Marc Vidal desmonta las 3 mentiras de la inteligencia artificial: tu empresa aún no gana productividad

El divulgador repasa los tres relatos que sostienen la fiebre de la IA: la AGI inminente, el acceso universal y la promesa de riqueza. Frente a ellos, los datos de productividad y la letra pequeña de las suscripciones.

Marc Vidal abre su último análisis con un ejemplo que parece menor y no lo es. Pregúntale a un modelo de inteligencia artificial cuánto costaba el metro de Barcelona en los años ochenta y responderá en dos segundos, con una cifra concreta y un tono de certeza que asusta. El error, sostiene, es confundir acertar con saber, saber con comprender y comprender con pensar.

Detrás de esa respuesta no hay nadie que recuerde nada. Hay un sistema estadístico descomunal que busca entre terabytes de texto escrito por personas la secuencia de palabras más probable. Sobre esa confusión se ha levantado, en apenas tres años, un relato completo del futuro: profetas, cifras redondas, fechas de llegada y una coartada que casi nadie comprueba.

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Predecir no es comprender: el loro estocástico

Vidal insiste en que no es un tecnicismo. Los sistemas que llamamos inteligencia artificial convierten el texto en números, los pasan por miles de millones de operaciones organizadas en capas y devuelven la salida más probable. En ningún punto se enciende una luz interior. La lingüista Emily Bender acuñó la metáfora que él considera más potente: loros estocásticos, máquinas que reproducen patrones con una sofisticación tal que el resultado se parece mucho a la comprensión.

Su comparación es la del mapa perfecto de Madrid. Puedes trazar cualquier ruta sobre él, pero no tiene calles reales, tiene representaciones de calles, y no sabe lo que se siente una tarde paseando por el Retiro. Lo mismo con un libro de recetas extraordinario: describe sabores con más precisión que la mayoría de los humanos y sigue sin saber qué es dulce y qué es salado. Nadie confunde el mapa con la ciudad, dice, pero llevamos tres años cometiendo ese error a escala industrial.

Primera mentira: la AGI llega pasado mañana

El primer mito es el de la inteligencia artificial general inminente, esa que igualaría al ser humano en casi cualquier tarea cognitiva. En febrero de 2025, treinta investigadores de Google DeepMind firmaron un informe sobre sus riesgos que partía de una premisa llamativa: antes de que acabe esta decada existiría un sistema capaz de rendir mejor que el 99% de los adultos cualificados en tareas no físicas. Vidal deja la pregunta en el aire: quién firma eso y para quién trabaja. Su lectura es que advertir del peligro desde dentro también es participar en el diseño de las reglas.

Fuera del perímetro corporativo, el panorama cambia. La Asociación para el Avance de la Inteligencia Artificial encuestó a 475 académicos y profesionales de todo el mundo: el 76% de los académicos considera improbable o muy improbable que escalar los enfoques actuales conduzca hasta ahí. El catedrático Senén Barro lo resume con una analogía que Vidal califica de excelente: sabemos cómo llevar personas a Marte aunque hoy no podamos, pero hacia la AGI ni siquiera conocemos el camino.

Los que más saben no creen que la inteligencia artificial general vaya a llegar ahí, pero no salen en ningún sitio. Piénsalo y piensa mal, que probablemente acertarás.

— Marc Vidal

Vidal trae además una conversación con Jensen Huang, consejero delegado de Nvidia, sobre por qué algunos directivos piden más regulación. Para Huang, las leyes existentes ya cubren ciberseguridad, responsabilidad de producto y contratos, y lo que hay detrás del relato apocalíptico es otra cosa.

Segunda mentira: esto va a ser para todos

El relato de la inteligencia consciente e inminente lo sostienen, sobre todo, quienes tienen intereses comerciales en él. Mientras la conversación mira al futuro metafísico, el contador gira. Nick Turley, responsable de producto de OpenAI, dijo que los planes de acceso ilimitado se parecen a la electricidad ilimitada y que eso no puede existir para siempre. Hace tres años el mercado era casi binario: gratis o veinte al mes. Hoy es una pirámide de varios pisos.

OpenAI maneja seis niveles de suscripción, con plan gratuito que desde febrero incluye publicidad en Estados Unidos y escalones de 8, 20, 100 y 200 dólares. Google AI Ultra ronda los 250 y la versión Max de Anthropic se sitúa en 200. Lo que se compra al subir de escalón es capacidad de trabajo: el plan más caro ofrece veinte veces más uso de las herramientas avanzadas que el estándar.

