Sanciones EEUU Cuba: La Habana admite que frenan sus reformas en plena crisis energética

El viceministro de Exteriores cubano, Carlos Fernández de Cossío, asegura en Bloomberg Television que las conversaciones con Washington siguen abiertas pero sin resultados. Admite a la vez que la isla impulsa reformas económicas inéditas y que la presión estadounidense puede hace

Las conversaciones entre Washington y La Habana siguen existiendo, pero no producen nada. Esa es la conclusión que dejó Carlos Fernández de Cossío, viceministro de Exteriores cubano encargado de la relación con Estados Unidos, en una entrevista con Bloomberg Television. Su tesis es incómoda y directa: mientras la Casa Blanca añada sanciones y presión sobre la economía de la isla, hablar de resultados es una quimera. Y, al mismo tiempo, reconoce que sobre Cuba se están poniendo en marcha reformas económicas que nunca antes se habían intentado.

Reuniones discretas con Washington y cero avances

Fernández de Cossío confirmó ante las cámaras de Bloomberg que los canales de comunicación siguen abiertos y que su país está dispuesto a sentarse a la mesa. Ambas partes, según su relato, habrían pactado discreción. Le molestan las filtraciones, y no lo escondió. Lo que no hay, dice, es progreso: cada nueva medida de presión estadounidense hace más difícil sostener que el diálogo sirva para algo.

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Cuando el entrevistador le preguntó quién es su interlocutor en el lado estadounidense y puso sobre la mesa el nombre del secretario de Estado Marco Rubio, el viceministro se cerró en banda. Corresponde a Estados Unidos identificar a su gente, vino a decir. Un silencio calculado que forma parte del pacto de discreción que ambos gobiernos dicen mantener.

Quieren controlar Cuba, sostiene La Habana

Sobre los objetivos reales de la administración estadounidense, Fernández de Cossío no se anduvo con rodeos. Señala que en público se ha hablado de hacerse cargo de Cuba y de controlar su economía, algo que califica de ambicioso tratandóse de un Estado soberano. Cuba no pide un cambio de régimen en Estados Unidos, insistió, y pide a Washington que abandone esa expectativa respecto a la isla.

El diplomático se detuvo en un detalle retórico. En su discurso ante la ONU, Donald Trump calificó a Cuba de Estado fallido y, en la misma frase, reconoció que su gobierno aplica más presión que nunca. Para el viceministro, eso es admitir el origen del problema: agredir a la víctima y después culparla de su situación.

Frente a ese diagnóstico, la parte cubana enumera lo que considera intereses compartidos con Estados Unidos: la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y el crimen organizado, además de la cooperación científica y académica. Una agenda compartida que, en su opinión, pesa más que la idea estrecha de cambiar el gobierno de la isla.

Si Estados Unidos mantiene ese nivel de presión, las transformaciones económicas en Cuba pueden avanzar y volverse irreversibles; si la presión continúa, será muy difícil lograrlo.

— Carlos Fernández de Cossío, ante Bloomberg Television

El comercio silencioso que sí existe

Bloomberg publicó esta semana datos comerciales hasta ahora poco conocidos: alrededor de 200 viajes entre ambos países con combustible, alimentos y paneles solares como carga. El viceministro admite que la cifra sorprendería a mucha gente, pero matiza que el comercio y los viajes han caído de forma significativa por las medidas estadounidenses. Aun así, no rehúye la presencia empresarial norteamericana en la isla: la califica de bienvenida, siempre que no venga acompañada de intimidación para excluir al resto del mundo. Cuba quiere relacionarse con todos, no con un solo país.

Tres horas de electricidad al día como rutina

La conversación derivó hacia la vida cotidiana y la crisis energética. Venezuela fue durante años un proveedor clave; México, sostiene el entrevistado, se estaría conteniendo por la presión estadounidense en materia comercial. Preguntado por dónde busca energía ahora, su respuesta fue tajante: de cualquier lugar. Su diagnóstico es que Washington ha logrado intimidar al conjunto de la comunidad internacional para que nadie exporte combustible ni otros productos a la isla.

