1300 millones de católicos recibieron ayer una carta sobre inteligencia artificial. No es un documento pastoral cualquiera. Es la primera encíclica del pontificado de León XIV, 235 páginas dedicadas a una sola pregunta: qué hacer con una tecnología capaz de redefinir qué es el trabajo, qué es pensar. Y entre los invitados a la presentación en el Vaticano no solo había cardenales. Había también un nombre que, según Marc Vidal, debería hacernos levantar la ceja: Chris, cofundador de Anthropic, una de las tres empresas más poderosas del planeta en inteligencia artificial. El analista dedica su último vídeo a desmenuzar el documento y la escena. Esto no va de religión, insiste. Va de entender qué pide realmente el Papa, por qué lo pide ahora y por qué esa petición se estrella contra una pared estructural que la propia encíclica no nombra.
Una palabra que no es casual: ‘desarmar’
La encíclica Magnífica Humanitas se firmó el 15 de mayo, 135 años exactos después de Rerum Novarum, el texto con el que León XIII marcó la doctrina social de la Iglesia ante la primera revolución industrial. León XIV eligió su nombre pontificio como homenaje a aquel antecesor. Pero la frase que Vidal subraya no es un gesto histórico; es una provocación deliberada. «La inteligencia artificial debe ser desarmada«, escribió el Papa. No regulada, no controlada: desarmada. Durante la presentación, León XIV explicó que escogió el verbo porque este momento exige palabras capaces de captar la atención, y añadió que desarmar la IA significa liberarla de las lógicas que la convierten en instrumento de dominio, exclusión o muerte. Vidal lo resalta con énfasis: «El líder espiritual de 1300 millones de personas acaba de utilizar el lenguaje del desarme militar».
El constructor de la máquina, en primera fila
Vidal reconstruye la imagen: en la sala estaba Chris, cofundador de Anthropic, la empresa que construye algunos de los modelos de inteligencia artificial más avanzados del planeta. No es una compañía de redes sociales ni de comercio electrónico. Su único producto ahora mismo son sistemas que razonan, generan lenguaje, escriben código y empiezan a ejecutar tareas que hasta hace poco pedían equipos humanos. Para el analista, la comparación histórica es brutal: sería como si en 1891, mientras León XIII firmaba Rerum Novarum, en la primera fila del Vaticano se hubiera sentado Andrew Carnegie o John D. Rockefeller. «El Vaticano convoca al constructor de la máquina para escuchar la declaración moral sobre la máquina. No para confrontarlo, para incluirlo», resume. La imagen condensa, a juicio de Vidal, el problema de fondo.
Los datos que enfrían el apocalipsis laboral
El vídeo da un giro inesperado. Lejos de alimentar la narrativa de una destrucción masiva de empleo joven por culpa de la IA, Vidal repasa cifras que la desmienten, al menos por ahora. Un análisis de millones de ofertas de empleo del Financial Times indica que la desaceleración en la contratación juvenil responde sobre todo a la subida de tipos de interés y la resaca pospandemia; el descenso comenzó a mediados de 2022, antes de la explosión de ChatGPT. The Atlantic ha llamado a esto «espejismo estadístico». El economista Ernie Tedeschi ha mostrado que desde junio de 2023 el desempleo entre jóvenes en Estados Unidos ha crecido más en ocupaciones menos expuestas a la IA, como construcción o entrenamiento personal. Y un estudio de Will Raderman para Employ America documenta que los recién graduados en sectores con mayor uso de inteligencia artificial han tenido resultados de empleo ligeramente mejores que antes, no peores. Goldman Sachs estima un impacto real pero modesto: unos 16.000 puestos mensuales menos en la nómina estadounidense y apenas un 0,1% más de paro. «No son los graduados que suelen abuchear a los directivos tecnológicos», ironiza Vidal.
‘Ningún papa va a corregir por decreto moral la asimetría estructural del tecnofeudalismo. Nombrar un problema no es resolverlo’.
