El sur de Europa arde. Mientras las temperaturas superan los 40 grados y la vegetación se convierte en yesca, los incendios forestales vuelven a golpear con una fuerza que desborda los operativos de extinción. En su último análisis emitido en julio de 2026, DW Español ha reunido a un experto y a una periodista sobre el terreno para entender por qué, a pesar de los avances, estos fuegos siguen fuera de control. El catedrático Artemi Cerdà y la corresponsal Diana Jón desgranan las causas estructurales que convierten cada verano en una batalla desigual.
Francia: llamas que se niegan a ceder bajo la canícula
En el suroeste del país, las autoridades mantienen la alerta máxima. Diana Jón, desde París, explicó que los focos principales se concentran en Burdeos, la región de Var e incluso Córcega. Aunque se ha trabajado toda la noche en la creación de cortafuegos, las llamas siguen avanzando hacia la ciudad de Burdeos. No hay orden de evacuación, pero la situación es tan volátil que las autoridades no descartan ninguna medida. “El principal riesgo no es solo que el fuego alcance a la población”, apuntó la periodista, “el humo y la calidad del aire ya son peligrosos para quienes habitan en las inmediaciones”.
Por primera vez en la historia de estos episodios, Francia ha desplegado aviones militares para colaborar con los más de 1.500 bomberos y 1.000 efectivos del ejército que luchan en el terreno. Las investigaciones abiertas apuntan a una negligencia humana: un coche averiado cerca de una zona boscosa en Gironda podría haber originado uno de los incendios. Sin embargo, Jón recalcó que las temperaturas de canícula —con picos que rozan los 40 grados— y la extrema sequedad del suelo convierten cualquier chispa en un peligro descomunal.
España: espejismo de control
Al otro lado de los Pirineos, el escenario es parecido pero con matices que engañan. El gobierno español informó de que los incendios alrededor de Madrid habían reducido su avance; sin embargo, Artemi Cerdà, catedrático de Geografía Física en la Universidad de Valencia, advirtió desde el análisis de DW que esa aparente tregua es frágil. “Venimos de tres olas de calor, la vegetación ha perdido humedad y el ecosistema mediterráneo está muy adaptado al fuego. Los humanos, no tanto”, ironizó.
El experto subrayó que aunque hoy las condiciones meteorológicas permitan un respiro, mañana pueden volver los vientos y las temperaturas extremas. La amenaza se mantendrá todo el verano y, según sus estudios, la situación se extenderá a otras zonas del norte de Europa. Cerdà insistió en que combatir un incendio como el de Castellón, que pudo visitar, es tarea exclusiva de los profesionales: “Un coche mal aparcado puede impedir que un camión de bomberos llegue a su destino o salga de una zona peligrosa. Ahora, el territorio es de ellos”.
La biomasa acumulada, el verdadero combustible
Más allá de la chispa que detona cada incendio, el profesor Cerdà puso el foco en un problema de fondo que afecta a toda la cuenca mediterránea: el abandono del mundo rural. “España ha pasado en un siglo de tener muy poca cubierta forestal a ser un país de bosques. Hay provincias con casi un 80 % de territorio arbolado”, detalló. Esa vegetación, al no ser gestionada, se acumula y se convierte en biomasa lista para arder en cuanto aparecen las condiciones atmosféricas propicias. La dinámica es natural: los bosques mediterráneos se queman cada 50 años de media, los templados cada 200 y las sabanas cada año. Pero la ausencia de actividad económica —pastoreo, agricultura, explotación forestal— ha roto el equilibrio.
Por eso, Cerdà pide no señalar únicamente al agricultor que comete un error o al pirómano ocasional. “Debemos solucionar el problema de fondo: nuestras montañas no tienen suficientes personas habitándolas”, afirmó. La reflexión enlaza con una realidad que la crisis climática agrava: el territorio disponíe de más material combustible que nunca, y las olas de calor lo convierten en un polvorín.
‘Debemos solucionar el problema de fondo: nuestras montañas no tienen suficientes personas habitándolas. Hemos perdido pastores, agricultores y familias que trabajaban en el sector forestal’.
— Artemi Cerdà
Gobernanza: del despacho al territorio
Frente a esta crisis, el catedrático defiende un cambio radical de modelo. No se trata solo de invertir más en extinción, sino de impulsar una gobernanza compartida que devuelva vida a las montañas. “La administración puede dictar órdenes desde Madrid o París, pero si en el territorio no hay una sociedad viva, solo tendremos una gestión superficial. A la larga, volverán los incendios, quizá más grandes”, sostuvo. La alternativa pasa por fomentar usos agrícolas, ganadería extensiva y producción de alimentos de calidad que, además, cuiden el paisaje y reduzcan la carga de biomasa.
Esa gobernanza debería incluir a los ciudadanos que viven en la interfaz urbano-forestal. Cerdà fue tajante: cada urbanización debe tener un plan de evacuación y formación para usar cañones de agua. “Hoy la mayoría de los habitantes del mundo rural son urbanitas que desconocen cómo actuar. Un coche saliendo por donde no debe puede costar vidas”, lamentó. La educación y la corresponsabilidad son, a su juicio, tan importantes como los recursos técnicos.
La lección que no podemos ignorar
El análisis de DW Español deja una conclusión incómoda: el fuego es un fenómeno natural e inevitable en los ecosistemas terrestres; incluso los suelos fósiles y los carbones nos recuerdan que las plantas y la fauna están adaptadas a él. El verdadero error humano no está solo en la negligencia puntual, sino en haber permitido que se acumule tal cantidad de material inflamable que cualquier ignición se convierta en un monstruo incontrolable. “Si no gestionamos con incendios controlados, desbroces o quemas prescritas, la naturaleza lo hará a su manera”, resumió Cerdà. Y esa manera, cada vez más, incluye pueblos enteros amenazados.
Mientras Italia o Grecia esperan su turno en las próximas semanas, la pregunta que flota en el aire es si los gobiernos y la sociedad están dispuestos a repensar su relación con el territorio. La ciencia ya ha hablado. Ahora falta que la política y la ciudadanía escuchen.
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