Un estado de emergencia en Crimea, 90 buques de la flota fantasma rusa fuera de juego y cortes de gasolina. La campaña ucraniana de interdicción está poniendo contra las cuerdas a Vladimir Putin. Sin embargo Putin no solo no cede: se empeña en seguir adelante pese a que la guerra ya se ha cobrado más de un millón de bajas. VisualPolitik sostiene que la clave no está solo en su voluntad, sino en un terremoto silencioso que ha reconfigurado la cúpula del poder de Rusia.
Crimea, asfixiada: el cerco ucraniano que ya declara el estado de emergencia
Según el análisis de VisualPolitik, los drones ucranianos han pasado de golpear almacenes logísticos a paralizar las rutas marítimas del Mar de Azov. Durante una sola noche, más de 14 buques —incluidos diez petroleros y un ferry— fueron alcanzados, una operación que el canal vincula a la creciente campaña de interdicción de medio y largo alcance. Esta campaña ha casi neutralizado la logística del mar de Azov, esencial para abastecer el frente sur ruso.
El resultado más visible es Crimea. La península se ha declarado en estado de emergencia, con apagones constantes, prohibición de venta de gasolina y rumores que apuntan incluso a una posible evacuación de la población civil. La carretera M18, el puente de Kerch y los pasos sobre el Chongar son atacados a diario. VisualPolitik subraya que todo el corredor que une Rostov del Don con Crimea, pasando por Zaporiyia y Jersón, está sufriendo una presión sin precedentes. Y aunque los avances ucranianos en tierra son todavía “muy tímidos”, el desgaste ya se nota.
Putin no negocia: una guerra que ya supera a la de la Segunda Guerra Mundial
A pesar de todo, el Kremlin no da señales de querer sentarse a negociar. Las encuestas, recuerda el vídeo, muestran que más del 67 % de los rusos desea conversaciones de paz, pero solo un 24 % apoya continuar las operaciones. Sin embargo, el presidente ruso insiste en que tienen “suficientes fuerzas y medios”. El conflicto se encamina hacia los cinco años, más tiempo del que duró la campaña soviética contra los nazis.
Para VisualPolitik, el empecinamiento se explica por dos factores. Primero, la población rusa arrastra una cultura de resistencia histórica; segundo, Rusia sigue siendo una autocracia donde todo gira alrededor de Putin. Pero la verdadera razón, argumenta el canal, es más profunda: la guerra ha volcado la pirámide del poder dentro del país.
Así funcionaba la Rusia de antes: tecnócratas, oligarcas y siloviki
Durante dos décadas, el sistema ruso se asentó sobre tres patas. La primera, los tecnócratas, como el primer ministro Mijáil Mishustin o la gobernadora del Banco Central Elvira Nabiúllina. Eran los encargados de que la economía rusa funcionase, de que el rublo se mantuviera estable y de que la inflamación no se disparase. La segunda pata eran los siloviki, los hombres del FSB, la policía y los espías, que actuaban como guardianes del negocio, disciplinando a las élites. La tercera, los oligarcas del petróleo y el gas, que financiaban al Estado con sus exportaciones a Europa y mantenían sus fortunas fuera del alcance del Kremlin.
Este equilibrio se completaba con un pacto con la población: estabilidad y cierta prosperidad a cambio de silencio. La ideología era débil, pero la percepción de una Rusia fuerte bastaba. VisualPolitik lo sintetiza así: “Una pirámide diseñada para la paz donde el dinero venía de Occidente y la guerra era un mal negocio para casi todos”.
La guerra ha redibujado por completo la pirámide del poder de Rusia y los que han salido perdiendo son precisamente los que querían parar la guerra.
— VisualPolitik
Los perdedores: cuando el dinero del gas ya no compra influencia fuera del Kremlin
Los tecnócratas son los primeros damnificados. Antes fabricaban prosperidad; hoy solo apagan fuegos. Las sanciones han cortado el acceso de Moscú a los mercados de capital, congelado 300 000 millones de dólares de reservas y marginado a Europa como socio comercial: apenas el 1 % del comercio ruso pasa ya por la Unión Europea. La venta de hidrocarburos, que antes cubría más de un tercio del presupuesto federal, ha caído a la cuarta parte. “Misustin y Nabiúllina siguen trabajando sin parar, pero pintan menos que nunca”, comenta VisualPolitik. “En una economía de guerra, quien no controla las armas ni el presupuesto militar no decide las prioridades”.
El golpe a los oligarcas ha sido aún más duro. Su gran ventaja —el dinero guardado en el extranjero, a salvo de los tribunales del Kremlin— desapareció con las sanciones. Y el Estado, lejos de protegerlos, ha empezado a expropiar. VisualPolitik pone el ejemplo de Konstantín Strukov, diputado del propio partido de Putin, a quien un tribunal arrebató en julio de 2025 el 68 % de la minera de oro por una supuesta privatización ilegal. La jugada deja un patrimonio de 1 900 millones de dólares en manos del Estado. “Los oligarcas han pasado de ser actores semiautónomos a gestores por concesión”, resume el canal. “Ya no mandan, dependen del gran zar”.
Los nuevos amos: de guardianes del negocio a dueños del Estado
Quienes sí han ganado influencia son los siloviki, que han pasado de guardianes del negocio a ser el negocio. El FSB crece a un ritmo de diez mil efectivos al año y suma nuevas competencias, mientras la Rosgvárdia, la Guardia Nacional, alcanza casi 400 000 hombres con tanques y artillería. Paralelamente, el complejo militar industrial se ha convertido en el principal motor del PIB ruso. El gasto en defensa engorda los presupuestos de regiones como Tatarstán y los Urales, y alista a un ejército que ya roza los 2,4 millones de soldados. Los salarios militares suben, y una nueva élite —ejecutores de contratos públicos y beneficiarios de los activos expropiados— ocupa el lugar de los antiguos multimillonarios vinculados a Europa.
VisualPolitik concluye que estos grupos tienen todo el interés en que la guerra continúe, porque de ella dependen su poder y su riqueza. La represión política, además, ha aumentado un 75 % en tres años, lo que cierra el círculo: el pacto con la población ha pasado de ser prosperidad a cambio de silencio a silencio impuesto por la fuerza.
¿Qué significa esto para Ucrania y para el lector?
La lectura editorial que hace VisualPolitik es que, aunque el frente avance muy lentamente, la guerra de Ucrania no terminará por el descontento social ni por la presión económica tradicional. Ha surgido un entramado de intereses —los siloviki y la industria militar— que se alimenta del conflicto y que hoy ocupa los puestos de influencia que antes detentaban quienes preferían vender gas a Europa. Cualquier negociación de paz requeriría no solo convencer a Putin, sino desmontar una estructura de poder que, literalmente, vive de la guerra.
Mientras tanto, el ciudadano europeo ve cómo la inflación energética y la inestabilidad geopolítica se cronifican. Como señala el canal, la única certeza es que, sin un cambio en la cúpula del Kremlin, la contienda puede durar bastantes más años de los que muchos esperan. Quizá la pregunta no es si Putin quiere parar, sino si alguien con poder real en Moscú dejará de beneficiarse del conflicto lo suficiente como para hacérselo saber.
Puedes ver el análisis completo en el vídeo de VisualPolitik:





