Mientras Gianni Infantino se plantea vender una participación de la Copa del Mundo, las grandes plataformas de streaming y cadenas de televisión han iniciado la puja para transmitir las dos próximas ediciones del torneo. Entre los principales candidatos para hacerse con los derechos de retransmisión se encuentran los mayores gigantes del sector mundial, como Disney, YouTube —que ya se ha adjudicado los premios Óscar— o Netflix.
La apuesta de Netflix por hacerse con los derechos del Mundial representa un cambio clave en la operativa de la plataforma. Aunque progresivamente ha dado más espacio al entretenimiento en directo, siempre lo ha hecho a través de formatos sobre los que mantenía el control de producción, ya fuera su propio Slam de tenis, los eventos de la WWE o los grandes combates de boxeo. Sin embargo, los récords de audiencia del torneo de la FIFA, sumados a las nuevas pausas publicitarias promovidas por Infantino, convierten al campeonato en un activo de enorme atractivo.
El dato resulta relevante precisamente por el giro estratégico que simboliza en el acercamiento de Netflix a los nuevos formatos. Y es que, en función de la presión que ejerzan sus competidores, los derechos de emisión en streaming del torneo podrían situarse entre los 1 000 millones y los 3 000 millones de dólares. Se trata de un desembolso muy superior a lo invertido hasta la fecha por la compañía en su producción más costosa, la película El estado eléctrico, cuyo presupuesto rondó los 320 millones de dólares.

Cierto es que la FIFA y Netflix estrenarán su alianza antes del torneo masculino que compartirán España, Portugal y Marruecos en 2030. El gigante del streaming ya ha adquirido los derechos para Norteamérica del Mundial femenino, que se celebrará el año que viene; si la relación entre ambas partes fructifica, la compañía partiría como favorita en la puja por el gran torneo internacional.
El deporte en directo y la factura publicitaria
Uno de los factores que hace tan deseable el Mundial es el cambio de postura que ha experimentado Netflix respecto a la publicidad. El propio consejero delegado del grupo, Ted Sarandos, ha insistido desde el año pasado en que el objetivo prioritario para sostener el crecimiento no pasa necesariamente por aumentar el volumen de usuarios —una meta cada vez más compleja—, sino por elevar el valor medio generado por cada suscriptor.
Por ello, los eventos en directo han cobrado una importancia estratégica en su plan a corto plazo. La plataforma ha comprobado cómo el Mundial registraba algunas de las mayores audiencias de la historia de la televisión estadounidense, superando los 62 millones de espectadores solo en la emisión en abierto, sin computar el consumo en streaming. Esta cifra rebasa el impacto de las finales de la NBA o de la MLB, aunque continúe por debajo de los registros de la Super Bowl.
Al mismo tiempo, el alcance global del torneo —cuyas cifras oficiales completas aún no han sido detalladas por la FIFA— convierte la final del Mundial en el evento más codiciado por las cadenas del planeta. El caso de España es un claro ejemplo: los más de 16 millones de espectadores que sintonizaron la última final en el país la convierten en la segunda emisión más vista de la historia, solo superada por la tanda de penaltis ante Portugal en la Eurocopa de 2012.
Netflix y su cambio de estrategia
Los deportes en directo han sido durante años un terreno objeto de dudas para Netflix. A pesar de haber constituido un pilar fundamental de la televisión tradicional desde sus orígenes, encajaban con dificultad en la filosofía inicial de la plataforma, orientada a que el usuario consumiera el contenido dónde, cómo y cuándo quisiera, una premisa incompatible por definición con la emisión en directo.

Sin embargo, a raíz de la introducción de los planes con anuncios, la presencia de eventos en vivo no ha dejado de crecer. El catálogo ya no se limita al deporte, pues la compañía ha alcanzado acuerdos con Spotify para la producción de eventos musicales en directo. Con todo, destinar una inversión multimillonaria a retransmitir el Mundial —un evento en el que no controla la producción, los horarios ni el desenlace deportivo— supone una ruptura radical con su modelo histórico.
En la compañía han pesado los precedentes de éxito de la competencia, como la retransmisión de fútbol europeo por parte de Disney+ en el continente americano, los acuerdos de Amazon Prime Video con la NBA o la cobertura de los Juegos Olímpicos en Max. Ahora, la clave residirá en verificar si la plataforma es capaz de imponerse en la puja de la FIFA y comprobar el rendimiento operativo del Mundial femenino del próximo año.