— Marc Vidal
La coartada perfecta de las grandes tecnológicas
Si los datos no sostienen el colapso, ¿de dónde sale la sensación de catástrofe inminente? Vidal apunta a una hipótesis incómoda: la narrativa apocalíptica sirve como escudo corporativo. Recuerda que a finales de 2022 las big tech habían contratado de forma agresiva durante la pandemia y, cuando la demanda se estabilizó, los accionistas exigieron explicaciones. Amazon anunció más de 55.000 despidos, Microsoft 30.000, Google 12.000. Meta justificó un recorte del 10% de plantilla y el cierre de 6.000 vacantes con una inversión masiva en IA de 600.000 millones de dólares hasta 2028, cuando el motivo real, según el analista, era que las ganancias no compensaban el gasto desorbitado en centros de datos y salarios de élite. Klarna presumió de automatizar su atención al cliente y meses después tuvo que recontratar empleados. Air Canada perdió un juicio porque su chatbot dio información errónea. «Como dijo John Kenneth Galbraith, uno de los logros más singulares del capitalismo ha sido convencer al mundo de que sus problemas son obra de otros», cita Vidal. La IA se ha convertido, a su juicio, en la excusa perfecta para esconder errores de previsión.
La trampa del paralelismo histórico
El corazón del análisis de Vidal está en un desajuste estructural que la encíclica no alcanza a nombrar. Rerum Novarum funcionaba porque el capital industrial necesitaba al obrero; había un conflicto entre dos partes que se necesitaban mutuamente y, por tanto, algo que negociar. Pero la inteligencia artificial que describe León XIV no requiere masas trabajadoras para generar valor. Solo necesita chips, electricidad para refrigerar centros de datos y un puñado de ingenieros con salarios de siete cifras. «La masa trabajadora en este modelo no es generadora de fuerza productiva. Es, en el mejor de los casos, consumidora del servicio. En el peor, prescindible», advierte Vidal, invocando el concepto de tecnofeudalismo que popularizó Yanis Varoufakis. Una encíclica moral que exige no dejar la IA en manos de unos pocos carece de mecanismo de implementación si esos pocos no tienen necesidad estructural de negociar con los muchos.
¿Desarmar a quién?
Aquí entra de nuevo la figura de Chris, el cofundador de Anthropic sentado en la sala. Cuando el Papa pide desarmar la inteligencia artificial y lo hace delante de uno de los principales arquitectos de la tecnología, no estamos ante un acto de denuncia, sino ante un acto de invitación, sostiene Vidal. «El Vaticano no condena, convoca. Pide a quien construye el arma que la modere voluntariamente. Es una posición moralmente impecable, pero operativamente débil». El economista Joseph Stiglitz ya advirtió que la regulación suele ser capturada por la industria. Y Vidal se pregunta si una encíclica puede escapar de esa lógica cuando el regulador moral comparte sala con el regulado material. La buena voluntad sin palanca material es puro testimonio. No es política, lo diga el Papa o quien lo diga.
Una conversación que sigue siendo política
Marc Vidal cierra el vídeo con una idea que se aleja del fatalismo. La pregunta perezosa es si la IA va a cambiar el mundo. La pregunta interesante es quién decide qué parte del cambio es inevitable y qué parte es una elección presentada como inevitable. La encíclica es sincera, los datos sobre el espejismo estadístico son rigurosos y la instrumentalización corporativa es real. Las tres cosas, afirma, son verdad al mismo tiempo. Pero la solución no vendrá de pedir a los pocos que sean más generosos. Vendrá de modificar la estructura que les permite ser pocos. «Esto no va de cartas ni de noticias. Esto va de que alguien disponga que no pueden ser propietarios de toda la inteligencia artificial», concluye. Y mientras eso llega, propone una herramienta más modesta: aprender a distinguir entre lo que la tecnología hace y lo que se dice que hace, porque la IA apocalíptica no es inevitable; es, en buena parte, una decisión empresarial vestida de destino.





