Marc Vidal avisa: el dinero programable y el euro digital llegan en 2027

Marc Vidal sostiene que la primera mitad de 2027 marcará el salto al dinero programable: depósitos tokenizados, stablecoins que financian la deuda americana y un euro digital cuyas reglas aún se negocian. La tecnología ya está construida; falta decidir quién la usa y con qué lími

Imagina que cobras la nómina y el dinero llega con instrucciones: vale para el supermercado, no vale para gasolina, y lo que no gastes antes de fin de año se esfuma. Nada de eso está aprobado todavía. Pero la tecnología ya existe y, según Marc Vidal, los cuatro mayores bancos de Estados Unidos construyen ya la red que lo convertirá en rutina. La fecha que pone sobre la mesa es la primera mitad de 2027.

El dinero que lleva las normas dentro

Vidal arranca con un billete de veinte euros. No sabe quién eres, no sabe en qué lo vas a gastar, no caduca y no le cuenta nada a nadie. Esa discreción define al dinero moderno mejor que el papel o el metal, y ya la describió Georg Simmel en 1900: el dinero es un medio puro, un instrumento sin ningún fin escrito dentro, y precisamente por eso nos hizo más libres. Quien te paga pierde el control de lo que haces después. Ciento veintiséis años después esa propiedad está a punto de dejar de venir de serie. No la va a prohibir nadie: lo que cambia es el soporte, y en el soporte nuevo la indiferencia hay que programarla. Todo lo que se programa de una manera se puede programar de otra. Eso sí, avisa el presentador, no habrá imposición: te lo pondrán tan cómodo que lo pedirás tú mismo.

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Washington necesita compradores para su deuda

¿Por qué tanta prisa después de cuarenta años moviendo dinero electrónico sin reinventar nada? Porque hay un Estado que necesita compradores. Estados Unidos debe algo más de cuarenta billones de dólares y solo los intereses superan el billón anual, por encima de todo su presupuesto de defensa. El 17 de agosto el bono a treinta años cerró en el 5,31%, el nivel más alto en diecinueve años, y dos días después el Tesoro anunció que doblaba las recompras de deuda larga. Para Vidal no es un plan maestro: es apagar un fuego con lo que hay a mano.

Ahí entra la ley de la que, dice, casi nadie ha hablado en español. El 18 de julio de 2025 se aprobó en Washington el GENIUS Act, el primer marco federal para las monedas estables. Impone dos reglas: cada token debe estar respaldado uno a uno por efectivo o letras del Tesoro a corto plazo, y el emisor tiene prohibido pagar intereses al tenedor. Junta las dos y todo emisor de dólares digitales se convierte por ley en comprador de deuda estadounidense: coge tu dólar, compra una letra al 3,7% y se queda el cupón entero. Tú no cobras nada.

Las cifras matizan el relato. Tether acumula unos 141.000 millones de exposición al Tesoro, por delante de Alemania. Pero el mercado entero de monedas estables ronda los 320.000 millones: en torno al 4% de las letras en circulación y menos del 1% de la deuda negociada. Es un comprador nuevo y muy agradecido. Para salvavidas le faltan varios ceros.

El mercado de stablecoins es un comprador nuevo y fiel de deuda americana, pero para salvavidas le faltan varios ceros.

— Marc Vidal

Cuatro bancos y una fecha: 2027

Para lo que sí da es para asustar a la banca. La cuenta es sencilla: si tu dinero sale de la cuenta corriente y entra en un token emitido por una tecnológica, deja de estar en el balance del banco, y un banco sin depósitos no puede prestar. El responsable de pagos globales de Bank of America reconoció en público que los clientes no lo estaban pidiendo. La reacción del sector fue la de siempre: fabricar su propia versión antes de que se la fabriquen.

JPMorgan lanzó en 2025 su token de depósito, Citi montó liquidación permanente las veinticuatro horas, y en junio de este año se supo que JPMorgan, Citi, Bank of America y Wells Fargo, junto a más de una docena de entidades, levantan una red compartida a través de The Clearing House. La fecha objetivo es la que Vidal había pedido guardar: la primera mitad de 2027. Lo que construyen se llama depósitos tokenizados, jurídicamente un depósito de siempre con la misma cobertura del fondo de garantía; solo cambia el registro donde apunta. Ahora bien, quienes mueven las piezas ni se hablan: el jefe de JPMorgan rechaza las cláusulas de rendimiento de la ley cripto en tramitación, la patronal bancaria intenta frenarla y los emisores acusan a los bancos de proteccionismo. Si esto es un cártel, ironiza, es el peor de la historia. Lo que hay es una pelea a cuchillo por seis billones en depósitos con el Tesoro de árbitro.

