recurso si fuera necesario. Sin embargo, todavía no hemos llegado al punto en el que esta consideración haga atractiva una inversión.

La letra pequeña de la Inteligencia Artificial (AI)
Cuanto más autónomos pueden operar estos agentes, menos necesitan hacer o pensar los propios seres humanos. Sin embargo, esto exige un alto grado de confianza en el criterio de la IA. Esto podría convertirse en una prueba de hasta qué punto están dispuestas las personas a dar acceso a la IA a sus correos electrónicos, contactos y cuentas bancarias.
También implica riesgos de responsabilidad jurídica que resultan muy relevantes para los proveedores, en el contexto de sus previstas salidas a Bolsa. Por ejemplo, en el documento de registro S-1 de Anthropic, supuestamente confidencial, la compañía dedica 80 páginas a explicar los riesgos asociados a su modelo de negocio, incluida una advertencia sobre los «riesgos existenciales para toda la humanidad».
Menos distópicos, pero mucho más probables, son los riesgos convencionales de responsabilidad por productos defectuosos, que plantean una cuestión completamente nueva en el contexto de la IA basada en agentes: ¿quién responde por los daños causados por agentes de IA que actúan en nombre de los usuarios?
Si un agente altamente autónomo, al ejecutar la tarea que se le ha asignado, formula sus propios subobjetivos, elige cursos de acción y toma decisiones que el usuario no le ha indicado expresamente ni podía prever razonablemente, los daños resultantes ya no pueden atribuirse exclusivamente al usuario. Sin embargo, eso es precisamente lo que los proveedores de IA pretenden conseguir.
Su máxima es: «Acción del agente = acción del usuario = responsabilidad del usuario». Las advertencias sobre los riesgos y efectos secundarios, junto con amplias exclusiones de responsabilidad en las condiciones de uso, pretenden trasladar a los usuarios el riesgo de los daños. En Estados Unidos, esto se intenta mediante cláusulas generales de indemnización. En la Unión Europea, una exención de responsabilidad tan amplia no es compatible con la legislación de protección de los consumidores. Las limitaciones de responsabilidad son más viables cuando se trata de clientes empresariales, aunque también tienen sus límites.
Por ejemplo, xAI señala que la exención de responsabilidad no se aplica en casos de negligencia grave, fraude o conducta dolosa. En la práctica, sin embargo, demostrar estas circunstancias probablemente resulte difícil y requiera mucho tiempo.
La cuestión de la responsabilidad jurídica podría convertirse en una limitación crítica para la aceptación y el éxito comercial de la IA altamente autónoma. Los esfuerzos por limitar este riesgo al máximo sugieren que los proveedores también se están preparando jurídicamente para un mundo en el que los agentes de IA actúen de forma autónoma.
Al mismo tiempo, los consejeros delegados de los principales desarrolladores de IA intentan protegerse frente a posibles reclamaciones por daños y perjuicios describiendo los riesgos en los términos más alarmantes posibles, mientras defienden simultáneamente el desarrollo controlado de la IA. Así deben interpretarse también las declaraciones del consejero delegado de Anthropic, Dario Amodei, cuando afirma que, en un plazo de entre seis y doce meses, un enjambre de agentes autónomos podría ser capaz de «apoderarse de todo internet».
La ironía es que empresas de IA como Anthropic y OpenAI llevan tiempo pidiendo contención en el desarrollo de nuevos modelos de IA, mientras siguen perfeccionando los suyos. La lógica es sencilla: si no lo hacemos nosotros, lo harán nuestros competidores. Se trata de un clásico dilema del prisionero, que Donald Trump describe así: «Quien gane la carrera de la IA lo ganará todo».

Por eso, ni siquiera un «momento Hindenburg» – es decir, una catástrofe aislada, como el accidente del dirigible Hindenburg en 1937, que destruyó de la noche a la mañana la confianza en toda la industria de los dirigibles – detendría permanentemente el desarrollo de la IA. El dilema del prisionero seguiría existiendo incluso después.
Para los proveedores de IA, la seguridad está adquiriendo una importancia cada vez mayor. Su futuro ya no depende únicamente de las prestaciones de sus modelos y chips, sino también de la aceptación por parte de los usuarios. Cuando en septiembre salió a la luz que agentes de IA de OpenAI habían accedido por iniciativa propia a páginas web del Departamento de Comercio de Estados Unidos y de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC), OpenAI anunció que suspendería temporalmente el entrenamiento de sus modelos más potentes hasta que se hubieran implantado y verificado medidas de protección adicionales. Nvidia ha aprovechado los recientes incidentes de seguridad para lanzar una nueva plataforma diseñada para supervisar y controlar mejor los agentes de IA.
Los mercados de capitales también están empezando a tomarse más en serio los riesgos de seguridad, pero siguen considerándolos manejables, por lo que los incidentes registrados hasta ahora solo han provocado episodios de incertidumbre de corta duración, como mucho. Los escenarios catastróficos descritos por quienes dan la voz de alarma se consideran un tail risk, es decir, un acontecimiento improbable, pero extremo. Es comprensible: tiene poco sentido basar una estrategia de inversión en escenarios distópicos, aunque finalmente lleguen a materializarse.
Para los mercados de capitales, por tanto, las cuestiones fundamentales son las siguientes: ¿cuánto durará el auge de la inversión y qué empresas saldrán ganando y cuáles perdiendo?
Los riesgos para la seguridad de la IA y los consiguientes riesgos de responsabilidad jurídica han recibido mayor atención tras varios incidentes de seguridad. No es casualidad que los consejeros delegados de los principales desarrolladores de IA estén intentando protegerse frente a posibles reclamaciones por daños y perjuicios mediante advertencias sobre los riesgos existentes.




