No hay día sin que surja un nuevo manifiesto contra los superricos. El hartazgo social con los multimillonarios es evidente, y parece que cualquier fortuna de nueve ceros levanta sospechas por defecto. Sin embargo, el último análisis del canal The Economist me ha obligado a detenerme: ¿y si la mitad de ese enfado está mal dirigido? El semanario británico desmenuza el origen de la riqueza de los más acaudalados del planeta y concluye que cada vez pesan más quienes han creado valor real frente a los que viven de contactos políticos. Una distinción incómoda que agita el debate sobre si los impuestos al patrimonio deben aplicarse a todos por igual.
Los dos perfiles del billonario: rentista o emprendedor
Para poner orden, The Economist separa a los billonarios en dos grandes bloques. En el primer cajón mete a quienes han hecho su fortuna en sectores donde los favores políticos son casi una licencia para operar: minería, recursos naturales, casinos… y también a los herederos. Lo llaman “riqueza no competitiva”, la del oligarca postsoviético o el heredero que jamás innovó. En el otro, la “riqueza competitiva”: emprendedores que levantaron negocios que la gente valora, que generan millones de empleos o que sencillamente crean productos que el mundo demanda. Aquí entran desde Taylor Swift hasta el fundador de Uniqlo.
¿De dónde sale el ‘billón’ competitivo?
La sorpresa no es que existan emprendedores multimillonarios, sino que su peso relativo sobre el total de grandes fortunas no para de crecer. Y no es un fenómeno achacable únicamente a Silicon Valley. De hecho, la cuota tecnológica de la riqueza billonaria es hoy algo más baja que a principios de los 2000. El estudio identifica focos muy diversos: finanzas, entretenimiento (música, deporte) y también cadenas de comida rápida como Panda Express o el imperio del takeaway asiático. La lista de billonarios competitivos es mucho más amplia de lo que sugiere el relato tecnológico.
China, mercados alcistas y el ‘efecto smartphone’
¿Por qué esta eclosión de billonarios hechos a sí mismos? El canal apunta a tres motores. Primero, el imparable crecimiento de China en los últimos 25 años, que ha disparado el consumo y ha creado fortunas en sectores como el retail, la logística o la alimentación, mucho más allá de la tecnología. Segundo, los mercados financieros estadounidenses no han dejado de subir; muchos fundadores tecnológicos de los 80 y 90 son ahora muchísimo más ricos simplemente porque sus empresas valen más. Y tercero, la explosión del internet móvil desde mediados de la década de 2010. El smartphone permitió escalar ideas a velocidad de vértigo: Spotify, ByteDance o Stripe pasaron de cero a cien en muy pocos años.
Con estos mimbres, la fotografía general es nítida. Las formas más rancias de acumulación —los oligarcas postsoviéticos— han visto menguar su riqueza un 20% desde el pico de finales de los 2000. El verdadero motor del club de los superricos es hoy la creación de valor competitivo. La transición no ha sido anecdótica: según el estudio, el peso de los billonarios no competitivos sobre el total de grandes fortunas se ha reducido de forma sostenida, mientras que el de los emprendedores genuinos se ha disparado a partir de 2015. Es en ese punto donde el debate fiscal se vuelve resbaladizo.
La riqueza competitiva se ha vuelto mucho más importante con el tiempo, y la no competitiva pesa cada vez menos.
— The Economist
La gran pregunta: ¿es más justo un impuesto al patrimonio si el rico es emprendedor?
Aquí llega la parte más incómoda para los defensores de un impuesto a las grandes fortunas sin matices. The Economist reconoce que las formas más sórdidas de acumulación —los oligarcas postsoviéticos— han perdido fuelle: su riqueza es hoy un 20% inferior a su pico de finales de los 2000. Respecto a si los billonarios pagan lo que deben, el análisis es prudente. En Estados Unidos, los que están en el top 400-500 de patrimonio tributan a un tipo efectivo del 45-50% sobre su renta. No es un cheque en blanco moral, pero el argumento de que los superricos apenas contribuyen pierde algo de fuerza en ese segmento.
Ahora bien, el verdadero giro llega con la cuestión del impuesto al patrimonio. Si el dinero del billonario procede de favores políticos, la confiscación parece justicia. Pero si hablamos de un Lionel Messi o del dueño de una franquicia de comida asiática que mejora el barrio, el coste económico de que se marchen se vuelve tangible. El fútbol empeora, los restaurantes cierran y, en el caso de los empresarios genuinamente innovadores, se pierde el motor de empleo e inversión. En un mundo donde las fortunas emprendedoras pueden mudarse con un clic, la amenaza de fuga de talento es real. Por eso The Economist sugiere que el argumento a favor de un wealth tax se debilita cuando la riqueza es de origen competitivo.
Implicaciones para el debate público
Como redactor que lleva años cubriendo desigualdad, esta pieza me obliga a afinar la puntería. No se trata de blanquear fortunas desmesuradas, sino de distinguir entre quien amasa millones jugando con las reglas y quien los genera sirviendo al mercado. La distinción abre una brecha en los discursos que mezclan a todos los millonarios en el mismo saco. Si el objetivo es una fiscalidad más justa, quizá el foco debería afilarse: perseguir con más ahínco a los rentistas y ofrecer un entorno competitivo que no expulse a los creadores de valor. El impuesto al patrimonio, tal como se debate en Europa, necesita esta capa de matiz. De lo contrario, corremos el riesgo de perder a los pocos billonarios que realmente mejoran la vida de la gente. El reto no es sencillo, pero el análisis de The Economist al menos deja claro que ignorar la diferencia entre ambos perfiles es un error costoso.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de The Economist en YouTube.





