Liliana Olivares tenía 23 años, dos hijos, un padre recién fallecido, un bebé recién nacido en incubadora y una deuda que, según ella misma, le iba a llevar cuarenta años pagar. No había sido descuido ni mala suerte solamente. Había sido, sobre todo, la ausencia de algo que nadie le había enseñado. «La falta de educación financiera se hereda: mis papás tampoco sabían manejar el dinero», dice.
Hoy Olivares es fundadora de Adulting, una consultoría con más de 70.000 clientes en ocho países que acompaña a personas jóvenes en el proceso de entender qué hacer con su primer sueldo, cómo salir de una deuda y por qué la quincena nunca alcanza como uno pensaba que iba a alcanzar.
Cómo se construye una deuda sin darse cuenta

Todo empezó, como suele pasar, con la sensación de que por fin había dinero. A los 18 años, Olivares consiguió su primer trabajo de oficina —mintiendo en la entrevista, admite sin pudor— y experimentó algo que le pareció extraordinario: que cada quincena, sin importar cuánto había trabajado, caía una cantidad fija en su cuenta. La estabilidad le resultó tan novedosa que no tardó en gastarla entera. Después vinieron las tarjetas. Primero una, después otra. «A los 23 años tenía 14 tarjetas de crédito y vivía pagando el mínimo», recuerda. El dinero se liberaba, volvía a gastarse, y la deuda crecía sin que nadie la nombrara como tal.
Sostiene ese mecanismo no es irresponsabilidad, sino normalización. Si tus padres también vivieron así, si todas las personas de tu entorno pagan el mínimo y llegan justos a fin de mes, la deuda deja de verse como un problema y empieza a percibirse como el estado natural de las cosas.
Olivares lo aprendió de la peor manera posible: cuando su padre murió de un infarto a días de Navidad, cuando su segundo hijo nació con problemas pulmonares y su seguro médico no lo cubría, cuando la cuenta del hospital sumó más de lo que podía pagar y no había nada ahorrado con qué responder. Fue entonces cuando entendió que vivir al día no era un estilo de vida sino una trampa.
«Es muy difícil planear cuando todo tu universo se siente tan estresado», dice. Y agrega algo que la ciencia respalda: las personas endeudadas experimentan un nivel de estrés financiero que reduce concretamente su capacidad de pensamiento crítico y matemático. «El estrés financiero baja tu IQ», sintetiza. Por eso las malas decisiones económicas no son siempre producto de ignorancia, sino también de la presión que la deuda misma genera.
Por qué las mujeres que ganan bien no construyen patrimonio
Cuando Adulting llevaba tres años funcionando, Olivares reparó en algo que no había anticipado: el 89% de sus clientes eran mujeres. No mujeres sin ingresos, sino mujeres que trabajaban, que en muchos casos sostenían sus hogares, que en algunos casos también sostenían a sus padres, y que aun así no sabían qué hacer con su dinero más allá de cubrir los gastos del mes.
El dato no es anecdótico. Históricamente, las mujeres han tenido poco acceso a la administración de grandes sumas y menos representación en los espacios donde se toman decisiones financieras. Los productos bancarios dirigidos a ellas han tendido a ser condescendientes. La publicidad financiera las ignoró durante décadas. Y la consecuencia visible de todo eso es una aversión al riesgo que Olivares describe con un dato que resulta tan revelador como incómodo: las mujeres prefieren donar dinero antes que invertirlo.
«Las mujeres prefieren perder dinero donándolo antes que arriesgarse a invertir», dice. Con la donación, la pérdida es una decisión propia, calculada, con un retorno emocional claro. Con la inversión, la incertidumbre es la protagonista, y hacerse cargo del resultado propio cuesta más de lo que parece.
Lo que Adulting intenta hacer, en el fondo, es exactamente eso: que hacerse cargo deje de dar tanto miedo. Que entender la deuda, nombrarla, cuantificarla y diseñar un plan para salir de ella no sea un privilegio de quienes estudiaron finanzas, sino una habilidad accesible. Olivares lo aprendió con fax de estados de cuenta, una hoja de Excel y dos años de disciplina absoluta. Hoy lo enseña en talleres a los que se suman, cada quince días, más de mil personas. La premisa sigue siendo la misma que la de aquella noche en que decidió que la deuda no iba a definirle la vida: «Necesitamos una empresa que nos enseñe a ser adultos».






