Hay quien todavía cree que Marx ofreció una radiografía infalible del capitalismo. Pero escuchar a Juan Ramón Rallo desmenuzar los pilares económicos sobre los que se sostiene El Capital provoca algo parecido a un desmontaje en tiempo real. Durante su intervención en el Liberty Fest celebrado en España, el economista expuso lo que considera los errores de bulto que convierten la teoría marxista en un edificio sin cimientos sólidos. Lo hizo con su libro ‘Anti-Marx’ como telón de fondo y con la precisión quirúrgica que acostumbra.
La riqueza no es solo cuestión de trabajo
El primer frente que abre Rallo tiene que ver con la teoría del valor trabajo. Marx define la riqueza como una masa de valores de uso que han costado un tiempo social de trabajo determinado. Para el alemán, producir riqueza equivale a emplear trabajo humano en transformar la naturaleza y generar bienes útiles. El problema, sostiene Rallo, es que esa visión ignora por completo que la utilidad no es binaria: no todo lo útil es igual de útil.
En su análisis, Rallo recuerda que podemos incrementar la riqueza de una sociedad sin añadir ni una hora más de trabajo. Basta con redirigir ese esfuerzo hacia bienes que las personas valoren relativamente más. Esa es precisamente la idea de marginalidad que Marx no incorporó. El creador de ‘Juan Ramón Rallo’ ilustra el punto con el coste de oportunidad: si dedicas cien horas a fabricar un producto medianamente útil, sacrificas la posibilidad de emplearlas en otro mucho más valioso. Producir mejor, no solo producir más, ya es crear riqueza.
Esa misma lógica se aplica al intercambio, una palanca de prosperidad que Marx apenas reconoce. Rallo pone un ejemplo cristalino: dos personas poseen bienes útiles, pero valoran más lo que tiene la otra. Cuando intercambian, la riqueza material de esa microsociedad aumenta sin necesidad de mover un solo músculo productivo. Los mismos objetos, mejor repartidos entre quienes los aprecian más, elevan el bienestar general. Una verdad que el marxismo, obcecado con la producción fabril, prefiere no mirar.
‘Con un mismo volumen de trabajo social, pero intercambiando mejor y distribuyendo mejor los mismos bienes, somos capaces de volvernos más ricos.’
— Juan Ramón Rallo
Tiempo, riesgo e información: los factores que Marx olvidó
El segundo clavo ardiendo de la ponencia fue la visión mutilada de los factores de producción. Para Marx solo existen naturaleza y trabajo; y, en términos sociales, únicamente el trabajo merece tal consideración. Rallo contrapone tres elementos que cualquier proceso productivo necesita de forma ineludible: el tiempo de espera, el riesgo de fracasar y la información empresarial. Y los tres, asegura, son tan productivos como la fuerza laboral.
Sobre el tiempo, el economista recuerda que ningún bien complejo se fabrica de manera instantánea. Desde que se inicia la producción hasta que se obtiene el resultado, transcurre un lapso inevitable. Si nadie estuviera dispuesto a esperar, sencillamente no se emprenderían los proyectos que requieren maduración. Y sin esos proyectos, ciertos niveles de utilidad quedarían fuera del alcance humano. El tiempo no es un lujo, explica Rallo, sino un insumo imprescindible para llegar a bienes que de otro modo jamás existirían.
El riesgo merece un capítulo aparte. Rallo lo define como la probabilidad de que todo el trabajo invertido se convierta en horas despilfarradas. Si un emprendedor dedica mil horas a fabricar algo que finalmente fracasa, ha perdido mil horas de su vida. Sin predisposición a asumir esa incertidumbre, los procesos más ambiciosos simplemente no arrancarían. Y el tercer ingrediente, la información empresarial, le sirve al ponente para recordar que ni siquiera Marx negaba que el ser humano actúa con un plan deliberado. En el mercado, donde se compite por satisfacer a otros, saber hacer las cosas mejor que los demás es justo lo que determina quién prospera y quién se queda atrás.
El economista insiste en que estos tres factores son complementarios, no sustitutivos. Nadie pretende que el tiempo produzca en solitario, de la misma forma que el trabajo aislado tampoco genera nada sin recursos naturales. Pero obviarlos, concluye, es lo que conduce a Marx a retratar al capitalista como un mero chupóptero: si todo valor procede del obrero y el patrón no trabaja, la explotación se convierte en el único relato posible.
Lo que se esconde tras la teoría de la explotación
Aunque la intervención de Rallo se centró en los dos bloques anteriores, las implicaciones alcanzan de lleno al concepto de plusvalía que vertebra el pensamiento marxista. Si aceptamos que el capitalista aporta tiempo (al adelantar recursos y diferir el consumo), asume riesgos (cuando financia proyectos inciertos) y coordina información (al leer el mercado mejor que sus competidores), entonces la diferencia entre el valor generado y el salario no es un robo. Es la remuneración lógica a esos factores productivos que la teoría laboral del valor se empeña en ignorar.
Colocar estas piezas sobre la mesa sirve para desactivar la narrativa del parasitismo. Rallo no lo dice con desdén, pero su mensaje es contundente: si Marx hubiera integrado el análisis marginal, el coste de oportunidad y la función empresarial, difícilmente habría llegado a las mismas conclusiones sobre la lucha de clases. Y por extensión, el edificio entero del marxismo económico se tambalea.
La lección para el lector de este lado de la trinchera tampoco es menor. Cada vez que se demoniza al empresario que arriesga su patrimonio o se menosprecia la distribución como fuente de prosperidad, se está bebiendo —quizá sin saberlo— de aquella fuente decimonónica que ya debería estar superada. La riqueza no es una tarta fija que se reparte; es un organismo vivo que crece cuando las piezas se colocan en las manos adecuadas y cuando alguien se atreve a esperar, arriesgar y adivinar lo que los demás desean antes de que ellos mismos lo sepan.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Juan Ramón Rallo en YouTube:




