Una naturaleza muerta del siglo XVII que llevaba décadas durmiendo en los almacenes del Museo Nacional de Noruega ha emergido con una autoría que transforma su valor. La pieza, hasta ahora anónima, ha sido reatribuida a Clara Peeters, una de las maestras flamencas más cotizadas del Barroco. El descubrimiento, liderado por la conservadora Cynthia Osiecki, suma la obra número 40 al exigente catálogo de la pintora y abre un nuevo capítulo para el coleccionismo de mujeres artistas del periodo.
La pintura, Still Life with Small Game and Grapes on a Gilded Tazza (ca. 1620), se atribuyó en algún momento a Ambrosius Brueghel, hijo de Jan Brueghel el Viejo. Pero esa asignación se retiró a comienzos del siglo XX y la tela quedó relegada al limbo de los anónimos. Osiecki, especialista en arte moderno temprano, reparó en ella durante una revisión de fondos hace varios años. Los indicios que la llevaron hasta Peeters son tan técnicos como fascinantes: el panel de madera procede del mismo suministrador que empleó la artista en otras obras, la copa dorada o tazza reproduce modelos presentes en sus bodegones y la manera de representar las aves, las uvas y las avellanas delata su mano.
El hallazgo: de Ambrosius Brueghel a Clara Peeters en un reflejo minúsculo
La prueba definitiva resultó ser un detalle casi invisible: un autorretrato camuflado en el reflejo de una de las uvas. Clara Peeters acostumbró a esconder su silueta en las superficies pulidas que retrataba. Este recurso ya se había documentado en la jarra de Still Life with Cheese, Almonds and Pretzels (Mauritshuis, La Haya) o en la copa dorada de Still Life with Flowers, Gilt Goblets, Coins and Shells (Museo del Prado). El hallazgo confirma una autoría que había sido ignorada durante más de un siglo y eleva a 40 el número total de obras reconocidas de la pintora.
La reatribución se produce en vísperas de la exposición ‘Woman Painter’, que el Museo Nacional de Noruega inaugurará el próximo 8 de octubre y que permanecerá abierta hasta el 7 de febrero de 2027. La muestra reúne a otras maestras del Barroco como Sofonisba Anguissola, Lavinia Fontana, Artemisia Gentileschi o Michaelina Wautier, muchas de las cuales han visto cómo sus cotizaciones se disparaban a medida que las grandes pinacotecas les han devuelto el lugar que el siglo XX les había negado.
El mercado del arte viejo maestro no perdona el olvido histórico, pero recompensa con creces la corrección del canon.
Mercado de las maestras flamencas: de la infravaloración a la institucionalización
El segmento de las artistas de los siglos XVI y XVII ha vivido una transformación silenciosa pero profunda en la última década. En 2018, un autorretrato de Artemisia Gentileschi alcanzó 4,6 millones de euros en Christie’s, y en 2024 una Magdalena de la misma autora rozó los 2,3 millones en Sotheby’s. Las obras de Peeters, más escasas y casi siempre en colecciones institucionales, apenas aparecen en subasta; cuando lo hacen, los precios se sitúan entre 300.000 y 700.000 euros, aunque la última venta pública data de 2019. La entrada de un nuevo lienzo en el catálogo de la pintora —avalada por la autoridad de un museo nacional— tiene el potencial de redefinir ese rango de valoración al alza.
A diferencia del mercado de contemporáneo, donde la autenticación depende a menudo de comités y expertises privadas, el respaldo curatorial de una institución como el Museo Nacional de Noruega otorga una seguridad jurídica que los grandes patrimonios valoran en extremo. La presentación pública en la muestra ‘Woman Painter’ funcionará, además, como una plataforma de validación que los coleccionistas institucionales siguen con lupa.
El filtro del arte como activo financiero: liquidez, escasez y género
Llevo años analizando cómo se comportan los activos alternativos en ciclos de incertidumbre y pocas veces he visto una desconexión tan acusada como la que existe entre la calidad artística de las maestras flamencas y su precio de mercado. La infravaloración histórica responde a un sesgo de género que las casas de subastas y las ferias están empezando a corregir, pero el ritmo de reajuste es aún lento porque la oferta es minúscula. De las cuarenta pinturas de Peeters, la mayoría permanece en museos, y solo media docena ha pasado por salas de venta en los últimos veinte años. Eso convierte a cada obra en un bien extremadamente ilíquido, pero también en un refugio cuya escasez puede actuar como multiplicador de precio cuando el interés institucional se dispara.
El precedente de Artemisia Gentileschi resulta instructivo. Entre 2012 y 2022, su índice de precios en subasta casi se triplicó, espoleado por grandes exposiciones monográficas en Londres, Milán y Nueva York. El patrón podría repetirse con Peeters si la muestra de Oslo genera la tracción académica y mediática que cabe esperar. Sin embargo, la inversión en una maestra flamenca requiere un horizonte temporal de al menos cinco años y una tolerancia muy baja a la necesidad de liquidez inmediata. No es un activo para quien quiera vender en doce meses; es una apuesta de preservación de capital con un potencial de revalorización asimétrico, sustentada en la progresiva incorporación de las mujeres artistas al canon oficial.
La escasez de obras de Clara Peeters convierte cada nueva atribución en un catalizador de valor para un segmento que el mercado todavía está aprendiendo a ponderar.
💎 Veredicto Wealth
La reatribución a Clara Peeters refuerza el atractivo de las maestras flamencas como activo de revalorización agresiva a medio plazo, siempre que el inversor asuma la iliquidez inherente a un catálogo de apenas 40 obras. El horizonte recomendado supera los cinco años y la clave estará en seguir la acogida institucional que ‘Woman Painter’ coseche a partir de octubre.




