Microsoft ha chocado de bruces contra la realidad de su propia ambición. La compañía que en 2020 prometió ser carbono negativa para 2030 ha presentado su último informe ambiental y los números cantan: sus emisiones netas subieron un 25% en el último ejercicio fiscal, hasta los 20 millones de toneladas de CO2. Esa cifra equivale a las emisiones anuales de un país como Panamá o Lituania. El motivo no es un misterio: la fiebre por la inteligencia artificial ha disparado la construcción de centros de datos, y con ella, una factura medioambiental que empieza a pesar tanto como los beneficios del negocio cloud.
Claves de la operación
- Las emisiones netas se disparan un 25%. Microsoft pasó de unos 16 millones de toneladas a 20 millones netos, tras descontar las capturas de carbono. Las emisiones brutas alcanzaron los 34 millones.
- El 96% de la huella está en el Scope 3. Los materiales de construcción —acero y cemento— y los bienes adquiridos para levantar los centros de datos de IA concentran casi toda la contaminación.
- El objetivo de 2030 se aleja. La propia directora de sostenibilidad, Melanie Nakagawa, admite que la empresa mantiene el compromiso, pero la realidad operativa lo pone cada vez más cuesta arriba.
El choque de trenes: liderazgo en IA versus promesa climática
La tensión es evidente. Por un lado, Microsoft necesita desplegar capacidad de cómputo a un ritmo insólito para no perder el paso frente a AWS y Google Cloud en la carrera por la IA generativa. La integración de los modelos de OpenAI en toda la suite de productos exige centros de datos gigantescos, y cada uno de ellos supone toneladas de emisiones antes incluso de encenderse. Por otro lado, aquel anuncio de 2020 que la posicionó como adalid climático —’carbon negative’ en una década— empieza a chirriar frente a unos números que crecen en lugar de menguar.
El dato más llamativo del informe es que las emisiones asociadas al consumo eléctrico se multiplicaron casi por diez entre 2024 y 2025. Aunque Microsoft presume de haber reducido sus emisiones directas, la demanda de electricidad de los nuevos campus de servidores ha obligado a recurrir a fuentes no renovables en muchos casos. De hecho, el consumo eléctrico de la compañía pasó de 23,6 TWh a 29,8 TWh solo en 2024, un incremento del 26%, y las cifras independientes de 2025 podrían ser aún mayores. La promesa de alimentar todos los centros solo con energías limpias choca contra la realidad de una red que no da abasto.
No es solo un problema de imagen. Los inversores que apuestan por criterios ESG empiezan a poner el foco en esta brecha. Los fondos que exigen coherencia entre los compromisos públicos y la huella real podrían presionar al consejo de Microsoft, sobre todo cuando el coste reputacional de aparecer en los rankings de contaminación a la altura de países enteros se traduce en preguntas incómodas en las juntas de accionistas.
Amazon y Google tampoco escapan de la paradoja
Microsoft no está sola en esta contradicción. La huella de carbono de Amazon aumentó un 16% el último año, y la de Google, un 18%. Las tres grandes de la nube comparten el mismo dilema: para dominar la IA necesitan una infraestructura que, por ahora, no puede ser verde al 100%. Cada nuevo centro de datos es una hipoteca de emisiones que lastrará sus balances ambientales durante años.
La diferencia de Microsoft es que había sido la más ambiciosa en sus promesas. Amazon nunca ha fijado una fecha de neutralidad total, y Google lleva años comprando compensaciones, pero el salto del 25% de la compañía dirigida por Satya Nadella resalta porque rompe la tendencia a la baja que venía mostrando desde 2020. En esta redacción entendemos que la apuesta por la IA ha acelerado un divorcio entre el discurso verde y la necesidad de potencia bruta que el mercado no va a perdonar fácilmente.
La IA es el acelerador que está haciendo chocar la ambición climática de Microsoft contra su propia estrategia de negocio.
La factura de la nube llega a España
El coste medioambiental no se queda en los campus de Virginia o Iowa. Microsoft está invirtiendo miles de millones en una región cloud en Aragón y en nuevos centros de datos en Madrid que acercarán la computación a las empresas españolas, pero también dejarán una huella local. La construcción de esas instalaciones multiplicará las emisiones de Scope 3 en España, un país que se ha marcado metas climáticas muy exigentes y que ya ve cómo el despliegue de infraestructura digital pugna con la descarbonización.
Desde Merca2.es observamos una paradoja adicional: mientras Telefónica, el principal operador de centros de datos español, avanza en su objetivo de ser neutra en carbono antes de 2025 usando renovables y compensaciones, la gigante estadounidense empieza a pisar el mismo suelo con un perfil ambiental muy distinto. La competencia por el mercado de la nube en España incluirá, cada vez más, la batalla por quién contamina menos, y eso puede acabar pesando en las adjudicaciones públicas y en las decisiones de los grandes clientes corporativos que miden sus propias emisiones de Scope 3.
No todo son malas noticias. Microsoft ha invertido en tecnologías de captura de carbono y en contratos de energía renovable a largo plazo que, en teoría, corregirán parte del desfase. Pero las cuentas actuales mandan: el camino hacia el ‘carbon negative’ en 2030 se ha desdibujado, y el mercado estará observando si la directiva es capaz de reconducir el rumbo o si la IA termina devorando también la reputación verde de la compañía.





