El empresario catalán José Elías Navarro no es de los que guardan las ideas para sí. En su aparición en el podcast El Cuñado, acompañado del divulgador económico Juan Ramón Rallo, disparó contra la política fiscal, burocracia, vivienda y el agotamiento de una clase media que, según él, lleva años perdiendo terreno. «La gente cuenta monedas para llegar a fin de mes y nos alegramos porque sube el IVA», asegura.
Navarro, que gestiona un grupo empresarial con decenas de empleados, habló desde la experiencia de quien conoce los márgenes de un supermercado por dentro, las subidas de materias primas que no se pueden repercutir al instante y la diferencia entre lo que el Estado recauda y lo que la gente recibe a cambio.
Un Estado que acapara y una clase media que desaparece
La conversación arrancó con el gesto de Juan Roig, fundador de Mercadona, que optó por informar a sus clientes de la subida del IVA sobre los alimentos básicos mediante carteles en sus tiendas. Para Navarro, la reacción oficial al episodio resumió un problema de fondo: al Estado no le interesa que los ciudadanos tomen conciencia de lo que pagan. «Estamos dándole dinero al colega que no sabe gestionarlo», resumió, en referencia a una maquinaria pública que, a su juicio, acapara recursos sin traducirlos en mejoras reales para la mayoría.
Rallo aportó el dato: el gasto total de las administraciones públicas españolas ronda los 600.000 millones de euros anuales. Una cifra que, repartida entre trabajadores, convierte a muchos en contribuyentes netos de un sistema que apenas les devuelve proporcionalidad. Para el economista, la clave no está en si los impuestos son altos o bajos en comparación con Europa, sino en qué retorno obtiene quien los paga. «Si a la gente le juntaras todos los impuestos del año en un solo pago, habría una revuelta fiscal», señaló Navarro, apuntando a la atomización fiscal como estrategia deliberada para que el ciudadano no perciba el peso real de la carga tributaria.
El debate sobre el IVA de los alimentos sirvió de palanca para hablar de algo más profundo: la desaparición práctica de la clase media española. Navarro insistió en que ese es su único foco real, más allá de ideología o banderías: que la gente llegue mejor a fin de mes. No como eslogan, sino como criterio para evaluar cualquier medida económica.
La vivienda, o cómo complicar lo sencillo

Donde Navarro se mostró más tajante fue en el diagnóstico sobre la vivienda. Sin rodeos, afirmó que el problema podría resolverse en tres meses si se dejara a quienes saben construir tomar las decisiones que les corresponden. Los planes urbanísticos, en muchos casos heredados de los años setenta, establecen usos del suelo que ya no responden a ninguna lógica real. Hay suelo habilitado para vivienda de protección oficial que lleva años sin edificarse porque el precio de venta fijado por la administración no cubre ni los costes de construcción, disparados por la inflación de los últimos años.
«Nos tratan como imbéciles para gestionar nuestro propio dinero», dijo Navarro al hilo de esta paradoja: el Estado fija el precio, no lo actualiza, y después se pregunta por qué nadie construye. La solución, según él, pasa por acompañar la cesión de suelo con financiación, eliminar el IVA de esas promociones que de todas formas no se venden y dejar que la edificabilidad responda a la demanda real.
Rallo añadió que si el Gobierno prevé la llegada de millones de inmigrantes en los próximos años para sostener el sistema de pensiones, esa gente necesitará vivienda. Y si la vivienda no se construye al ritmo necesario, la presión sobre los precios no hará más que crecer. La conversación derivó también hacia la natalidad: Navarro fue directo al señalar que la gente no tiene hijos porque no puede permitírselos, no por preferencia personal. Sin emancipación posible, sin vivienda accesible, el debate sobre los hijos es casi teórico.





