Hay una pregunta que la doctora Radharani Jiménez escucha en consulta una y otra vez: ¿por qué estoy engordando si hago exactamente lo mismo de siempre? La respuesta, dice esta ginecóloga especializada en salud hormonal, tiene una explicación biológica clara que durante demasiado tiempo ha quedado sepultada bajo eufemismos y silencios. «La menopausia sí engorda. No sé por qué lo hemos maquillado tanto y por qué da miedo reconocerlo», asegura.
Jiménez, autora de tres libros sobre salud femenina y hormonal, lleva años reivindicando que la perimenopausia existe, que no está en la cabeza de las mujeres y que tiene soluciones concretas. Para ella, el problema empieza mucho antes de lo que la mayoría imagina.
Menopausia: Un proceso que comienza diez años antes de la última regla

Uno de los mitos más extendidos sobre la menopausia es que empieza cuando desaparece la menstruación. La doctora Jiménez lo desmonta con un dato: la perimenopausia puede durar entre siete y diez años antes de la última regla, y sus efectos sobre el organismo son ya muy reales en esa etapa previa. Esperar a que el ciclo se detenga para pedir ayuda es, según ella, un error con consecuencias para la salud ósea, cardiovascular y mental de las mujeres.
La explicación biológica arranca incluso antes. Las mujeres nacen con alrededor de dos millones de óvulos y los van perdiendo a lo largo de toda la vida, sin haber tenido aún la primera regla. «A los cuarenta años nos queda un tres por ciento de óvulos sanos», explica Jiménez. Esa reducción progresiva altera el equilibrio entre hipotálamo, hipófisis y ovarios, y provoca que las tres hormonas que producen los ovarios —estradiol, progesterona y testosterona— empiecen a fluctuar de forma errática.
Lo primero en disminuir es la progesterona, que es también una neurohormona: regula el GABA, el neurotransmisor vinculado a la calma, el sueño y la relajación. De ahí que entre los síntomas más frecuentes de la perimenopausia no estén los sofocos, como suele creerse, sino los cambios emocionales: ansiedad, tristeza, irritabilidad, mayor reactividad al estrés. Muchas mujeres son diagnosticadas de fibromialgia, insomnio crónico o trastornos del ánimo sin que nadie les haya explicado que el origen puede estar en sus ovarios.
Jiménez señala también que esperar a perder la regla para acudir al especialista es un error que ella compara con dejar que el coche se quede sin combustible en medio de la carretera. «Puedes tener reglas regulares y estar en perimenopausia. No hay que dejar de menstruar para pedir ayuda», insiste. Mientras tanto, sin intervención ni información, la masa ósea disminuye, el riesgo cardiovascular aumenta y la calidad de vida se deteriora en silencio.
Ni dietas restrictivas ni suplementos milagrosos: las hormonas se tratan con hormonas
El aumento de peso es una de las quejas más frecuentes en consulta y también una de las más minimizadas por el sistema sanitario. Jiménez asegura que lo que ocurre en la menopausia no es exactamente engordar en el sentido coloquial, sino un cambio en la composición corporal. Los estrógenos regulan la distribución del tejido graso y la sensibilidad a la insulina. Cuando caen, el cuerpo tiende a acumular grasa en la zona abdominal y a perder masa muscular, una combinación desfavorable tanto estética como metabólicamente.
A eso se suman los efectos del mal sueño —otro síntoma muy prevalente—, que desregula las hormonas del apetito y reduce la energía para hacer ejercicio. Y cuando las mujeres intentan corregirlo por su cuenta recortando carbohidratos o restringiendo grupos de alimentos, el resultado suele ser el contrario al esperado: más ansiedad, más antojos y, con frecuencia, más peso. «Las dietas restrictivas no sirven para nada», afirma Jiménez. «Solo aumentan la ansiedad y la frustración».
Lo mismo ocurre con los suplementos. La doctora reconoce su utilidad en casos concretos —creatina, vitamina D, magnesio, omega 3 de calidad, péptidos de colágeno— pero es taxativa en un punto: ningún suplemento reemplaza a una hormona. «Cuando faltan hormonas, los problemas hormonales se resuelven con hormonas», repite, y critica que el miedo infundado a la terapia hormonal sustitutiva lleve a muchas mujeres a acumular fármacos con más efectos secundarios que los que querían evitar.
En ese sentido, también desmonta otro de los argumentos que más frenan a las pacientes: «Las hormonas bioidénticas no aumentan el riesgo de cáncer». La confusión, explica, viene de un estudio antiguo que evaluaba un tipo de hormonas distinto y cuyas conclusiones se han ido matizando con la investigación posterior.