El ticket restaurante que explicó el futuro en 1962

Y aquí Vidal viaja a Francia. En 1962 el empresario Jacques Borel, el mismo que un año antes había traído la hamburguesa a París, lanzó un invento bautizado como título restaurante; en 1967 el Estado lo convirtió en ley. Sus reglas actuales son quirúrgicas: días laborables, hasta 25 euros diarios, solo comida, solo en establecimientos adheridos, sin devolución de cambio y con caducidad. Un domingo cualquiera, ese ticket tiene el mismo poder que un posavasos. Eso ya es dinero programado, con las instrucciones dentro. Y no lo inventó un banco central, sino alguien que quería vender más menús aprovechando una ventaja fiscal. Nadie protestó porque el trato convenía.

La diferencia con lo que viene es que antes esas condiciones eran marginales y de papel. Ahora dejan de ser letra pequeña y pasan a ser código que se ejecuta solo, sin camarero que haga la vista gorda. El economista Hyman Minsky lo dejó escrito en 1986: cualquiera puede crear dinero, el problema es conseguir que te lo acepten. El ticket lo resolvió con una ventaja fiscal. Los depósitos tokenizados, con algo más eficaz: que no te enteres.

El euro digital y las tres preguntas abiertas

En Europa el calendario esta siguiendo otro ritmo. El Banco Central Europeo ya ha comprometido más de 1.100 millones de euros en licitaciones de plataforma y el pasado 3 de septiembre publicó un informe de avance centrado en las tres cuestiones que de verdad importan: pago sin conexión, privacidad y límites de tenencia. Que esas tres sigan abiertas es, para Vidal, la noticia, porque ahí se decide si el euro digital se parecerá a un billete o a un ticket restaurante, si podrás pagar sin cobertura como pagas con una moneda y cuánto podrás guardar antes de que el sistema diga que ya es suficiente. Esa decisión no corresponde a un consorcio privado en una sala de juntas, sino a legisladores que responden ante los ciudadanos. Y llegar tarde tiene una ventaja: se puede mirar lo que ha hecho el otro y decidir no copiarlo.

Primero lo bueno, y después el coste invisible

El presentador insiste en un matiz que evita el alarmismo. Nada de esto requiere mala fe. Los primeros usos serán estupendos y por eso funcionarán: una subvención agrícola que solo pueda gastarse en insumos y que llegue en horas, una ayuda de emergencia que aterrice el mismo día de la inundación, o un pago que se libera solo cuando llega la mercancía y que acabaría con la morosidad que asfixia a las pymes. Esa es la cara deseable de la programabilidad y llegará antes que cualquier abuso.

La lectura incómoda viene después. Por cada 10.000 dólares aparcados en un token, unos 370 al año se los queda otro: un coste calculable y visible. El problema es el que no sale en ningún recibo. El día que la norma viaja dentro de la unidad monetaria desaparece la ventanilla, y con ella el empleado al que reclamar, el juez al que recurrir y el papel que enseñar. En un dinero programable nadie aplica la regla, porque la regla se aplica sola. Tu operación no se deniega: sencillamente no existe. Y contra algo que no existe no hay expediente que recurrir.

Todo el asunto cabe, según Vidal, en una pregunta de cinco palabras que conviene hacerle a cualquier dinero nuevo antes de adoptarlo: ¿en qué lo gasto? El mecanismo está a la vista. Washington consigue compradores para su deuda, los emisores se quedan el cupón del dólar ajeno y los bancos blindan sus depósitos poniéndoles un motor programable. Nadie lo diseñó contra ti. Se está construyendo por deuda, por competencia y por prisa, y a los tres les conviene que siga así.

La fecha, en cualquier caso, no es el día en que alguien apagará tu tarjeta. Es el momento en que la capacidad de poner condiciones al dinero deja de vivir en el banco y pasa a vivir dentro del propio dinero. La pregunta es si, cuando llegue, quedará alguien al otro lado del mostrador a quien preguntar. Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Marc Vidal en YouTube.

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