Romanos coleccionistas de monstruos marinos: el hallazgo que reescribe la historia de la zoología antigua

El hallazgo de un fósil de ictiosaurio en una fosa del siglo II en Colchester evidencia que los antiguos ciudadanos atesoraban restos de grandes reptiles marinos milenios antes de que existiera la paleontología. Junto con otro hallazgo similar de un plesiosaurio, los arqueólogos

Los romanos coleccionaban arte, joyas y estatuas, pero también reunían algo mucho más extraño: monstruos marinos de verdad. Un equipo de arqueólogos ha revelado el caso más antiguo documentado de un ser humano atesorando restos fósiles: un hueso de ictiosaurio, un reptil oceánico del Mesozoico, hallado en una fosa doméstica del siglo II en la antigua Colchester, la Camulodunum romana.

El hallazgo, publicado en la revista Britannia, ha sido liderado por Patrick Spencer, del Colchester Archaeological Trust. En el interior de una cavidad artificial excavada en el yacimiento de la actual ciudad inglesa, los arqueólogos desenterraron un repertorio de cucharas para el aseo y vasijas de cerámica, y junto a ellos, un fragmento óseo fosilizado que no encajaba con el menaje cotidiano.

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Lo que escondía la fosa de Colchester

El ictiosaurio —un depredador marino que alcanzaba los 4 metros de largo y los 90 kilos en sus formas comunes— se extinguió hace 90 millones de años, pero su aspecto imponente y sus dientes afilados debieron provocar asombro en quien lo encontró. El espécimen desenterrado, una vértebra bien conservada, apareció depositado en una especie de nicho tallado, rodeado de objetos cotidianos que hablan de un gesto deliberado.

Los investigadores creen que el coleccionista pudo ser un operario de la cantera cercana de piedra arenisca verde que localizó el fósil durante su jornada laboral. «Es posible que esto refleje el impulso humano común de recoger objetos extraños y atractivos», explicó Spencer en el comunicado. No hay indicios de que el ciudadano pretendiera venderlo: lo guardó en un rincón protegido de su hogar, entre sus enseres más personales.

Aún se desconoce el significado exacto que le atribuyó aquel romano. Pudo ser un amuleto, una curiosidad decorativa o un objeto de prestigio. Lo cierto es que el gesto de ocultar un resto de una fiera extinta entre cucharas y jarras revela una conexión íntima con el pasado natural que hoy resulta fascinante.

La misma criatura que en su día dominó los océanos acabó convertida en el tesoro privado de un romano anónimo, custodiado entre espátulas y jarras de cocina.

El plesiosaurio que refuerza la hipótesis

El hallazgo de Colchester no es un caso aislado. Hace tres años, otro equipo de arqueólogos localizó en una fosa romana un fragmento de la columna vertebral de un plesiosaurio, otro reptil marino extinto. Aquel yacimiento, también en Britania, abarcaba desde mediados del siglo II hasta finales del siglo IV y mostraba un estado de conservación excepcionalmente óptimo.

Andrew Greef, investigador implicado en el descubrimiento previo, reconocía entonces la ambigüedad del hallazgo: «Hay pruebas que demuestran que los romanos encontraron estas cosas, pero solo puedes imaginar lo que podrían haber pensado que tenían». La coincidencia geográfica y cronológica de ambos yacimientos apoya la idea de una práctica cultural más extendida de lo que se suponía.

Patrick Spencer subraya que la excelente preservación de los fósiles en contextos domésticos revela que los antiguos britorromanos otorgaban un valor estético o simbólico muy especial a estas piezas. No eran desechos accidentales, sino objetos seleccionados y custodiados con esmero durante décadas.

Mito y ciencia en la mente romana

La fascinación por los grandes huesos fosilizados hunde sus raíces en la antigüedad clásica. Los griegos ya interpretaban cráneos de mamuts y fémures de dinosaurios como restos de gigantes y cíclopes. Es probable que los romanos de Britania, al toparse con vértebras de ictiosaurio o plesiosaurio, las relacionaran con bestias mitológicas o leyendas locales de serpientes marinas.

No estamos ante paleontólogos en el sentido moderno: no hay rastro de estudios comparados ni afán sistemático. Pero estos hallazgos demuestran que la curiosidad por lo extinto es mucho más antigua de lo que databan los manuales de historia de la ciencia. Antes de que Aristóteles redactara sus tratados sobre animales y más de 1.500 años antes de la paleontología, un cantero romano ya guardaba en su casa un trozo de reptil oceánico como quien hoy guarda un meteorito.

La psique humana, atraída por lo imponente y lo desconocido, no ha cambiado tanto. La pregunta que dejan estos fósiles sigue abierta: ¿qué sentían al tener entre las manos aquello que, en su universo simbólico, bien podría haber engullido una embarcación? Quizá, sencillamente, la misma mezcla de pavor y admiración que sentimos hoy al ver una ballena varada.

criaturas marinas antigua Roma

🔬 Ficha del Descubrimiento

  • Qué se ha descubierto: El caso más antiguo documentado de coleccionismo humano de fósiles: un hueso de ictiosaurio guardado deliberadamente en una vivienda romana del siglo II.
  • Dónde: Colchester, la antigua Camulodunum, en la provincia romana de Britania (actual Inglaterra).
  • Institución responsable: Colchester Archaeological Trust; estudio publicado en la revista Britannia.
  • Cuándo: El fósil data del Mesozoico (hace unos 90 millones de años) y fue recolectado hacia el siglo II d.C.
  • Impacto a futuro: Amplía en más de un milenio la historia conocida del coleccionismo de fósiles y abre una ventana a la mentalidad romana frente a los monstruos marinos prehistóricos.

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