Con los agentes, la factura cambia de orden de magnitud. Un agente no responde preguntas: ejecuta tareas durante horas, encadena herramientas, razona sobre resultados y vuelve a empezar. Los datos del sector que cita Vidal hablan de entre 1.000 y 5.000 dólares mensuales en despliegues de empresas medianas, con el 70% del gasto solo en tokens. Y hay un problema que los proveedores prefieren no subrayar: el mismo agente haciendo la misma tarea puede consumir diez veces más en un ciclo que en otro. La factura de los agentes no se puede calcular de antemano.

La consecuencia social aparece también en su argumentación. Un estudio de la Universidad de Hong Kong documenta que quienes tienen más recursos no solo acceden más a la IA avanzada, sino que saben integrarla en flujos de trabajo reales, y Naciones Unidas ha registrado el mismo patrón a escala global. La brecha de precio y la de competencia se refuerzan entre sí.

Tercera mentira: esto va a hacerte rico

Aquí llega el mantra que más circula: la inteligencia artificial creará más millonarios que ninguna tecnología anterior. Vidal responde con Robert Solow y su frase de 1987, la de que la era de los ordenadores se veía en todas partes menos en las estadísticas de productividad. La inversión era colosal y la productividad estadounidense había caído del 2,9% al 1,1%. La paradoja de Solow tardó dos décadas en resolverse.

El dato que más pesa es un trabajo del National Bureau of Economic Research publicado en febrero de este año, con encuestas a casi 60.000 operadores de cuatro países: más del 80% de las empresas no ha registrado ningún impacto de la IA en su productividad ni en su empleo en los últimos tres años. Daron Acemoglu estima desde el MIT que el efecto real podría rondar medio punto en una década, nada despreciable y bastante decepcionante frente a lo que promete la industria.

El reparto es la otra mitad del relato. A finales de 2025, cinco empresas sostenían el 30% del S&P 500, la mayor concentración en medio siglo, y el crecimiento se alimenta de financiación circular: Microsoft invierte en OpenAI, que gasta en la nube; Amazon lidera una ronda de Anthropic y después cobra los servidores. El circuito infla las métricas sin que exista necesariamente demanda final proporcional.

Los tres mitos tienen el mismo dueño

Las tres afirmaciones se sostienen unas a otras, según Vidal. La primera coloca el debate en el terreno metafísico y aleja el foco de los balances. La segunda ensancha la adopción masiva mientras se construye la escalera de precios que decidirá quién trabaja de verdad con la herramienta. La tercera mueve el dinero minorista hacia donde ya está el institucional. Las tres apuntan al mismo puñado de actores.

Recupera a Francis Bacon para cerrar la idea: el conocimiento es poder, pero en el siglo XXI el poder está en quien define qué se considera conocimiento, qué es urgente y qué hay que temer. Los laboratorios que controlan los modelos más avanzados no son solo empresas tecnológicas, son actores capaces de moldear el imaginario colectivo. Su ejemplo: Meta presentó sus últimos modelos y uno saltó al segundo puesto de las clasificaciones, pero la versión que competía estaba entrenada para superar esas pruebas y no era la que usa cualquiera. Una versión de feria.

Qué significa esto para quien tiene una empresa

Nada de lo anterior convierte la herramienta en algo desdeñable. Vidal lo dice con claridad: traduce, resume, programa, analiza y compara a una velocidad que ningún humano iguala, y usarla bien sigue siendo una ventaja real. Él mismo la implementa en su trabajo diario. La oportunidad, sin embargo, no está donde la venden: está en aplicarla a un contexto concreto, automatizar lo que hoy consume horas y ocupar nichos que nadie mira porque todo el mundo está pendiente de la cotización del fabricante de chips.

Su propuesta final es casi un método de lectura crítica. Cada vez que leas que la AGI está a cinco años, que acabará con la humanidad o que quien no suba al tren se queda fuera para siempre, pregúntate quién lo firma y qué gana firmándolo. Deja una última pieza sobre la metáfora de la electricidad: la electricidad es también un servicio con tarifas, operadores de último recurso y protecciones para el consumidor vulnerable. Alguien decidió en algún momento que el acceso a la energía afectaba a la estructura básica de la vida económica y social. Esa conversación sobre la inteligencia artificial todavía no la está teniendo nadie con la urgencia que merece.

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Dentro de diez años no recordarás el titular que te empujó a creer que todo era exactamente como te lo contaban. Recordarás si pensaste por tu cuenta o pensaste con lo que te decían.


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