Luis Pérez (34), terapeuta y exadicto: “El alcohol mata más que la heroína; este año he perdido más pacientes por beber”

El testimonio de un exadicto expone el impacto oculto del alcohol: una droga socialmente aceptada que dispara la dependencia, agrava trastornos y provoca más muertes que otras sustancias.

Hay verdades que incomodan precisamente porque todos las conocen pero pocos se atreven a decirlas en voz alta. Luis Pérez, director de las clínicas Zeus y exadicto recuperado, es de esos que no se guarda nada. Con más de una década de experiencia ayudando a cientos de personas a salir de las adicciones, su premisa es que el alcohol es una droga, y una de las más letales que existen.

Lo que convierte a Luis en una voz autorizada no es solo su formación como terapeuta, sino el hecho de haber vivido la adicción desde adentro. Un padre alcohólico y drogadicto, una infancia sin estructura, la muerte de su hermana con 16 años y varios ingresos en centros de desintoxicación forman parte de una historia personal que hoy utiliza como herramienta terapéutica para llegar donde otros no pueden.

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Fuente: agencias

Uno de los puntos que Luis repite con mayor énfasis es la hipocresía colectiva que rodea al alcohol. Mientras la sociedad debate sobre el consumo de cocaína o cannabis, el alcohol circula libremente en celebraciones familiares, cenas de empresa y brindis de cumpleaños. Para Luis, esa normalización tiene consecuencias gravísimas que los datos confirman sin margen para la duda: en el último año ha perdido más pacientes por alcoholismo que por adicción a la heroína.

El terapeuta insiste en que el alcohol es un ansiolítico. Cuando alguien tiene ansiedad y consume alcohol, esa ansiedad disminuye. Cuando alguien no puede dormir o tiene la cabeza llena de preocupaciones, el alcohol ofrece un alivio rápido y accesible.

Eso lo convierte en una puerta de entrada hacia la dependencia, especialmente para quienes ya tienen una predisposición genética. Y ese porcentaje no es menor: según Luis, un 20% de la población nace con esa condición. Una de cada cinco personas es candidata a desarrollar una adicción si las circunstancias acompañan.

El problema, explica, no está en quien consume socialmente un fin de semana. Está en que esa persona cree tener el control hasta que algo se rompe. La empresa va mal, la pareja engaña, el hijo deja de hablar. En ese momento la droga ya está disponible y el camino hacia la dependencia se acorta de forma dramática. La disponibilidad, más que la curiosidad, es la que termina enganchando.

La adicción no es una excusa, sino una enfermedad con nombre propio

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Luis es categórico al definir al adicto: no es quien consume, sino quien promete que no lo volverá a hacer y lo vuelve a hacer. La razón está en la biología. La adicción secuestra la parte del cerebro encargada de valorar lo que está bien y lo que está mal, lo que hace que la voluntad sola no alcance y que los tratamientos sin adherencia estén condenados al fracaso.

Eso no significa que el pasado no influya. Luis lo sabe mejor que nadie. Los traumas, los abusos y el entorno familiar son gasolina para que la adicción siga ardiendo. Sin embargo, advierte con firmeza que no son una excusa para seguir consumiendo. Hay personas que han crecido en condiciones mucho peores y no son adictas. La predisposición genética es la variable principal y el resto son factores que aceleran o frenan un proceso que ya estaba escrito en el ADN.

Desde las clínicas Zeus trabajan precisamente en lo que otros centros no logran sostener: la adherencia al tratamiento. La terapia cognitivo-conductual, las sesiones grupales, la equinoterapia y las intervenciones familiares estructuradas forman parte de un protocolo que busca generar en el adicto un choque emocional genuino. No se trata de obligarle a ingresar en un centro sino de acompañarle hasta que él mismo quiera hacerlo.

Pagarle el piso y la nómina a un hijo adicto no es amor, sino un obstáculo que retrasa las consecuencias naturales de la enfermedad. Y son esas consecuencias las que, paradójicamente, pueden salvarle la vida. Él mismo lo comprobó cuando ingresó por última vez en un centro de desintoxicación, al borde de la muerte y sin ganas de vivir. Aquella decisión, dice, fue la que lo cambió todo.


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