Santiago Bilinkis (55), tecnólogo: “Los niños leen que un influencer gana en un mes lo que su maestra en un año”

¿Por qué los jóvenes cambiaron las aulas por las pantallas? Santiago Bilinkis desarma la trampa de la fama digital, el estrés crónico de los influencers y el perverso menú social que les estamos ofreciendo.

En algún momento, sin que nadie tomara una decisión consciente al respecto, ser famoso o influencer se convirtió en una meta en sí misma. No la consecuencia de hacer algo relevante sino el objetivo desde el principio. Para Santiago Bilinkis, «la fama dejó de ser la consecuencia de hacer algo destacado para convertirse en el objetivo mismo». Y si eso es así, lo que una sociedad admira termina siendo el plano de la sociedad que está construyendo.

Los datos lo respaldan. En una encuesta que Bilinkis realizó para su podcast, casi la mitad de los menores de 30 años declaró que sueña con ser influencer. Uno de cada cuatro mayores también. La primera métrica con la que se evalúa a alguien hoy no es qué hizo ni qué logró. Es cuántos seguidores tiene.

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El megáfono y el efecto halo: por qué le creemos a quien brilla

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Bilinkis recurre a una imagen del escritor George Saunders para explicar la mecánica de la fama en la era digital: una fiesta donde alguien llega con un megáfono. No es necesariamente el más inteligente ni el mejor preparado, pero en cuanto empieza a hablar, el resto de las voces deja de escucharse. «En la era de las redes sociales, la fama es un megáfono que hace que algunas voces se escuchen desproporcionadamente», señala Bilinkis.

El problema no es solo el volumen. Es que ese megáfono arrastra credibilidad en áreas donde no hay ningún mérito real. La psicología lo denomina efecto halo: si alguien brilla en un dominio, tendemos a asumir que brilla en todos.

Cristiano Ronaldo aleja unas botellas de una mesa en una rueda de prensa y las acciones de una empresa caen miles de millones. Djokovic afirma en un directo de Instagram que las emociones humanas pueden purificar agua contaminada, sin ningún sustento científico, y hay gente que lo escucha. No porque tenga sentido. Porque lo dice él.

Ese mismo mecanismo es el que convierte a un influencer en referente de finanzas, salud o educación sin más credencial que la audiencia acumulada. «Nos parece perfectamente razonable que la influencia de un futbolista pueda mover la bolsa mundial con una mano», observa Bilinkis. Y añade que eso dice más de nosotros que del futbolista en cuestión.

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Fuente: agencias

Del lado de quienes son mirados, el cuadro no es más tranquilizador. Un estudio citado por Bilinkis comparó a más de 300 cantantes famosos e influencers con otros igual de talentosos pero menos conocidos. Los influencers vivían en promedio cuatro años menos, con un riesgo de muerte prematura un 33% mayor. Casi el mismo porcentaje que el de fumar de vez en cuando. La fama, en términos estadísticos, se parece bastante a un hábito poco saludable.

La razón tiene que ver con lo que implica vivir bajo escrutinio permanente. El influencer que publica todos los días, que mide cada reacción, que depende de la atención como otros dependen del salario, no está en un lugar de poder. Está en un estado de estrés crónico con audiencia. Bilinkis lo formula con una paradoja que resulta difícil de rebatir: «Muchísimos extraños sienten intimidad con vos, pero vos no podés sentir intimidad con nadie».

Y sin embargo, millones de jóvenes siguen eligiendo el camino de ser influencer. Bilinkis no los culpa. Recupera un artículo del investigador educativo Guillermo Jaime Cheverry, escrito hace más de treinta años, antes de que existieran Instagram o los móviles con cámara, donde ya describía exactamente esto. Los estudiantes, argumentaba Cheverry, comprenden perfectamente lo que leen. El problema es lo que leen entre líneas. Ven con total claridad que un influencer gana en un mes lo que su maestra gana en un año, y sacan la cuenta. «Eso es comprensión lectora», resume Bilinkis.

Les mostramos el menú y eligieron lo que estaba en las fotos grandes, asegura Santiago. El problema, insiste, no empezó con TikTok ni con ninguna plataforma. Viene de más atrás y lo alimentamos nosotros. «Al algoritmo le da exactamente igual: un clic indignado pesa lo mismo que un clic fascinado». La distinción entre consumir con fascinación o con distancia crítica no modifica el resultado. El sistema se calibra según lo que miramos, no según lo que decimos que nos importa.


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