Castillos medievales de España: tipologías y cómo reconocerlos

Del castillo roquero de Loarre a la alcazaba de tres anillos, la Península conserva más de 2.500 fortificaciones medievales con funciones y plantas distintas. Aprender a leer su emplazamiento, su promotor y su siglo permite interpretar cada visita.

Al viajero que recorre España se le acaba imponiendo una evidencia incómoda: los castillos no se parecen entre sí. Ni en la planta, ni en el grosor de los muros, ni en el lugar donde fueron levantados. Entre la antigüedad ibérica y la expansión definitiva de la artillería se alzaron en la península más de 2.500 fortificaciones, y prácticamente ninguna respondió a un patrón único. Cada una resolvió un problema concreto —una frontera que se desplazaba, un señor feudal que necesitaba exhibir su poder, un puerto que había que proteger— con los materiales, las técnicas y las prisas de su tiempo.

De ahí el desconcierto que asalta ante cualquier fortaleza. No hay dos iguales, y las diferencias no son caprichosas: responden al lugar de asentamiento, a la función que debían cumplir, al momento de su construcción y a los cambios de uso y de estructura que acumularon con los siglos. Un mismo edificio puede haber nacido como puesto de vigilancia andalusí, haber pasado a manos cristianas, haberse convertido después en residencia señorial y haber terminado sus días como cantera, cuartel o prisión.

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Ordenar ese caos en unas pocas categorías resulta más útil de lo que parece. Permite situar cada castillo en su momento, entender qué se esperaba de él y leer su arquitectura como se lee un documento. Lo que sigue es una propuesta de tipificación en tres ejes —el tiempo, la función y el emplazamiento—, con un cuarto añadido, el del promotor que pagó las obras, y un puñado de indicios prácticos para aplicar todo esto durante la visita.

Tres periodos y una frontera móvil

La implantación del castillo en la península responde a un recorrido histórico muy distinto del de otros países europeos, y se ordena en tres grandes periodos. El primero abarca desde la antigüedad ibérica hasta la ocupación sarracena. El segundo, el decisivo, cubre los ocho siglos de recuperación del territorio peninsular por parte de reinos diversos, con guerras entre ellos y, muy a menudo, dentro de cada uno. El tercero arranca con la unificación en un solo Estado, y coincide con los cambios en el arte de la guerra y con la expansión de la artilleria.

Los antecedentes remotos se rastrean en los poblados íberos, a menudo rodeados de murallas, y en la época romana, donde la fortificación adoptó varias formas: las turres o torres aisladas, los oppida o recintos fortificados, los castra, campamentos con guarnición permanente, y los castellums. Sobre ese sustrato, y tras la irrupción musulmana, se levantó un sistema defensivo nuevo. El periodo medieval conoció una proliferación extraordinaria: se estima que llegaron a existir más de 2.500 fortificaciones en el conjunto de la península.

El motor de esa densidad fue un triple juego de pugnas territoriales. Por un lado, la frontera entre cristianos y musulmanes, que fue desplazándose de norte a sur a lo largo de ocho siglos. Por otro, las fronteras entre los propios reinos cristianos, repartidos entre la cornisa cantábrica y los Pirineos y en competencia constante por el territorio; al norte de los reinos pirenaicos se sumaba además el frente con Francia, una fuente permanente de conflictividad. Y por último, dentro de cada reino, la tensión feudal entre la corona y los señores, y entre las distintas casas nobiliarias, que se disputaban el dominio interno y necesitaban tanto defender sus tierras como demostrar su poder sobre quienes las trabajaban.

En ese contexto geopolítico, el castillo se convirtió en la forma constructiva fundamental. Un edificio que servía a la vez de puesto militar, de instrumento de dominio social y de escaparate del linaje, y que por eso se multiplicó incluso donde no había una amenaza inmediata.

La unificación de los reinos hispánicos durante el reinado de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, con la excepción de Portugal, cambió el panorama pieza a pieza. Desapareció la frontera con Al-Ándalus. Quedaron fijadas las fronteras con Francia y con Portugal. Los territorios de los antiguos reinos se consolidaron y dejaron de ser fuente de conflicto. Los nuevos monarcas avanzaron hacia el modelo absolutista, con una pérdida progresiva de poder de los señores feudales, y la corte se consolidó como centro territorial de poder: para conservar influencia, los nobles trasladaron allí su residencia permanente y el castillo dejó de ser el lugar donde se vivía.

