Un dron provocó un incendio en el perímetro de seguridad de la central nuclear de Barakah, en Emiratos Árabes Unidos, y el director general del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), Rafael Grossi, ha lanzado una advertencia sin precedentes: un impacto directo sobre el reactor podría liberar grandes cantidades de radiactividad y provocar una catástrofe humanitaria y medioambiental en toda la región.
La planta, la primera central nuclear de los Emiratos y pilar del plan de diversificación energética del país, se encuentra en el centro del debate tras el incidente registrado el pasado domingo. Según ha informado El Periódico de la Energía, Grossi compareció por videoconferencia ante el Consejo de Seguridad de la ONU para calificar la situación de «gravísima» y recordar que las centrales nucleares están protegidas por el derecho internacional humanitario.
La advertencia del OIEA: un ataque directo a Barakah podría ser catastrófico
La intervención de Grossi puso el foco en un escenario que, hasta ahora, solo se contemplaba en el peor de los casos. «En caso de que se ataque la central de Barakah de forma directa, se podría generar una gran liberación de radioactividad en el entorno», afirmó. El director del OIEA detalló que si el suministro eléctrico se desactiva, los sistemas de refrigeración podrían fallar y aumentar la probabilidad de altos niveles de radiación. Un portavoz de la central confirmó que el incendio afectó a una instalación eléctrica externa y que fue necesario recurrir a los generadores diésel de emergencia para mantener la estabilidad.
Las palabras de Grossi, recogidas en la declaración oficial del OIEA, subrayan la fragilidad de estas infraestructuras ante ataques remotos. No se ha confirmado la autoría del dron, pero el episodio se produce en un contexto de máxima tensión regional. «Estos ataques son aún más peligrosos cuando se llevan a cabo en zonas pobladas«, recordó el responsable, mencionando el precedente de la central ucraniana de Zaporiyia, bajo ocupación rusa desde 2022. Miembros del Consejo de Seguridad, como Francia y Rusia, han solicitado una investigación independiente para determinar el origen exacto del dron y evaluar posibles violaciones del derecho internacional.
El suministro eléctrico de la zona afectada pudo ser restaurado posteriormente, un paso positivo según el OIEA. Sin embargo, la mera existencia de un dron no identificado en las inmediaciones de una planta operativa ha hecho saltar las alarmas de los reguladores nucleares de todo el mundo. Barakah cuenta con cuatro reactores de diseño surcoreano APR-1400, con una capacidad conjunta de 5.600 MW, suficientes para abastecer a un país entero como EAU. La propia Emirates Nuclear Energy Corporation (ENEC) ha asegurado que la planta nunca ha sufrido un incidente nuclear y que los sistemas de seguridad funcionaron correctamente. Aun así, el mercado de seguros de riesgo nuclear ya ha empezado a revisar las primas para las centrales de la región, según fuentes del sector asegurador londinense.
A corto plazo, la cotización de los bonos soberanos de EAU apenas se ha movido, pero analistas de Barclays advierten de que una repetición del incidente podría disparar las primas de riesgo país en toda la región.
El polvorín de Oriente Medio: la escalada entre Estados Unidos e Irán y el papel de los drones
Oriente Medio vive una nueva espiral de violencia desde que Estados Unidos e Irán iniciaran una serie de ataques directos y represalias. El pasado mes, Washington llevó a cabo bombardeos selectivos contra posiciones de la Guardia Revolucionaria iraní, y Teherán respondió con misiles contra bases militares de países aliados en la región. En ese tablero de juego, los drones comerciales y armados se han convertido en un arma de precisión barata y difícil de interceptar.
El incidente de Barakah no ha sido reivindicado, pero los analistas apuntan a actores no estatales que operan con apoyo de Irán, como los hutíes en Yemen, que ya habían atacado infraestructuras energéticas saudíes con drones de largo alcance. Fuentes de inteligencia occidentales, consultadas bajo condición de anonimato, sugieren que la operación podría ser un mensaje para recordar la capacidad de golpear en puntos estratégicos, incluida la joya del programa nuclear civil emiratí.
La Administración estadounidense, que mantiene un acuerdo de cooperación nuclear civil con EAU (el llamado ‘123 Agreement’), ha condenado enérgicamente el ataque y ha ofrecido asistencia técnica para reforzar la defensa antiaérea de la planta. Por su parte, Irán ha negado cualquier implicación, aunque en sus canales afines a la Guardia Revolucionaria se ha difundido propaganda que celebra ‘la capacidad de golpear el corazón de los enemigos’. El silencio de Teherán, que habitualmente condena cualquier acción contra instalaciones nucleares, resulta llamativo y alimenta las especulaciones sobre su posible implicación indirecta.

Centrales nucleares como objetivo de guerra: una vulnerabilidad global que exige nuevas reglas
La amenaza no es nueva. Ya en 1981, Israel bombardeó el reactor iraquí de Osirak antes de que entrara en funcionamiento. Más recientemente, la central de Zaporiyia ha visto cómo los combates entre tropas rusas y ucranianas ponían en peligro sus sistemas de seguridad. Pero el caso de Barakah añade una dimensión inquietante: un dron de bajo coste y sin piloto puede penetrar con relativa facilidad el espacio aéreo de un país altamente vigilado y poner en jaque una instalación protegida por el derecho internacional. Allí, los constantes bombardeos han forzado al OIEA a establecer una presencia permanente, pero el riesgo sigue latente.
Desde el punto de vista de la seguridad energética, el ataque no solo amenaza a los 10 millones de habitantes de los EAU, sino al modo en que los países del Golfo están intentando diversificar su matriz. Emiratos ha invertido más de 30.000 millones de dólares en su programa nuclear pacífico, con la ambición de generar el 25% de su electricidad a partir de esta fuente en 2025. Cualquier percepción de vulnerabilidad podría ralentizar los planes nucleares de otros estados de la región, como Arabia Saudí, que planea construir 16 reactores en las próximas dos décadas.
La tecnología de drones suicidas o ‘loitering munitions’ ha proliferado de manera exponencial. Según un informe del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), más de 30 países operan ahora sistemas armados no tripulados con capacidades de ataque de precisión. Eso convierte a una central nuclear en un blanco potencialmente accesible para un espectro mucho más amplio de actores armados, desde grupos insurgentes hasta Estados con capacidades limitadas.
La comunidad internacional se enfrenta a un dilema. El derecho internacional humanitario prohíbe los ataques a instalaciones que contengan fuerzas peligrosas, incluidas las centrales nucleares, siempre que no se utilicen con fines militares. Pero la experiencia muestra que, en conflictos híbridos, atribuir la autoría de un ataque con drones es complejo y la disuasión se diluye. Como periodista que cubre desde hace años el sector energético, creo que urge un protocolo específico de protección aérea para centrales nucleares y una mayor cooperación entre organismos como el OIEA y las fuerzas de seguridad nacionales.
La pregunta que queda en el aire es si, en un mundo donde los drones son accesibles para cualquier grupo armado, las salvaguardas nucleares son suficientes. El incidente de Barakah ha sido un susto, no una tragedia. Pero el margen de error es ínfimo. Quizá se necesiten zonas de exclusión aérea reforzadas y sistemas antidrón avanzados como estándar obligatorio en todas las centrales del mundo. Mientras tanto, la comunidad internacional asiste a otra prueba de que el riesgo nuclear no solo viene de las bombas, sino de la incapacidad de proteger lo que ya está operando en el corazón de nuestras economías.




