Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, Jesús G. Maestro lleva mucho tiempo enseñando que la razón no es un lujo intelectual sino una herramienta de supervivencia. En una conversación con Javier Santaolalla Camino (físico e ingeniero) que desborda los límites de la física y la filología, este profesor universitario defiende que la ciencia, la literatura y la libertad comparten un mismo campo de batalla, y que hoy ese campo está más minado que nunca.
«Hoy día vivimos en un mundo en el que, invocando a la ciencia, se usa la ciencia para engañar al ser humano», afirma. No es una intervención ingeniosa. Es la síntesis de una trayectoria intelectual que incluye obras como Una filosofía para sobrevivir en el siglo XXI y El fracaso de la felicidad, y que tiene en el Quijote su ancla más firme.
La ciencia como campo de disputa ideológica

Maestro no cree en la ciencia aséptica. Para él, la neutralidad científica es casi una ficción institucional. «La ciencia puede estar contaminada por ideología; siempre lo está», sostiene. Los científicos no trabajan en el vacío: trabajan con presupuestos, dentro de estados, al servicio de empresas. «Los científicos no investigan sobre lo que quieren, sino sobre las partidas presupuestarias que el poder pone a su disposición», precisa. Y añade algo que suena provocador pero tiene lógica interna: «La ciencia no la hacen las universidades; la hacen los estados y las empresas».
Eso no lo lleva al escepticismo ni al nihilismo. Al contrario. Si la ciencia puede ser usada para engañar, el antídoto no es rechazarla sino entenderla mejor. El ejemplo que le resulta más elocuente es el de la mecánica cuántica y el libre albedrío. Durante años, ciertos divulgadores han esgrimido la indeterminación cuántica para argumentar que el ser humano no es libre. Maestro desmonta el razonamiento con sorna: Lutero no necesitó la mecánica cuántica para negar la libertad humana; simplemente formuló una teoría de la predestinación. Hoy, cuando ya no se puede invocar a Dios en el debate público, se invoca a Heisenberg. El efecto, dice, es el mismo: «Si creamos una sociedad que cree que no tiene libertad, no luchará por algo que no puede tener».
La advertencia no es menor. Según Maestro, quien niega tu libertad no niega la suya propia. Afirma la suya mientras te arrebata la tuya. En ese juego de espejos la ciencia puede convertirse en instrumento de dominio tan eficaz como lo fue la religión en otros siglos. Sostiene, además, que Galileo no fue perseguido por hacer ciencia sino por saltarse los protocolos del poder de su tiempo. El problema de Galileo fue el de Prometeo: dar el fuego a los mortales sin consultar antes a los dioses.
Universidad pública y el lugar de la literatura
Preguntado por la institución universitaria, Maestro es tajante desde el primer momento: «La universidad o es pública o no es universidad; entonces es una empresa». La gratuidad no es negociable para él, o al menos sí la accesibilidad económica universal. La endogamia que aqueja al sistema no es un vicio exclusivo de la academia española, matiza, sino una tendencia humana general que en el mundo anglosajón adopta la forma de intereses mercantiles en lugar de lealtades geográficas.
Lo que más le preocupa, sin embargo, es la expulsión progresiva de la literatura del centro del debate cultural. No por nostalgia, sino por razones estratégicas. La literatura, argumenta, es el discurso más difícil de controlar de todos los existentes porque siempre plantea una ilegalidad que el tiempo termina convirtiendo en ley. Cervantes defendió la libertad de la mujer en el siglo XVII sin necesitar manifiesto feminista alguno. Lo hizo con Marcela, con la gitanilla, con Dorotea. «Cervantes, que escribe la obra literaria más valiosa de la historia de la humanidad, no pisó una universidad jamás», recuerda. Toda la academia lleva siglos estudiando al hombre que nunca la frecuentó.
Antes de la inteligencia artificial se escribió el Quijote. Si algo sobrevive a los algoritmos, a los sesgos ideológicos y al mercado editorial que confunde etiquetas comerciales con categorías literarias, es la obra que Cervantes escribió fuera de cualquier institución, sin financiación estatal, sin patrocinadores. Eso, dice, es la caja fuerte de la razón. Y nadie todavía ha encontrado la manera de abrirla con una palanca cuántica.





