La planta de Volkswagen en Navarra amaneció este jueves con una mezcla de alivio y desconfianza. La dirección del grupo ha pospuesto los cierres de fábricas más drásticos, pero activa una profunda poda industrial que mantiene en vilo a más de 4.500 trabajadores de la factoría de Pamplona.
Aplazados pero no cancelados: el plan de ajuste sigue en marcha
El grupo con sede en Wolfsburgo (Volkswagen) ha aplazado el cierre de sus plantas más amenazadas en Alemania, pero la dirección de Oliver Blume no ha renunciado a un ajuste de costes que persigue ahorrar 10.000 millones de euros de aquí a 2028. La reestructuración afectará inevitablemente a la capacidad productiva y a la plantilla global, que supera los 300.000 empleados, según fuentes cercanas al comité de empresa.
El motor financiero de la poda es la caída del margen operativo, lastrado por la guerra de precios con los fabricantes chinos y el retraso en la electrificación. El grupo alemán prevé eliminar hasta 30.000 puestos de trabajo indirectos en sus factorías europeas durante los próximos tres años, una amenaza que sobrevuela también Navarra.
En Alemania, los sindicatos han protagonizado jornadas de protesta masiva, con paros de 24 horas y concentraciones que han bloqueado el centro de Wolfsburgo. La falta de claridad de la dirección sobre qué plantas se verán más castigadas ha alimentado un clima de desconfianza que ya se ha trasladado a otras filiales europeas.
En España, la situación no es menos tensa. La planta de Pamplona, especializada en la producción del Polo y el T-Cross, depende en buena medida de modelos de combustión interna, justo la tecnología que el grupo quiere ir progresivamente abandonando. La mayoría de los sindicatos locales ha pedido una reunión urgente con la dirección de la factoría para exigir un plan de carga de trabajo que blinde los próximos ejercicios.
Navarra se mantiene en un limbo industrial donde la calma es solo el respiro antes del posible temporal.
Chivite: «Navarra, tranquila», pero la sombra del recorte alarga
La presidenta de Navarra, María Chivite, lanzó este miércoles un mensaje de aparente confianza. «De momento, Navarra, tranquila», afirmó ante los medios, subrayando que la dirección del grupo no ha comunicado ninguna reducción inminente de empleo en la planta. Sin embargo, la mandataria regional reconoció que la incertidumbre es grande y que se mantiene en «contacto permanente» con la dirección de Volkswagen.
Esa tranquilidad choca con la realidad de un sector automovilístico que pierde fuelle. Las matriculaciones en Europa siguen por debajo de los niveles prepandemia y la cuota de los eléctricos no termina de despegar, lo que obliga a los fabricantes a mantener abiertas líneas de combustión que ya no son tan rentables. Navarra, con su especialización en pequeños SUV y utilitarios, se enfrenta a un horizonte en el que cualquier reducción de la demanda podría precipitar ajustes de plantilla.
Fuentes sindicales consultadas por esta redacción señalan que la planta de Pamplona ha perdido ya varios proyectos de electrificación que se han derivado a otras fábricas del grupo en Europa del Este, donde los costes laborales son hasta un 40% más bajos. Ese riesgo de deslocalización es el verdadero fantasma que sobrevuela la factoría.
La encrucijada de la automoción española
El caso de Volkswagen Navarra es un síntoma de la encrucijada que atraviesa toda la industria del automóvil en España. El país es el segundo mayor fabricante europeo, pero su dependencia del motor de combustión es superior a la de Alemania o Francia. La transición al vehículo eléctrico exige inversiones multimillonarias que los fabricantes no están dispuestos a hacer sin una demanda sólida y sin ayudas públicas estables.
En ese tablero, Navarra compite directamente con plantas de la República Checa, Eslovaquia o Polonia, donde los costes laborales y la flexibilidad son mayores. Si la dirección de Volkswagen decide concentrar la producción de modelos eléctricos en esas ubicaciones, Pamplona podría quedar relegada a una función de ensamblaje de vehículos de combustión solo mientras haya mercado. El tiempo, en este caso, juega en contra.
A medio plazo, la supervivencia de la planta dependerá de su capacidad para captar un modelo enchufable de alto volumen que garantice carga de trabajo más allá de 2030. De momento, ese encargo no ha llegado, y el silencio de Wolfsburgo sobre el futuro industrial de Navarra se vuelve cada día más elocuente.