La pólvora hizo el resto. Con la expansión de la artillería y de las armas de fuego, el modelo constructivo se transformó en profundidad y las fortificaciones quedaron vinculadas sobre todo a la defensa de las fronteras con Francia y con Portugal y al extenso frente marítimo. A partir de ahí, el castillo interior dejó de ser una máquina de guerra para convertirse en archivo de sí mismo.

Qué hacía cada castillo

Atendiendo a su función, la clasificación es corta y muy elocuente. Los castillos de frontera son los más antiguos del periodo: se levantan desde el siglo IX en las líneas que separaban a cristianos y musulmanes, y también entre reinos cristianos. Del lado musulmán adoptaron la forma de alcazabas, alquerías, husun —castillos— y torres de vigía. De todo ello quedan pocas muestras, porque a medida que las plazas eran conquistadas se reconvertían al modelo cristiano. Del lado cristiano, la defensa se organizó mediante ciudades fortificadas, castros, castillos y torres.

Los castillos de repoblación y consolidación llegaron después, a medida que la frontera avanzaba hacia el sur, y su misión era asegurar el terreno ganado y ordenar a quienes lo poblaban.

Distinto es el castillo señorial, que asumió un doble papel: mostrar el poder del noble ante los otros nobles con los que competía y, al mismo tiempo, sobre sus propios súbditos. De ahí que sean simultáneamente residencias y herramientas de dominio social. En paralelo surgieron villas organizadas al margen del poder feudal: pueblos y ciudades fortificadas que gestionaban su propia defensa.

En el siglo XII se introdujo la figura de las órdenes militares, que aportaron un modelo propio, el castillo-convento, en el que la vida religiosa y la guarnición compartían recinto.

Y a partir del siglo XV, cuando una ciudad quedó determinada como capital del reino, la nobleza se desplazó a la corte y los castillos evolucionaron hacia palacios, perdiendo su papel militar. Esa transición supuso la transformación parcial de muchos edificios, que hoy se delatan por sus patios, sus galerías y sus ventanas rasgadas donde antes hubo aspilleras.

La consecuencia práctica de todo esto es sencilla: antes de juzgar una fortaleza conviene preguntarse qué se esperaba de ella. Un castillo de frontera y un castillo-palacio pueden compartir sillares y no compartir nada más.

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La alcazaba y sus tres anillos

La alcazaba es, probablemente, el modelo más reconocible del lado andalusí: un recinto amurallado y fortificado dentro de una ciudad hispanomusulmana, formado por tres elementos defensivos claramente diferenciados. El primero es el circuito murado exterior, que protege todo el caserío. El segundo es la propia alcazaba, llamada también almudena o ciudadela, un barrio fortificado que suele ocupar un extremo del recinto amurallado. El tercero es el castillo, que no siempre existe y que, cuando está, se sitúa en general en un extremo de la alcazaba.

La lógica de circulación es lo que mejor explica este diseño. La alcazaba y el castillo tienen salida hacia el exterior y hacia el interior de la ciudad, mientras que el recinto exterior permanece cerrado a la alcazaba. Es decir: sus habitantes podían salir al campo o entrar en la medina, pero la población de la medina no podía entrar en la ciudadela. Ese detalle revela una función doble, la defensa frente al enemigo exterior y la protección de los residentes de la alcazaba frente a posibles conflictos con la población del recinto exterior.

Por su origen, estas construcciones son típicas de los siglos XI y XII. Cuando las alcazabas árabes pasaron a manos cristianas se transformaron, y a menudo se las designó entonces con la palabra alcázar, en el sentido de castillo-palacio o palacio fortificado. El Alcázar de Sevilla es el ejemplo más conocido de esa reconversión, un edificio que ha ido acumulando capas hasta resultar casi inclasificable.

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Para el visitante, la alcazaba ofrece una ventaja: suele conservar el trazado completo, de modo que el recorrido permite reconstruir mentalmente los tres anillos, la puerta que se cierra, el paso que se niega y la altura desde la que se vigila la medina.

Rocas, mesetas y colinas

El emplazamiento es el segundo gran criterio de clasificación, y no es un asunto menor. El poder tiende a manifestar su superioridad situándose en las alturas, por encima del territorio y de las personas. Militarmente, porque domina visualmente el entorno y resulta difícil de tomar. Socialmente, porque su presencia se manifiesta de forma constante y visible. Lo mismo ocurrió con la ubicación de las iglesias, expresión del poder espiritual y, a través de él, del poder social.

