Jesús G. Maestro (58), docente y autor: “El amor no quita libertad; el siglo XXI quiere destruirlo porque no se puede vender”

Jesús G. Maestro sostiene que el amor potencia la libertad y choca con una lógica de mercado que prioriza lo vendible, debilitando vínculos y convirtiendo la autonomía en una promesa cada vez más vacía.

Jesús G. Maestro lleva años incomodando al discurso dominante con una tesis que atraviesa la cultura contemporánea: el siglo XXI ha convertido al ser humano en un sujeto incompatible consigo mismo. En ese diagnóstico, el amor, la amistad y la experiencia vital quedan subordinados a una lógica de mercado que erosiona la libertad.

El docente y autor sostiene que la promesa ilustrada de felicidad no solo no se ha cumplido, sino que ha derivado en una sociedad más frágil. Una sociedad donde la libertad se invoca constantemente, pero rara vez se ejerce en términos reales y sostenibles.

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El amor como resistencia frente a la lógica del mercado

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Para Maestro, uno de los síntomas más evidentes del deterioro contemporáneo es la sustitución de experiencias humanas por simulacros. El sexo se transforma en consumo de pornografía, la amistad se diluye en vínculos superficiales y la vida queda reducida al trabajo. En ese proceso, la libertad deja de ser una práctica concreta y pasa a ser un concepto abstracto.

El problema, según explica, es estructural. Cuando todo se mide en términos de utilidad o rentabilidad, aquello que no puede comprarse —como el amor— se vuelve incómodo. De ahí surge una paradoja central: el sistema promueve la libertad individual, pero desincentiva las relaciones de alianza que la fortalecen.

En este punto aparece una idea clave en su pensamiento: el amor no limita la libertad, sino que la potencia. Frente a una narrativa que presenta el compromiso como pérdida de autonomía, Maestro plantea lo contrario. Una persona acompañada, integrada en vínculos sólidos, dispone de más recursos para enfrentar la realidad. La libertad, en este sentido, no es aislamiento, sino capacidad de acción compartida.

El auge de lo que denomina “nuptofobia” —el rechazo al compromiso— encaja en este esquema. Se trata de una tendencia que, lejos de ampliar la libertad, genera individuos más vulnerables. Sin redes afectivas estables, el sujeto queda expuesto a una dependencia mayor del mercado y del trabajo, dos esferas que no garantizan estabilidad emocional ni sentido vital.

La ilusión de libertad en una sociedad sin vínculos sólidos

La ilusión de libertad en una sociedad sin vínculos sólidos
Fuente: agencias

La crítica de Maestro no se detiene en el plano cultural. También alcanza a la política y a la organización social. A su juicio, el siglo XXI acumula fracasos en cadena: fracasa la felicidad, fracasa la libertad, fracasa la democracia y fracasa incluso la paz. No se trata de afirmaciones retóricas, sino de un diagnóstico que conecta fenómenos aparentemente dispares.

En este contexto, la libertad aparece como una promesa incumplida. Se proclama en discursos públicos, pero en la práctica se ve restringida por dinámicas económicas, sociales y psicológicas que limitan la autonomía real de las personas. La precariedad laboral, la imposibilidad de acceder a una vivienda o la dificultad para sostener vínculos duraderos son ejemplos concretos de esa contradicción.

Uno de los aspectos más delicados de su reflexión es el vínculo entre esta crisis y el aumento de situaciones límite. Cuando el individuo pierde toda referencia —cuando no encuentra sentido en el trabajo, en las relaciones ni en sí mismo— la libertad se convierte en un problema. Ya no es una herramienta para vivir mejor, sino un espacio vacío que puede derivar en decisiones extremas.

En ese marco, Maestro se pregunta si ciertas prácticas contemporáneas, como la eutanasia, no reflejan un cambio profundo en la manera de entender la vida y la libertad. No ofrece respuestas cerradas, pero plantea la cuestión en términos incómodos: cuando una sociedad legitima determinadas salidas, también está reconociendo sus propios límites.

Sin embargo, su enfoque no es exclusivamente pesimista. Hay una reivindicación constante de la literatura como herramienta para comprender y habitar el mundo. Lejos de ofrecer soluciones simplistas, la literatura aporta complejidad, matices y, sobre todo, conciencia. En palabras del propio autor, se trata de convertir la ignorancia en conocimiento.

Esa apuesta tiene implicaciones prácticas. Conocer mejor la realidad permite tomar decisiones más ajustadas, construir vínculos más sólidos y ejercer una libertad menos ilusoria. No se trata de alcanzar una felicidad idealizada, sino de evitar el colapso personal que describe en su diagnóstico.


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