Laureano Oubiña (80), empresario: “La cárcel es una escuela de delincuencia; allí te tratan como un despojo”

Laureano Oubiña sostiene que la cárcel no reinserta a nadie y denuncia agresiones, traslados y abusos durante sus décadas en prisión. El histórico contrabandista asegura que el sistema penitenciario “te trata como un despojo” y destruye a los presos.

Laureano Oubiña es uno de los nombres más reconocidos de la historia reciente de España. A sus 80 años, este empresario gallego —famoso por su pasado en el contrabando y el narcotráfico— habla sin filtros sobre lo que significó pasar gran parte de su vida adulta en la cárcel.

Detenido el 18 de diciembre de 1981 e ingresado en prisión cuatro días después, Oubiña pasó más de tres décadas entrando y saliendo de distintos centros penitenciarios. No salió definitivamente a la calle hasta 2017. Tenía 71 años.

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Tres décadas en la cárcel: «Allí no reinsertan a nadie»

Tres décadas en la cárcel: "Allí no reinsertan a nadie"
Fuente: agencias

Cuando se le pregunta si la cárcel lo ablandó, Oubiña responde con la contundencia que lo caracteriza. «No me endureció más. La cárcel no ablanda a nadie. Si entras siendo una mala persona, sales siéndolo tres veces más». Y añade algo que sorprende aún más: «Habría que reinsertar a los carceleros, no a los presos. La mayoría son desertores del arado».

Su paso por prisión estuvo marcado por traslados constantes —tres meses aquí, dos allá, uno en otro centro—, una estrategia que, según él, era deliberada para impedirle terminar los estudios de Derecho que había comenzado desde dentro. «Me extraviaban los libros a propósito. Mientras que a los empleados míos que se matricularon en Derecho, y a los que les dejaron estar en un solo centro, hoy trabajan como abogados». La ironía no se le escapa.

También denuncia haber sufrido agresiones físicas por parte de funcionarios penitenciarios. «En la época de Franco nunca nadie me puso la mano encima. Con esta falsa democracia, en la cárcel me pegaron los carceleros. Unos hijos de la gran puta de Zaragoza», asegura.

Y, sin embargo, mentalmente, asegura que nunca estuvo realmente dentro. «No estuve ni cinco minutos en la cárcel. Mi cabeza estaba fuera, haciendo escritos, estudiando, pensando». Llegó a tener 62 abogados de oficio simultáneamente, y él mismo redactaba sus propios recursos. «Lo hacía para gastar dinero a los españoles. Menos el que me habían robado a mí», recuerda.

Traiciones, secretos y una vida que no cambiaría

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Oubiña no rehúye hablar de los años en que dirigió una red de contrabando que llegó a emplear a cerca de cien personas. Lo define con naturalidad: «Eso no es una red, es una empresa. Legal o ilegal, esa es otra cosa. Pero no ya quisieran muchas empresas legales funcionar como funcionaba aquello», manifiesta.

Reconoce que hubo traiciones, y que el dinero siempre las explica. «Al manejar dinero, el ser humano ya sabes cómo es. Tienes que ir con un ojo delante y otro detrás», destaca. Pero lo que más le duele no es lo que vivió en la calle, sino lo que considera un robo institucional: la aplicación retroactiva de la Ley de Blanqueo de Capitales para quitarle el Pazo de Baión y otros bienes, adquiridos mucho antes de que esa ley existiera. «El Pazo fue comprado y pagado en el 87. La ley la sacaron en el 2000 y pico. Y me la aplicaron para joderme. Eso lo hizo el Estado español», lamenta.

Si pudiera hablar con su yo de 20 años, le diría que tuviera más miedo, porque el miedo da precaución. Pero luego matiza: «Va a hacer lo mismo igualmente». No se arrepiente de nada, salvo de haber invertido en Galicia. «Al final me lo robaron».

Hoy vive de vender vino y de los libros que ha escrito. Guarda secretos que, según él, tienen pruebas muy sólidas detrás. Está convencido de que no es el único que tiene cosas que esconder. «Nadie es tan bueno ni tan malo. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Hay mucha gente que parece un dios y tiene bastante que ocultar», subraya.

Piensa depositarlo todo en una notaría para que salga a la luz cuando ya no esté. «Nada está en blanco ni en negro. Aquí siempre les hemos pagado a cuatro gilipollas, yo el primero, y el resto todos parecen santos. Pues no son todos santos, igual son más pecadores que yo. O al menos tanto. Pero a ellos no les toca Dios», concluye.


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