Los castillos roqueros se apoyan directamente sobre una gran roca o un risco, y adaptan su forma a las características del terreno, lo que produce plantas irregulares imposibles de repetir. Son los que mejor resisten el minado, esa técnica que consistía en excavar galerías bajo los muros para provocar su hundimiento. En esta familia se encuentran el de Almansa, en Albacete, y el de Peracense, en Teruel, ambos de tipo roquero y a la vez asociados a una colina.

Peracense, de iniciativa real, conserva una torre del homenaje que resume bien la jerarquía interna del recinto. Y en la misma familia roquera está el castillo de Loarre, en Huesca, también de promoción regia, que domina desde su peña el paisaje de la Olla de Huesca y que figura entre las imágenes más reconocibles de la arquitectura militar peninsular.

Los castillos montanos ocupan el final de una meseta, desde donde controlan visualmente un territorio inferior o una extensión amplia de terreno. Tienen, al menos, un lado de fácil accesibilidad, lo que los hace vulnerables por ese flanco y explica la atención que sus constructores prestaron a la puerta principal. El de Mequinenza, en Zaragoza, es un buen ejemplo: se asoma a la confluencia de los ríos Segre, Cinca y Ebro, un punto estratégico que justifica por sí solo su presencia, y es de origen árabe.

Los castillos de colina se sitúan en la cima de un promontorio para defender el territorio circundante. Dentro de esta categoría aparecen los de mota, levantados sobre una elevación de tierra, natural o artificial, en un terreno llano; son más fáciles de minar que los roqueros y, por tanto, más frágiles ante un asedio paciente. Castrojeriz, en Burgos, responde a este tipo. Y Morella, en Castellón, es el ejemplo perfecto de colina y villa con castillo: el conjunto forma un semicírculo y la muralla cierra el recinto, de manera que la fortaleza y el caserío se explican mutuamente.

El emplazamiento nunca fue neutro: quien construía en alto no solo veía más lejos, recordaba además cada día, desde un perfil recortado sobre el cielo, quién mandaba.

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Llanura, ciudad y costa

Los castillos de llanura son, en su mayoría, posteriores: corresponden sobre todo a los siglos XIV y XV, y muchos tienen carácter residencial. Su debilidad natural frente a cualquier atacante explica un rasgo característico, el foso que los rodea para dificultar el asalto. El castillo de Perelada, en Girona, mencionado ya en el siglo IX, ilustra bien el paso de una función defensiva a una vida cortesana en un terreno sin altura que lo proteja.

A esta familia se añaden los castillos urbanos. En numerosos casos el castillo no es un elemento aislado, sino que forma parte de una villa o ciudad fortificada; se alza dentro del caserío para defenderlo o vigilarlo, y su suerte queda ligada a la de la población. El castillo de Peratallada, en Girona, es un modelo claro de castillo de pueblo amurallado con función residencial.

Un caso aparte es el alcázar, entendido como castillo-palacio o palacio fortificado, resultado en muchas ocasiones de la reconversión de una alcazaba musulmana tras la conquista. Es una tipología que mezcla defensa y representación en un mismo edificio.

Por último están los castillos de bahía o de costa, habituales en el siglo XVI, en los que uno de los lados quedaba protegido por el mar. Se construyeron para defender puertos y ciudades costeras, y el de Peñíscola, en Castellón, es el ejemplo más elocuente de castillo de costa asociado a una villa con castillo: la playa, el recinto y la peña forman una única pieza.

Quién levantaba los muros

El cuarto criterio atiende al promotor de la obra, es decir, a quién pagó y por qué. En el periodo medieval conviven dos grandes campos y varios tipos de promotores dentro de cada uno.

Las fortificaciones de origen árabe se construyeron por toda la península. Las vicisitudes históricas hicieron que fueran progresivamente ocupadas por los reinos cristianos, que en la mayoría de los casos las pusieron a su servicio e incorporaron cambios sucesivos adaptados a su cultura y al proceso de evolución funcional, a medida que el edificio perdía su carácter defensivo y pasaba a ser residencial o, simplemente, era abandonado. Las alcazabas ocuparon un lugar central en ese entramado.

