Con la guerra de Irán, se han realizado medidas internacionales para evitar que siembre el pánico de la escasez de petróleo y transmita tranquilidad en los mercados. En este sentido, la Agencia Internacional de la Energía anunció el despliegue de barriles de petróleo para alimentar las reservas y evitar que el mercado internacional colapsara. No obstante, el último informe de Edmond de Rothschild AM, desmiente esta teoría indicando que el mercado de petróleo se basa en flujos, no en existencias.
Irán pone en evidencia el problema estructural del crudo
A partir de ahí, el informe subraya que las reservas estratégicas, pese a superar los 4.000 millones de barriles en los países de la OCDE, no garantizan la estabilidad del mercado. Esa cifra equivale apenas a entre 40 y 50 días de consumo mundial, en un sistema que exige que cada jornada circulen más de 100 millones de barriles. La clave, por tanto, no es cuánto petróleo hay almacenado, sino la capacidad de mantener su flujo constante desde los países productores hasta los consumidores finales.
Por ello, el bloqueo de puntos estratégicos como el estrecho de Ormuz por Irán, donde transitan alrededor de 20 millones de barriles diarios, no implica necesariamente que falte petróleo, sino que deja de circular con normalidad. En ese escenario, la liberación coordinada de reservas, como los 400 millones de barriles anunciados, según señala la gestora, resulta insuficiente para compensar la magnitud del flujo interrumpido. De hecho, la capacidad real de inyección en el mercado se sitúa entre 2 y 3 millones de barriles diarios, lo que obliga a desplegar esas reservas durante cerca de 100 días.
A esta limitación se suma un problema estructural: no todos los barriles almacenados son utilizables de forma inmediata. En países como Estados Unidos, la mayor parte de las reservas estratégicas está compuesta por crudo sin refinar, almacenado en cavernas salinas. Transformarlo en combustibles como gasolina o diésel requiere pasar por refinerías que, en momentos de tensión, suelen operar al máximo de su capacidad. Europa, por su parte, dispone de una mayor proporción de productos refinados, pero bajo sistemas más fragmentados y en muchos casos en manos privadas, lo que añade complejidad a su movilización.

El informe también recuerda que el papel de estas reservas ha sido históricamente limitado en crisis anteriores. Durante el huracán Katrina en 2005 o la Guerra del Golfo en 1991, las liberaciones evitaron desabastecimientos graves, pero no lograron frenar subidas sostenidas de precios mientras persistieron las disrupciones en la infraestructura. Su efecto, concluye, es más psicológico que estructural: estabilizan las expectativas y reducen el riesgo de escenarios extremos, pero no sustituyen el suministro.
En este contexto, China emerge como un actor determinante. En este sentido, desde Edmond de Rothschild AM, estiman que el gigante asiático acumula reservas estimadas en cerca de 2.000 millones de barriles, equivalentes a más de 120 días de consumo, y no está sujeto a los mecanismos de coordinación internacional. Su capacidad para decidir cuándo comprar o liberar petróleo introduce un factor adicional de incertidumbre en el mercado global, pudiendo amplificar o mitigar los efectos de las decisiones occidentales.

Por último, el análisis incorpora un elemento menos visible pero clave: la reposición de las reservas. Cada barril liberado deberá ser recomprado en el futuro, lo que genera una demanda adicional que puede influir en los precios a medio plazo. En el caso de Estados Unidos, las autoridades han fijado rangos de recompra en torno a los 67–72 dólares por barril, estableciendo de facto un suelo en el mercado.
En definitiva, el informe concluye que las reservas estratégicas actúan como un mecanismo de estabilización temporal, pero no resuelven las vulnerabilidades estructurales del sistema energético global, que quedan expuestos a las crisis como la actual en Irán y que sigue dependiendo de la continuidad de los flujos y de la estabilidad geopolítica.




