Los repetidos ataques ucranianos contra las refinerías rusas han desencadenado una crisis de desabastecimiento de combustible con un impacto sistémico. Hoy, por primera vez, el viceprimer ministro ruso, Alexandr Nóvak, ha admitido la existencia de un déficit nacional de gasolina y de colas en las gasolineras. He seguido de cerca la evolución de este conflicto energético porque sus réplicas no se limitan a las estaciones de servicio rusas: están tensando los mercados globales de productos refinados y pueden llegar al bolsillo del consumidor europeo.
El desplome de la popularidad y el déficit que el Kremlin ya no puede negar
Los datos publicados por el Centro Ruso de Estudio de la Opinión Pública (VTsIOM) reflejan un deterioro acelerado de la confianza ciudadana. La crisis del combustible ha sido el detonante:
- La confianza en Vladímir Putin cayó 1 punto porcentual en la última semana, hasta el 72,3 %.
- La aprobación de la gestión presidencial retrocedió al 66 %, casi dos puntos menos que hace quince días.
- Ambos indicadores llevan dos semanas consecutivas de descensos, algo que no se veía desde abril, cuando VTsIOM modificó la metodología de los sondeos para incluir entrevistas personales y frenó artificialmente la caída.
- Plataformas digitales rusas han creado mapas interactivos en tiempo real para localizar las pocas gasolineras que aún tienen existencias.
La carestía golpea con especial dureza a la península anexionada de Crimea, donde los precios se han disparado. Según medios internacionales, la crisis afecta ya a un tercio de los 145 millones de habitantes del país. Y, a falta de poco más de dos meses para las elecciones legislativas, la intención de voto del partido oficialista Rusia Unida también se resiente.
“Debemos reconocer que hay problemas y existe un déficit, por lo cual observamos colas. A veces las gasolineras no funcionan de manera estable. El déficit se debe a razones comprensibles, debido a que la refinerías dejan de funcionar parcialmente por los ataques de drones” ucranianos.
— Alexandr Nóvak, viceprimer ministro ruso, 10 de julio de 2026
¿Por qué las refinerías son el punto débil de la economía de guerra rusa?
Lo que veo en esta crisis es un cambio cualitativo en la guerra económica. Durante meses, Moscú intentó minimizar los ataques atribuyendo los cortes de suministro a un pánico de los consumidores. La admisión de Nóvak desmonta esa narrativa. La pérdida parcial de capacidad de refinado no solo dificulta el abastecimiento interno; reduce los excedentes exportables de diésel y nafta, dos de los principales productos con los que Rusia obtiene divisas más allá del petróleo crudo.
Además, la coincidencia con el calendario electoral amplifica el malestar. El hartazgo con la guerra, la contracción económica y el bloqueo de internet ya erosionaban el apoyo a Putin. Ahora, la imagen de largas colas en las gasolineras agrava la percepción de que el Kremlin no protege a sus propios ciudadanos. Los mercados energéticos globales, por su parte, empiezan a descontar una menor disponibilidad de diésel ruso en el segundo semestre, lo que podría añadir presión alcista a los precios internacionales justo cuando la demanda europea se recupera tras el invierno.
🌍 El impacto en España y Europa
La crisis rusa de combustible tiene una traducción directa para los consumidores españoles y europeos:
- Rusia sigue siendo un exportador relevante de diésel. Cualquier merma sostenida de su capacidad de refinado tensa el mercado mediterráneo y eleva los precios mayoristas que luego se trasladan a los surtidores españoles.
- Aunque el Euríbor no se mueva por este motivo, un encarecimiento de los carburantes reaviva la inflación subyacente de la eurozona, complicando la hoja de ruta del BCE para seguir relajando los tipos este otoño.
- Las empresas españolas con flotas de transporte y las industrias intensivas en energía notarían el incremento en sus costes operativos, justo cuando la economía daba señales de estabilización.
En definitiva, la crisis de las refinerías rusas es un recordatorio de que la guerra no solo se libra en el campo de batalla: se juega en los indicadores de confianza y en el depósito de gasolina de cada hogar.




