En su último análisis, el economista Juan Ramón Rallo desentraña el reciente colapso del gobierno rumano, una coalición que se formó hace diez meses con el único propósito de frenar a la ultraderecha euroescéptica y que ha saltado por los aires debido a tensiones internas y a un déficit público desbocado. La ironía, subraya Rallo, es que la izquierda terminó pactando con aquella misma ultraderecha para derribar el plan de ajuste fiscal del Ejecutivo.
Una coalición heterogénea nacida a la contra
Rallo recuerda que hace aproximadamente un año Nicolae Dan ganó las presidenciales rumanas al candidato ultraderechista George Simion. Para gobernar, Dan tuvo que construir una alianza con formaciones de izquierda, derecha y liberales cuyo único pegamento era evitar que Simion llegara al poder. ‘Puedes armar un movimiento político para detener a quienes consideras los malos, pero has de ser consciente de sus limitaciones’, reflexiona Rallo. En el momento en que hay que tomar decisiones de gobierno, las diferencias ideológicas emergen con fuerza.
El agujero fiscal: déficits del 9,3% y 7,9% del PIB
Rumanía arrastra desde 2020 un protocolo de déficit excesivo abierto por la Comisión Europea. El déficit público —atención a la cifra— fue del 9,3% del PIB en 2024, en plena recuperación pospandemia, y del 7,9% en 2025. Estas magnitudes, muy por encima del umbral del 3% que marca el Pacto de Estabilidad, sitúan al país en una senda de endeudamiento insostenible. Rallo vincula ese deterioro al ‘populismo fiscal’ preelectoral del anterior gobierno: para ganar adhesiones se repartieron rentas que dispararon los números rojos.
El plan de ajuste que rompió la coalición
El primer ministro Ilie Bologan, encargado de gestionar la economía, presentó un ajuste drástico para cuadrar las cuentas. Las medidas incluían la congelación de sueldos y pensiones públicas en un entorno de inflación del 7%, lo que implicaba una pérdida real de poder adquisitivo cercana al 7%; subidas del IVA, de las bases de cotización, de los impuestos a los dividendos y de los especiales, además de cierta reducción burocrática. En total, el plan representaba un 5% del PIB, una magnitud que Rallo equipara al ajuste del gasto que emprendió Javier Milei en Argentina. Semejante cóctel era incompatible con la heterogeneidad de la coalición: la izquierda socialdemócrata se negó a secundar los recortes y abandonó el Ejecutivo a finales de abril.
La moción de censura: socialdemócratas y ultraderecha unen votos
El 6 de mayo, apenas unos días después de la retirada de los socialdemócratas, el partido de izquierda presentó una moción de censura contra el gobierno de Bologan… y lo hizo con el apoyo del partido ultraderechista de Simion, al que se habían opuesto un año antes. Diez meses duró la coalición europeísta. La maniobra deja una imagen cargada de contradicción y es el punto central del análisis de Rallo.
Una coalición que se conformó para frenar a la extrema derecha termina rompiéndose porque la izquierda pacta con la extrema derecha.
— Juan Ramón Rallo
El Banco Central de Rumanía deja flotar el leu: una señal de alarma
La caída del gobierno y el probable abandono del plan de consolidación fiscal han empujado al Banco Central de Rumanía a cambiar su política cambiaria. Tradicionalmente, la institución procuraba mantener estable el tipo de cambio del leu con el euro, tanto para anclar los precios de bienes denominados en la moneda común como para allanar la futura adopción del euro. Ahora, ante la incertidumbre sobre la solvencia estatal, ha optado por tolerar una depreciación gradual en lugar de quemar reservas de euros defendiendo una paridad que podría derrumbarse. Rallo lo explica así: ‘Si no se reconstruye una coalición que saque adelante los planes de estabilidad, el leu se depreciará más y la inflación, ya en el 7%, se elevará todavía más’.
Lecciones para la eurozona y el riesgo de impago
Rallo destila dos enseñanzas. La primera, económica: un Estado que se sobreendeuda y no está dispuesto a cuadrar sus cuentas —con subidas de impuestos, recortes de gasto o reestructuración de la deuda— termina licuando la deuda mediante inflación o, directamente, declarando un default. La segunda, política: los gobiernos de ‘salvación nacional’ naufragan especialmente en medio de emergencias financieras, porque la unidad contra un enemigo común no sobrevive a las exigencias de la austeridad.
Para Rumanía, el peligro inmediato es doble: la depreciación del leu alimentará la inflación importada y los acreedores empezarán a desconfiar de la capacidad de pago, aunque el stock de deuda pública aún ronde el 60% del PIB. Para el resto de la UE, el caso rumano recuerda que las coaliciones frágiles son terreno abonado para las crisis fiscales.
El episodio deja una paradoja incómoda: quienes se presentaron como dique de contención frente a la ultraderecha acabaron abrazando sus votos para tumbar un ajuste doloroso pero imprescindible. Rumanía se adentra ahora en un pantano político sin hoja de ruta fiscal clara, con un banco central que ya ha comenzado a soltar lastre. Como concluye Rallo, el dilema es si el país logrará reconstruir una salida pactada o si la crisis tomará su propia vía de escape, por el costado de la inflación o la insolvencia.
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