Al otro lado de la frontera se alzaron los castillos cristianos, o bien se reconvirtieron los andalusíes. La corona promovió los suyos con criterios de estrategia general, al servicio de una estructura territorial concreta que se fue configurando a lo largo de las sucesivas líneas de avance: primero la frontera del Duero, después la del Tajo. La nobleza, por su parte, construyó castillos señoriales en los que la residencia y el dominio social pesaban tanto como la defensa. Y las órdenes militares aportaron el castillo-convento, un modelo que unía la guarnición y la comunidad religiosa.

Esta distinción tiene consecuencias visibles. Un castillo real tiende a responder a un plan defensivo mayor, con una torre del homenaje de prestigio y una posición elegida por su valor estratégico más que por el gusto de su dueño. Un castillo señorial delata, en cambio, la voluntad de exhibir un linaje: espacios de representación, escudos y, en las fases tardías, comodidades domésticas.

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Murallas que abrazan pueblos

Conviene no olvidar que la defensa de pueblos y ciudades exigió con frecuencia la construcción de murallas que formaban recintos amurallados completos. Un castillo puede estar vinculado al dominio de un territorio, pero para funcionar necesita de una población que realice las actividades económicas, administrativas o militares. Alojar a esa población junto al castillo obligaba a protegerla, de modo que nació el recinto amurallado, en el que la fortaleza ocupa generalmente uno de sus lados.

Las murallas cumplían además una función de refugio: en caso de ataque servían para acoger a los campesinos del entorno y a sus animales, que quedaban así fuera del alcance de las partidas enemigas. Esa doble naturaleza, residencial y de emergencia, explica que muchas villas conserven hoy un trazado cerrado y reconocible, casi dibujado en planta.

Morella y Peratallada vuelven a servir de ejemplo: en la primera, el conjunto de castillo y villa dibuja un semicírculo y la muralla cierra el recinto; en la segunda, el castillo se integra en un pueblo amurallado con función residencial. En ambos casos, el pueblo no es el decorado del castillo, sino parte de su sistema defensivo.

Cómo leer un castillo en la visita

Con estas categorías en la cabeza, la visita cambia de registro. En lugar de recorrer un monumento, se recorre una decisión. Bastan cuatro preguntas, y la mayoría de las respuestas están a la vista sin necesidad de guía.

La primera es dónde está. Si el castillo se apoya sobre una roca, si cierra el final de una meseta, si corona una colina o si se extiende en un llano rodeado de foso, el emplazamiento ya informa sobre la época y sobre los recursos de quien lo mandó construir. La roca habla de defensa natural y de minado difícil; la meseta, de control visual; la llanura y el foso, de tiempos tardíos y de otra manera de hacer la guerra.

La segunda es para qué servía. Un castillo de frontera se entiende mirando el horizonte y las líneas de avance; un castillo señorial, mirando la torre del homenaje, el patio y la puerta, que no están pensados para resistir un asedio largo sino para impresionar a quien llega. Si el recinto incluye dependencias religiosas notables, la hipótesis del castillo-convento gana enteros. Si aparecen galerías, ventanas amplias y estancias de recreo, se está ante una fase tardía, ya más palaciega que militar.

La tercera es quién lo levantó y cuándo. La corona, la nobleza y las órdenes militares dejaron huellas distintas en la piedra, y los siglos añadieron capas: a medida que la frontera avanzaba, las plazas ganadas se reconvertían y sus estructuras se adaptaban a las necesidades del momento. Encontrar dos fábricas diferentes en un mismo muro no es un defecto de restauración, sino un capítulo de la biografía del edificio.

La cuarta es qué le pasó después. Cuando la corte se convirtió en el centro del poder y la artillería volvió inútiles los muros altos y delgados, muchos castillos dejaron de ser residencia habitual y se transformaron en palacios, en almacenes, en cuarteles o, sencillamente, en canteras de las que se surtieron las obras del pueblo. Reconocer esas cicatrices permite entender por qué un castillo de aspecto inacabado puede ser, en realidad, un edificio demasiado reformado.

Al final, la tipología sirve para lo que sirve cualquier buena clasificación: para mirar mejor. Un castillo roquero y una alcazaba de tres anillos pueden estar hechos con la misma piedra y responder, sin embargo, a dos maneras opuestas de entender el poder, el territorio y la vida. Saber cuál es cuál convierte el paseo por una fortaleza en la lectura de un argumento que lleva ocho siglos escrito en los muros, y que sigue explicando la forma de los pueblos que crecieron a su sombra.


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