Los ataques ucranianos con drones contra infraestructuras petroleras han desatado una crisis de gasolina que recorre Rusia de punta a punta. En apenas unas semanas, las restricciones al suministro han alcanzado ya a 53 regiones, desde la anexionada Crimea hasta las remotas provincias siberianas de Omsk, Novosibirsk e Irkutsk. He seguido de cerca la evolución de esta crisis y los datos que manejo confirman que el racionamiento se ha generalizado en el tercer productor mundial de petróleo, obligando incluso a debatir importaciones de combustible subvencionado.
El detonante es conocido: los drones ucranianos golpean refinerías y depósitos de crudo a cientos de kilómetros del frente, una estrategia que ha erosionado la capacidad de procesamiento rusa. El pasado domingo, varios depósitos junto al estrecho de Kerch fueron alcanzados, lo que llevó a las autoridades de Sebastopol a anunciar ‘medidas temporales obligatorias’: fin del transporte público a las diez de la noche, cierre de tiendas y cafeterías a las ocho de la tarde y alumbrado público atenuado, reservando el combustible para ambulancias y equipos de emergencia.
La crisis se propaga de Crimea a Siberia y alcanza 53 regiones
La escasez comenzó a finales de mayo en Crimea, donde se formaron largas colas de conductores. Desde entonces, se ha extendido al sur de Rusia y a la Rusia europea. El pasado 17 de junio, el medio The Bell calculaba que ya se había introducido algún tipo de restricción en esas 53 regiones. Este martes hemos sabido que también afecta a Siberia, donde las principales petroleras —Rosneft, Lukoil y Tatneft— han impuesto límites incluso en Moscú y San Petersburgo.
En Omsk, el gobernador Vitali Jotsenko anunció limitaciones concretas: 40 litros de gasolina por vehículo y entre 80 y 200 litros de diésel según el tipo de estación, además de prohibir la venta en bidones. La medida busca, en sus palabras, ‘evitar la creación de pánico artificial y la especulación’. En Novosibirsk e Irkutsk, los gobernadores preparan iniciativas similares. Taxistas y conductores particulares en Moscú y en la provincia circundante han denunciado falta de algunos tipos de combustible y topes de 20 litros en algunas gasolineras. Mientras, los precios han experimentado subidas erráticas: se han llegado a rozar los 100 rublos por litro (unos 1,1 euros), cuando el nivel habitual rondaba los 70 rublos (0,8 euros).
«Hemos limitado la gasolina a 40 litros por vehículo para evitar la creación de pánico artificial y la especulación», declaró Vitali Jotsenko, gobernador de Omsk.
En la reunión de accionistas de Rosneft, su presidente Ígor Sechin negó restricciones en el abastecimiento de coches, aunque rechazó que los usuarios almacenasen gasolina en garrafas. Sin embargo, los datos oficiales de Rosstat revelan que la gasolina se ha encarecido un 6,6 % desde enero, casi el doble de la inflación acumulada general (3,7 %). El Ministerio de Energía insiste en que el mercado está bajo control, mientras el Servicio Federal Antimonopolio pide explicaciones a las estaciones que han disparado precios.
Las implicaciones para el mercado global de productos refinados
Lo que veo en esta crisis es un episodio inédito en décadas: el tercer mayor productor de crudo del mundo se debate entre importar combustible o subvencionarlo para evitar el colapso interno. El viceprimer ministro Alexánder Nóvak presidió el lunes una reunión donde, según Védomosti, se discutió esa doble vía. Si se concretan importaciones, estaríamos ante una señal de que la capacidad de refino rusa está dañada de forma estructural, algo que Moscú siempre había descartado.
La estrategia ucraniana de golpear las refinerías, más que los campos de producción, busca asfixiar el mercado interior ruso y, de paso, reducir los excedentes exportables. Rusia es un exportador relevante de diésel y nafta; una menor oferta global de productos refinados tensionaría los mercados internacionales, justo cuando Europa aún se recupera del corte del suministro ruso por gas. De hecho, en mi análisis, esta situación refuerza la prima de riesgo geopolítico sobre los futuros del gasóleo y la gasolina, con potencial de arrastrar al alza al Brent si los ataques persisten.
🌍 El impacto en España y Europa
España no depende directamente del diésel ruso, pero un mercado global más estrecho encarecería las importaciones europeas de productos refinados. El Brent podría repuntar, y esa presión alcista sobre los carburantes se trasladaría al IPC español, justo cuando el BCE sopesa próximos recortes de tipos. Con la gasolina y el gasóleo ya en niveles elevados, cualquier escalada adicional de los precios internacionales ralentizaría la convergencia de la inflación hacia el 2 %, obligando a Fráncfort a mantener una postura más hawkish de lo previsto. El Euríbor, que se beneficia de las expectativas de relajación monetaria, se vería afectado si el BCE retrasa los movimientos; eso significaría un alivio más lento para las hipotecas variables españolas. Además, un encarecimiento de los fletes y de las materias primas industriales derivadas del refino (como plásticos o fertilizantes) podría mermar los márgenes de las empresas exportadoras del IBEX con alta exposición a costes energéticos. En definitiva, aunque el epicentro esté a miles de kilómetros, la onda expansiva de esta crisis de gasolina rusa llega a Europa vía precios y tipos de interés.





