El equipo de investigación de inversiones globales en Edmond de Rothschild analiza las oportunidades de monetización en el espacio tras la OPV de SpaceX.
El alcance operativo de SpaceX refleja la diversidad de oportunidades comerciales que ofrece el sector espacial. Las tres grandes oportunidades económicamente viables —o al menos aquellas con beneficios plausibles en el corto y medio plazo— identificadas hasta la fecha se encuentran en los ámbitos de las telecomunicaciones, la defensa y la infraestructura de datos.
Oportunidades de monetización en Telecomunicaciones
El principal foco de desarrollo comercial en el espacio sigue siendo el de las telecomunicaciones, un sector que ya es parcialmente operativo hoy. Actualmente orbitan la Tierra alrededor de 15.000 satélites, frente a menos de 2.000 a comienzos de 2019. Aunque históricamente estos satélites eran geoestacionarios (GEO, situados a más de 35.000 kilómetros de la superficie terrestre), la gran mayoría se encuentra ahora en órbita baja (LEO, entre 160 y 2.000 kilómetros de altitud).
La mitad de los satélites activos pertenece además a SpaceX a través de su constelación Starlink, una señal del dominio del grupo en un mercado que durante mucho tiempo estuvo en manos de actores europeos tradicionales como Eutelsat y SES. Otros operadores estadounidenses también compiten por cuota de mercado, como Amazon Leo (antes Kuiper), OneWeb (fusionada con Eutelsat en 2023) y Planet Labs.
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Por su parte, las compañías chinas cuentan con cerca de 1.300 satélites operativos en órbita terrestre, pero sus ambiciones son mucho mayores: aspiran a desplegar 25.000 satélites de aquí a final de la década mediante las constelaciones Qian Fan y GuoWang.
Si bien el despliegue en baja órbita presenta la desventaja de ofrecer una cobertura geográfica limitada —lo que obliga a desplegar constelaciones de varios cientos o miles de satélites miniaturizados—, ofrece la ventaja de una latencia significativamente menor (es decir, comunicaciones más rápidas) que los satélites geoestacionarios, situados mucho más lejos de la superficie terrestre.

La proximidad de estos satélites permite obtener imágenes de muy alta precisión y conectividad a internet ultrarrápida con una latencia muy reducida. Se utilizan especialmente para imágenes satelitales, vigilancia, internet de alta velocidad y, en el ámbito militar, para inteligencia óptica, radares y vigilancia electrónica.
La menor distancia también reduce los costes de lanzamiento, ya que el trayecto necesario es mucho más corto. Los satélites geoestacionarios, situados en una órbita más alta, giran a la misma velocidad que la Tierra, lo que les permite cubrir de forma continua la misma zona, necesitando solo entre dos y tres satélites para cubrir todo el planeta. El área visible desde un satélite GEO es inmensa. Su uso se centra principalmente en televisión por satélite, monitorización meteorológica y determinados sistemas de comunicación. En el ámbito militar, pueden detectar lanzamientos de misiles y actuar como relés de datos sobre áreas muy extensas.
La propuesta de valor de los satélites en órbita baja también responde a una necesidad existente y aún no cubierta: proporcionar acceso a internet a los aproximadamente 2.500 millones de personas que todavía carecen de él —lo que representa el 30% de la población mundial, según el Foro Económico Mundial—. Estas personas se encuentran principalmente en regiones con poca o nula cobertura de infraestructuras terrestres, que siguen siendo insuficientes, como ocurre en gran parte del continente africano.
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Además, la conexión vía satélite en órbita baja permite que usuarios en vuelo o en el mar accedan a internet; Starlink ya ha instalado sus servicios en más de 2.500 aviones con este fin.
Otro motor de crecimiento emergente es la conexión directa de teléfonos a satélites (“direct‑to‑cell” o “direct‑to‑device”): sin necesidad de una antena específica, un smartphone estándar puede conectarse desde zonas sin cobertura terrestre. SpaceX está desplegando este servicio en colaboración con operadores móviles, y Apple ya lo ofrece a través de Globalstar. Este segmento podría ampliar de forma significativa el mercado potencial, convirtiendo cada teléfono en un cliente posible.
Oportunidades de monetización en defensa
La comercialización del espacio también implica su militarización. Ya sea para proteger infraestructuras críticas desplegadas en órbita o para defender territorio desde el aire, el control del espacio se ha convertido en una preocupación geoestratégica de primer orden para las grandes potencias.
En los días posteriores a su regreso al poder, el presidente Trump ordenó el desarrollo de un nuevo programa de defensa aérea denominado Golden Dome. Inspirado en el escudo israelí Iron Dome, este proyecto tiene como objetivo detectar y destruir misiles balísticos e hipersónicos que puedan amenazar a Estados Unidos. El presidente estadounidense desea que el proyecto esté completado antes de que finalice su mandato actual, es decir, en 2029.
En términos prácticos, implicaría el despliegue de miles de pequeños satélites armados capaces de neutralizar amenazas aéreas, operados a través de centros de datos también situados en órbita.
Un presupuesto inicial de más de 24.000 millones de dólares ya ha sido asignado a este proyecto en la ley fiscal OBBBA de 2025. Sin embargo, la Oficina Presupuestaria del Congreso (CBO por sus siglas en inglés) estima su coste en 1,2 billones de dólares, una cifra muy superior a los 175.000 millones anunciados por la Casa Blanca.
Esta estimación de la CBO, publicada en mayo de 2026, merece un análisis detallado, ya que ilustra la magnitud y la incertidumbre del programa. De los aproximadamente 1,2 billones proyectados a veinte años, más de 1 billón correspondería a adquisiciones, y solo la capa de interceptores espaciales —una constelación estimada en unos 7.800 satélites— representaría cerca del 70% del coste de adquisición. La CBO añade que este presupuesto colosal financiaría la capacidad de neutralizar únicamente unos diez misiles balísticos lanzados simultáneamente, y que el sistema sería “no impenetrable” ante un ataque masivo de una potencia rival.

