Nunca habíamos visto algo así. El amanecer del 20 de junio en Moscú trajo consigo el mayor ataque con drones que Rusia ha sufrido en los dos últimos años de conflicto. Más de 200 drones ucranianos lograron penetrar las defensas aéreas y golpear infraestructura estratégica en la propia capital, desmontando la sensación de invulnerabilidad que el Kremlin había cultivado hasta ahora. He seguido de cerca el análisis que este martes ofreció Negocios TV y me ha dejado una pregunta clavada: ¿está Putin contra las cuerdas o estamos a punto de ver una de esas reacciones peligrosas que los libros de historia recuerdan con mayúsculas?
Un ataque que redibuja el campo de batalla
Lo que más me ha llamado la atención de la conversación entre Andrew Smith, del International Institute of Strategic Studies, y el analista Juan Belikov es la naturalidad con la que ambos hablan de un cuarto cambio de paradigma en esta guerra. Smith explicó que Ucrania está devolviendo a Rusia las mismas armas que Moscú ha usado durante años contra su infraestructura. La diferencia técnica, y aquí está la genialidad táctica, es que los ucranianos han adaptado drones con motores chinos capturados y los vuelan a muy baja altura. Son casi indetectables para los sistemas de defensa rusos y peligrosísimos de interceptar para la aviación enemiga. Una maniobra de ingeniería inversa que, según los informes que maneja el instituto londinense, equilibra la balanza y traslada la guerra a una dimensión que ya no se juega en el frente, sino en los patios traseros de las ciudades.
El dilema de Putin: entre la mesa de negociación y el rugido de los halcones
Lo que me parece más inquietante, sin embargo, es lo que ocurre dentro del Kremlin. Juan Belikov lo clavó durante su intervención: el verdadero riesgo no es el ataque en sí, sino la presión que los sectores más radicales del régimen van a ejercer sobre Putin. Los halcones del Kremlin quieren una respuesta contundente, de esas que no entienden de líneas rojas. Ataques contra la infraestructura crítica que financia la logística ucraniana o, peor aún, contra objetivos civiles que ya han sido golpeados con anterioridad. Belikov sostiene que nos encontramos en un momento de monstruos, citando aquella vieja frase de Gramsci que repetía el analista: el viejo orden está muerto, el nuevo todavía no nació y en el medio surgen todos los monstruos. Y qué mejor descripción para un escenario en el que las normas de la guerra, incluido el derecho internacional humanitario, parecen haberse evaporado.
La pregunta que flota en el aire, como bien subrayó Negocios TV, es hacia dónde se inclinará la balanza. Smith apuesta por una ventana de oportunidad: Zelenski, decía, está tratando de convencer a Trump para una cumbre a tres bandas que siente a Rusia, Ucrania y Estados Unidos en la misma mesa. El presidente ucraniano manejaría ahora una posición negociadora algo más sólida, precisamente por haber roto la inercia de un conflicto estancado en las trincheras del Donbás. Pero Belikov no se traga ese optimismo sin añadirle pimienta: Putin podría patear el problema hacia delante, jugar con el factor climático del invierno que históricamente favorece a Rusia o, en el peor de los casos, ceder a la tentación de una respuesta que muestre superioridad tecnológica y haga olvidar la humillación de ver Moscú bajo fuego.
El riesgo que tenemos aquí es que los halcones en el Kremlin empujen a Putin a una respuesta desesperada, cosa que podría ser bastante letal para todo el mundo.
— Juan Belikov en Negocios TV
Cuando las ciudades se convierten en trinchera
Hay un cambio de concepto que me parece clave y que Andrew Smith definió con una nitidez casi quirúrgica. Hemos pasado de hablar de la zona de muerte de 30 o 40 kilómetros en el frente, de los movimientos glaciales y de la infantería diezmada, a hablar de logística, de infraestructura energética y de lo que él llama moral de la población. No es un matiz cualquiera. Entrar en el terreno de los blancos civiles, como señalaba Belikov, es introducirse de lleno en una estrategia que muchas veces coquetea con lo que el derecho internacional califica como crímenes de guerra. ¿Estamos asistiendo a una nueva normalidad en la que estos ataques son políticamente viables? Negocios TV dejó la pregunta abierta, pero el tono de los analistas daba a entender que la respuesta es un sí incómodo.
Esta dinámica, además, tiene un eco histórico que no deberíamos pasar por alto. Smith comparó la situación actual con la guerra de Afganistán de los años 80, cuando Estados Unidos suministró misiles Stinger a los muyahidines para neutralizar la superioridad aérea soviética y obligó a Moscú a entrar en una fase completamente distinta del conflicto. La diferencia hoy es que no hablamos de un actor externo que arma a uno de los bandos, sino de un país agredido que consigue, con sus propios recursos y con una imaginación técnica envidiable, devolver el golpe en el corazón del adversario.
¿Resistencia o punto de inflexión?
Si algo me ha quedado claro tras escuchar a ambos expertos es que la palabra crisis, en su etimología griega, también significa oportunidad. Para Zelenski este ataque masivo es la mejor carta de presentación que podía llevar a una hipotética negociación: «Mira, puedo golpearte donde más te duele, así que sentémonos». Para Putin, en cambio, es la enésima demostración de que la guerra que empezó no se parece en nada a la que tiene encima de la mesa. Y ahí está el verdadero peligro. Porque un líder acorralado, con los halcones sobrevolando su despacho y una credibilidad internacional que se resiente con cada nuevo golpe, puede optar por la vía más impredecible.
El 20 de junio de 2026 pasará a los libros como el día en que Moscú sintió la guerra en su propia piel de una manera que ni siquiera los misiles ucranianos habían conseguido. Y me pregunto si, dentro de unos años, recordaremos esta fecha como el principio del fin del conflicto o como el preludio de una escalada que nadie, absolutamente nadie, desea contar.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo original de Negocios TV a continuación:





