Una de las revistas más influyentes del mundo cruzó esta semana una línea que llevaba años evitando. The Economist, la publicación que lee el Banco Central Europeo y que ningún ministro de economía se permite ignorar, puso en portada dos palabras: Jobs Apocalypse. Debajo, en letra más pequeña pero con igual peso: Hoped for the best, plan for the worst.
Marc Vidal, analista económico y divulgador especializado en transformación digital, lo interpretó como una alarma impactante sobre el avance de la inteligencia artificial: «Cuando el árbitro más sobrio de la ortodoxia económica liberal decide cambiar de tono, deberíamos preocuparnos aún más».
Inteligencia artificial: El argumento que siempre funcionó ya no cierra

Durante dos siglos, la economía tuvo una respuesta tranquilizadora para cada oleada tecnológica: la máquina destruye empleos concretos, pero crea más de los que elimina. Los telares automáticos borraron a los tejedores a mano y parieron ingenieros mecánicos. El automóvil mató al carretero y dio vida a una industria entera de carreteras, talleres y seguros. The Economist lo reconoce, lo ha citado siempre, y luego añade algo que desde esa publicación tiene el peso de una confesión: «la industria no siempre es buena guía para el futuro».
Para explicar por qué, la revista rescata el concepto de la pausa de Engels, ese período entre 1780 y 1840 en que la productividad industrial se disparó, el PIB creció y los salarios reales de los trabajadores simplemente se estancaron. La riqueza se generó; simplemente fue a parar a los propietarios del capital.
Lo que Vidal señala es que los modelos de inteligencia artificial actuales ya abordan tareas de codificación que hace apenas dos años eran ciencia ficción, que el gasto empresarial en IA crece de forma exponencial y que los ingresos de compañías como Anthropic ya apuntan a los 50.000 millones de dólares anuales. «No hay evidencia de destrucción masiva de empleo todavía», reconoce el analista, «pero ante la velocidad a la que avanza la inteligencia artificial, sería imprudente desestimarlo».
El problema no es tecnológico, es político
The Economist identifica algo que Vidal considera el giro más revelador del artículo: los trabajadores de cuello blanco amenazados por la inteligencia artificial tienen más poder político y social que los obreros que en su momento perdieron ante la competencia china.
Cuando el China Shock de los 2000 dejó sin empleo a dos millones de estadounidenses entre 1999 y 2011, eso equivalió, según la propia revista, a un mes típico de despidos concentrado en comunidades específicas. Fue suficiente para transformar la política occidental. Ahora el impacto potencial apunta a despachos de abogados en Madrid, equipos de análisis en Frankfurt, redacciones en cualquier ciudad. Gente con estudios universitarios, hipotecas en zonas urbanas y capacidad de articular su malestar.
La revista agrupa las respuestas posibles en tres bloques: frenar la tecnología, aplicar reformas fiscales que capturen parte de las rentas generadas por la IA, o avanzar hacia alguna forma de participación ciudadana en los beneficios de las empresas tecnológicas. Vidal es escéptico del Estado como gestor del capital tecnológico, no por ideología sino por evidencia histórica.
Pero su preocupación principal no es lo que The Economist propone, sino lo que nadie propone: los gobiernos regulan el uso de la inteligencia artificial sin estimular una transición ordenada; las empresas adoptan la IA como herramienta de reducción de costes sin ningún plan para los trabajadores desplazados; y la conversación pública sigue atrapada entre quienes niegan el problema y quienes ofrecen soluciones que generan problemas distintos.
La renta básica universal, que sonará cada vez más en los próximos meses, tampoco le convence sin matices. «No es emancipación», advierte Vidal: «se convierte en una dependencia estructural que es tecnofeudalismo con subsidio». Una prestación que depende de que quienes concentran el capital, precisamente las empresas de inteligencia artificial y sus accionistas, decidan seguir pagando.
Para el especialista, ni a los gobiernos que llegan tarde, ni a las empresas sin incentivos para actuar, ni a quienes esperan que la adaptación sea una responsabilidad exclusivamente individual. «El apocalipsis del empleo no es una certeza, pero ya no es ciencia ficción. Es un escenario que hay que planificar», asegura.