La amplia horquilla de estimaciones —desde los 175.000 millones de la Casa Blanca hasta los 831.000 millones calculados por la CBO para una arquitectura más limitada, o incluso los 3,6 billones estimados por el American Enterprise Institute— refleja la ausencia de planes técnicos definitivos y un calendario de despliegue realista más cercano a 2035 que a 2029. El propio responsable del programa reconoció que los interceptores espaciales podrían resultar demasiado costosos para entrar en producción.
Hasta la fecha, el Gobierno estadounidense ya ha adjudicado varios contratos a gigantes de la defensa como Anduril, Lockheed Martin, Raytheon (RTX) y Northrop Grumman para la fabricación de sensores e interceptores, mientras que se espera que SpaceX proporcione las constelaciones de satélites de detección.
Oportunidades de monetización en infraestructura de datos
Entre las oportunidades comerciales más ambiciosas —y a la vez más avanzadas— se encuentra el despliegue de centros de datos en órbita, un mercado estimado en decenas de miles de millones de dólares anuales, en el que un número creciente de empresas privadas ha decidido posicionarse. La abundancia de energía solar ininterrumpida, junto con el entorno de vacío que permite una refrigeración radiativa natural, se consideran ventajas clave por compañías como el gigante SpaceX y las startups Starcloud y Lonestar.
Este argumento cobra especial relevancia en un momento en el que el consumo eléctrico de los centros de datos terrestres dedicados a la inteligencia artificial se está disparando y chocando con los límites de las redes eléctricas, además de enfrentar una creciente oposición local. Contar con un suministro continuo de energía solar y refrigeración pasiva en el espacio podría, en teoría, resolver simultáneamente ambas restricciones.
Asimismo, lanzar centros de datos al espacio simplificaría su despliegue, un proceso que a menudo se ve obstaculizado por los plazos necesarios para obtener permisos y adquirir terrenos en la Tierra —además de estar sujetos a impuestos sobre la propiedad. No obstante, la materialización de estos proyectos sigue dependiendo de la construcción de una infraestructura de red de baja latencia que solo sería posible mediante un despliegue a gran escala de constelaciones de satélites.
Los obstáculos técnicos siguen siendo considerables: la disipación del calor de los servidores en ausencia de convección, el mantenimiento y sustitución de hardware defectuoso, el endurecimiento de los componentes frente a la radiación y la capacidad de ancho de banda de los enlaces Tierra‑órbita.
Precisamente por disponer de la infraestructura de transporte necesaria (Starship) y de la conectividad (Starlink), SpaceX se perfila como uno de los actores mejor posicionados para hacer realidad esta visión antes de que finalice la década.

Otras oportunidades comerciales potenciales
Una vez que el acceso a la órbita sea significativamente más amplio y que la infraestructura de telecomunicaciones satelitales y centros de datos esté plenamente escalada y asegurada, podrían surgir otras oportunidades aún más ambiciosas, aunque hoy siguen siendo prematuras.
Entre ellas destaca la fabricación en el espacio, es decir, la producción en microgravedad (gravedad baja o nula), que permite condiciones de fabricación superiores a las de la Tierra. La producción de semiconductores avanzados, cristales farmacéuticos o materiales compuestos podría verse facilitada si se trasladara al espacio, un objetivo que persiguen empresas como Varda Space, Redwire y Space Forge.
Así, la fabricación de semiconductores avanzados, fibras ópticas y aleaciones metálicas —libres de defectos causados por la gravedad y alimentadas por radiación solar— podría expandirse. La microgravedad también permite que las proteínas cristalicen de forma más uniforme, lo que podría acelerar el desarrollo de nuevos tratamientos médicos. Este mercado, prácticamente inexistente hoy, podría alcanzar también decenas de miles de millones de dólares anuales en el futuro.
Más allá de la fabricación, la investigación científica también podría beneficiarse de realizar experimentos en microgravedad. Varda Space ya ha devuelto con éxito a la Tierra cápsulas que contenían cristales farmacéuticos producidos en órbita en varias ocasiones, demostrando la viabilidad técnica de todo el proceso, aunque la viabilidad económica a gran escala aún está por determinar.
A más corto plazo, la retirada prevista de la Estación Espacial Internacional alrededor de 2030 abre la puerta a estaciones espaciales privadas (Axiom, Vast, Orbital Reef, Starlab) que la sucederán en órbita baja. Estas plataformas comerciales proporcionarían la infraestructura necesaria para apoyar las actividades de investigación, turismo y producción en microgravedad mencionadas anteriormente.
En última instancia, la comercialización del espacio también debería generar una mayor necesidad de mantenimiento. Mientras que los satélites averiados suelen abandonarse, la aparición de una economía espacial podría dar lugar a una industria centrada en el reabastecimiento, reparación y extensión de la vida útil de satélites y otras naves espaciales.
También se contempla el uso de impresoras 3D en órbita para producir piezas de repuesto o herramientas de plástico y metal. Este sector de on‑orbit servicing comienza a tomar forma, con actores como Northrop Grumman —cuyos vehículos de extensión de misión (MEV) ya se han acoplado a satélites comerciales para prolongar su vida útil— y Astroscale, especializada en la retirada activa de desechos espaciales.




