La AEB ha decidido mover ficha en dos frentes a la vez: Bruselas y Frankfurt. La patronal que dirige Alejandra Kindelán presentó esta semana un paquete de propuestas enfocado en la competitividad europea y, en paralelo, trasladó al Gobierno su respaldo explícito a Pablo Hernández de Cos como candidato natural a ocupar la silla española en el Banco Central Europeo. Dos movimientos, un mismo mensaje de fondo.
El sector no esconde su inquietud. La banca española cerró 2025 con beneficios récord pero con la sensación de que el marco regulatorio europeo empieza a lastrar la capacidad competitiva frente a rivales estadounidenses y asiáticos. La AEB lleva meses tejiendo ese discurso y ahora lo articula en un documento de propuestas que entregará a las instituciones comunitarias.
Qué propone la AEB para recuperar competitividad europea
El texto, difundido a través de la web corporativa de la Asociación Española de Banca, pivota sobre cuatro ejes: simplificación regulatoria, unión bancaria efectiva, mercado único de capitales y un marco digital que no penalice al sector tradicional frente a los nuevos entrantes tecnológicos. La patronal defiende que la banca europea opera con un capital regulatorio sensiblemente superior al de sus competidoras estadounidenses, lo que se traduce en una rentabilidad estructuralmente más baja.
El dato que maneja el sector es elocuente. La rentabilidad media (ROE) de la banca europea se situó en torno al 10,5% en 2025 frente a cifras notablemente superiores en los grandes bancos de Wall Street, según datos que maneja la propia patronal en línea con los informes de la Autoridad Bancaria Europea. Esa brecha, sostenida durante más de una década, es el argumento central del lobby bancario ante Bruselas.
Kindelán ha insistido en que no se trata de desregular, sino de recalibrar. El matiz es importante. La AEB asume que la arquitectura post-crisis financiera era necesaria, pero considera que el apilamiento normativo de los últimos años —Basilea III finalizado, MiFID II, DORA, la taxonomía verde, el reglamento de inteligencia artificial— ha generado solapamientos y costes de cumplimiento que no siempre se traducen en más seguridad para el sistema.
De Cos al BCE: la apuesta que presiona al Gobierno
El segundo movimiento es político. La patronal ha trasladado en las últimas semanas que su candidato preferido para representar a España en el comité ejecutivo del BCE es Pablo Hernández de Cos, exgobernador del Banco de España y hoy director general del Banco de Pagos Internacionales (BIS). La vacante que debe cubrir el Gobierno tiene plazos tasados y el nombre ha dejado de ser una especulación para convertirse en una reivindicación abierta.
¿Por qué De Cos y no otro perfil? La respuesta que da el sector tiene tres capas. Primera, su currículum técnico: pasó por el BCE, dirigió el supervisor español y preside el Comité de Basilea. Segunda, su capacidad de interlocución con Frankfurt sin necesidad de periodo de aprendizaje. Tercera, y quizá la más relevante en términos de lobby, su conocimiento del sector y su perfil moderado en materia de exigencias de capital.
El Gobierno, tal y como ha recogido ABC, estudia varios nombres y no ha cerrado la terna. La AEB ha optado por salir a la luz con su preferencia, una táctica poco habitual en la patronal, que suele moverse en círculos más discretos. El mensaje al Ejecutivo es claro: no todos los candidatos son equivalentes para el sector.
Un pulso con lecturas de fondo
Aquí es donde conviene detenerse. La doble jugada de la AEB —propuestas regulatorias más candidato propio— no es casual. Responde a un momento en el que la banca española percibe que la agenda europea está en un punto de inflexión. Tras una década de endurecimiento normativo, hay una ventana política para revisar el equilibrio entre estabilidad y competitividad, y el sector no quiere que se cierre sin haber empujado.
Creo que esa lectura es en parte acertada y en parte interesada. Acertada porque los informes Draghi y Letta, publicados en 2024, abrieron efectivamente el debate sobre la productividad europea y señalaron al mercado financiero fragmentado como uno de los cuellos de botella. Interesada porque la banca tiende a presentar cualquier flexibilización como una cuestión de competitividad cuando, en algunos capítulos, es simplemente margen.
El precedente que conviene tener presente es 2011-2014, cuando el sector defendió con intensidad similar la necesidad de rebajar las exigencias de Basilea III y el resultado fue, paradójicamente, un marco más estricto. El contexto hoy es distinto: la presión competitiva de EE. UU. es real, la fragmentación del mercado único es un problema medible, y la geopolítica financiera ha cambiado. Pero la historia enseña que el péndulo regulatorio no siempre se mueve hacia donde el lobby lo empuja.
El calendario marcará los próximos pasos. La Comisión Europea tiene previsto presentar su paquete de simplificación financiera en los próximos meses y el Gobierno español deberá comunicar su candidato al BCE antes de que concluya el proceso de sustitución en Frankfurt. Dos hitos que medirán hasta dónde llega la capacidad de influencia real de la AEB, y si el discurso de competitividad europea se traduce en decisiones concretas o queda, una vez más, en declaraciones de intenciones.