La desconexión total del sistema eléctrico registrada la semana pasada, la séptima del año según el entrevistador, no es lo relevante para él. Lo relevante es que la población lleva ocho o nueve meses conviviendo con tres horas de luz diarias. Describió su propia rutina: sale de casa sin electricidad y sin agua corriente, y regresa en las mismas condiciones. Habla a diario con su esposa y escucha el mismo parte: luz de medianoche a tres de la madrugada, a veces más. La nevera, el electrodoméstico básico de cualquier hogar, resulta inservible. En el siglo XXI, dice, Cuba retrocede al comienzo del siglo XX.

¿A quién culpan los cubanos de su situación?

El entrevistador le planteó la pregunta difícil: si la población tiene derecho a estar enfadada con su propio gobierno. Su respuesta combina reconocimiento y defensa. Admite que la gente está indignada y protesta, que no puede presentarse en la Casa Blanca a reclamar y que parte de esa rabia se descarga también contra el ejecutivo cubano. Acto seguido explica que el gobierno intenta innovar y transformar la economía, adentrándose en terrenos que nunca ha explorado y sin experiencia previa. Lo llama, sin adornos, una esperanza con final incierto.

Consultado sobre cómo termina esta crisis, Fernández de Cossío apuesta por la mesa de negociación. Un acuerdo lejos de lo que Cuba desearía, pero por debajo de las expectativas que algunos sectores estadounidenses tienen puestas en el proceso. Es, dijo, la lógica misma de cualquier negociación.

Contexto: seis décadas de embargo y una reforma a medio camino

El relato del viceministro se inserta en un marco que se remonta a 1962, cuando Washington formalizó el embargo sobre la isla, endurecido después con la Ley Helms-Burton de 1996. La distensión de 2014 durante el mandato de Barack Obama abrió embajadas y rutas aéreas, pero la administración de Donald Trump revirtió buena parte de esas medidas a partir de 2017 y mantuvo a Cuba en la lista de países que patrocinan el terrorismo. Cualquier anuncio de reforma económica en la isla choca hoy con ese muro normativo, que además tiene un efecto disuasorio sobre terceros países y bancos extranjeros.

La crisis energética descrita en la entrevista no es un episodio aislado: los apagones prolongados se han convertido en un rasgo estructural del día a día cubano, con un parque generador obsoleto, escasez de combustible y una red que se cae con frecuencia. Sobre ese telón de fondo, La Habana presenta sus reformas como la última carta disponible y vincula su éxito a una rebaja de la presión exterior.

Qué significa esto para el lector

Hay tres lecturas posibles. La primera es que el gobierno cubano ha decidido usar los medios internacionales para instalar un relato: la crisis no se resuelve con más sanciones, sino con menos. La segunda es que la administración estadounidense mantiene abiertos canales que no reconoce públicamente, lo que sugiere un espacio de negociación real aunque esté congelado. La tercera, la más incómoda, es que las reformas económicas que La Habana dice estar impulsando dependen de un factor que no controla: la política de Washington.

Para quien sigue la relación bilateral, la entrevista deja un dato relevante: por primera vez en mucho tiempo una autoridad cubana de primer nivel no cierra la puerta, describe el escenario de negociación y admite abiertamente que la población está descontenta. Es retórica, sí, y está construida en beneficio propio. Pero también es una señal de que la isla necesita algo de Washington tan urgentemente como Washington necesita algo de La Habana.

Queda la pregunta de fondo, que nadie responde por ahora: si el objetivo declarado es un cambio profundo en Cuba, ¿qué herramienta piensa usar Estados Unidos para lograrlo — la presión que asfixia a la población o una negociación que ambos bandos dicen estar dispuestos a mantener en secreto?

Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Bloomberg Television en YouTube.

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